Sicaria del Dios

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Desvainó su cuchillo, reluciente, recién afilado, con ese olor a polvo asesino tan placentero. Tiro uno de sus rulos rubios para atrás y se miro al espejo. Ella se veía hermosa, con sus suaves ondas claras, su piel pálida tan parecida a la crema, sus ojos azules oscuros, su cuerpo esbelto y su sonrisa perfecta, aunque ignoraba las manchas rojas en su rostro. Todo ya era perfecto, pero su vida debía continuar. Sin extinguir su amplia sonrisa, se dio media vuelta y se dirigió al cuarto matrimonial.
En la cama estaba el hombre y su mujer. Ya los conocía, un matrimonio fracasado, que se mantenían unidos por un niño que era el diablo en persona, con una maldad inigualable. Ambos eran malas personas: desde sus importantes cargos usaban a la gente como marionetas, las burlaban y utilizaban asquerosamente.
Amplio su sonrisa y fue del lado derecho, donde la mujer dormía, con un hilo de baba cayéndosele por la comisura abierta de la boca, en una imagen grotesca, y se quedo allí admirando aquel horrible cuerpo, rodeado de un dañado cabello rojizo.
Chupo la punta de su cuchillo, mientras que con la otra mano, aquella que no sujetaba el arma, sostenía la cabeza del niño demonio, aferrando sus dedos que se entrelazaban con sus cabellos negros y grasosos.
La observo por un rato, mientras que la mujer se retorcía, inconscientemente incomoda ante la mirada de la Sicaria del Dios.
Con el cuchillo comenzó a acariciar su mejilla, la cual lloraba lagrimas gruesas y rojas que se perdían en el cabello. Cuando los dos globos blancos aparecieron, a punto de estallar de la presión por los nervios, se dirigieron a ella.
La mujer no vio lo mismo que el reflejo del espejo. Ella vio una sonrisa sangrienta y psicótica, un par de ojos inyectados más grandes que un par de canicas, y un cabello a punto de desaparecer, con lugares calvos y lugares con apenas un poco de pelo.
- ¿Qué...?
-Shhhh. - apoyo el cuchillo con suavidad sobre sus labios, que comenzaron a borbotear. Entonces sonrió aun más ampliamente, dejando ver todos sus dientes, y levanto lentamente la cabeza.
Comenzó a reír, mientras la mujer se retorcía, gritando.
Entonces, clavo el cuchillo, mientras el hombre se levantaba.
Y lo clavo de nuevo.
Y de nuevo.
El hombre se quedo inmóvil, observando la masacre. Ella, sin borrar su sonrisa, arranco de un único movimiento la cabeza de la mujer y se la tiro.
El hombre comenzó a gritar y la Sicaria se estremeció de placer. Limpio su cuchillo en el vestido de la mujer, ya que odiaba mezclar sangres, y con un corte limpio le cortó el rostro, y después, la cabeza.
Dada por finalizada su misión, tomo las cabezas del matrimonio y dejo a la feliz familia, con sus caras de horror, sin contar la carne muerta y roja del hombre, cuidadosamente en la entrada. Entonces escribió su insignia: SD con sangre, y con gracia, se fue dando saltos alegres e inocentes.