I - desesperada

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-          Podes quedarte aca, nos sobran cuartos. – me dijo Marcos entre suspiros.
Asentí. Las bromas habían terminado, pocos podrían creer que yo estaría asi, pero lo estaba. Sentía como si tuviera un teléfono en vibrador en mi estomago al cual una novia celosa llamaba a las 6 de la mañana al chico que la engaña borracho en el boliche.
-          Mejor te dejo sola, te llamo para comer. – concluyó y se fue, no sin antes dar un último vistazo de preocupación.
Esperé con paciencia a que se fuera. Mi cabeza tenía tantas veces que estaba bloqueada, esperando al servidor. Una sobrecarga de sentimientos, pensamientos e ideas tan potentes que estaban aumentando y aumentando la presión, y en cualquier momento estallaría. Pero, antes de estallar, tenía que estar sola.
En cuanto estuve segura de que Marcos estaba lejos, podía literalmente sentir como, lentamente, mis neuronas comenzaban a hacer cortocircuito. Al principio me mantuve físicamente bajo control. Cerré la puerta, me acerqué a la cama, miré a mi alrededor…
Ese no era mi cuarto. Esa no era mi casa. ¿Cómo sabía yo si este era mi cielo? Me sentía desnuda, completamente vulnerable. ¿Cómo sabía que era yo?
Empecé a tocar todo: las pareces, el piso, la cama, la mesa de luz, la lámpara… todo parecía demasiado real para ser un simple sueño. Pellízcame dijo una voz dentro mío. Tomé la bombilla de luz del velador y lo aplasté contra la pared, haciéndolo añicos. Me aferré inconscientemente al trozo mas grande de vidrio y me clave su punta más afilada en la palma de la mano. Sentí el dolo punzante, sentí la sangre salir y resbalar por la mano…
Esto no era ningún sueño.
Pude sentir como si viese todo desde afuera de mí misma. Mi grito fue fuerte, pero no agudo, no sabia chillar. Las lágrimas salían a borbotones de mis ojos, y en unos minutos ya estaba completamente mojada de esas gotas saladas. Mis gritos no cesaban y ya no podía ni sentir vergüenza, ni coordinar movimientos, ni pensar con claridad, no podía recordar ni mi propio nombre, no sabía de donde venía, quienes eran mis padres, mis amigos, nada.
Gateé entre sollozos hasta la cama, sin subir a ella, y abracé lo más fuerte que pude la almohada mientras me movia de adelante para atrás.
Ya todo va a pasar.
Ya todo va a pasar.
Ya…
Y me caí al vacío, colapse. Podía sentir cada tanto un hipo, y alguna que otra lagrima que caía, apartada del mar, pero ya había perdido todo conocimiento.
Formateada de ese modo, pude darme cuenta de la seriedad de la situación, y gracias a dios, antes de que algo pudiese hacerme entrar de nuevo en la desesperación, me quede profundamente dormida.

Prologo de un nuevo comienzo

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-          Damas y Caballeros, los hemos traído aquí con una única razón, y lamentamos mucho tener que darles esta noticia…
Miraba a mi alrededor sin escuchar ni media palabra de lo que la presidenta decía. No… no captaba el sentido de semejante reunión. Todos los ciudadanos estaban ahí, mirando con la ansiedad reflejada en sus ojos secos, con las bocas tapadas por sus dedos carcomidos por los nervios.
La plaza parecía estar desierta a pesar de haber mas de un millón de personas ahí afuera, escuchando el aviso. Yo, personalmente, no se que hacía ahí, no quería estar ahí, pero estaba buscando a Santiago, mi mejor amigo, gran genio que se había perdido en la muchedumbre y me llamó, casi llorando, para que lo buscara.
Hice caso omiso al “gran anuncio” y empecé a codear a los expectadores con cierto desprecio, siempre odié a la gente, y aun mas la concentración de ella en un solo lugar, para encontrar a mi amigo.
-          No sé como podré decirles esto a todos ustedes que tan buenos han sido...
-          Tan idiotas como para hacerle caso.
Me callé al instante de darme cuenta de mi idiotes. No era momento de hacer comentarios, no cuando todo un país estaba callado fijándose, con miedo, en que decía una mujer que no sabe hacer mas que meter impuestos a su gente para tener mas plata con la cual pagarle a sus peluqueros y modistas.
Menos cuando todos me podían escuchar, y podían mirarme con odio.
Subi mi capucha maldiciendo en voz baja para que las cámaras no captaran mi rostro y segui caminando.
-          Más allá de su opiniones acerca de mi gobierno…
Mentalmente empecé a cantar “yo soy lo que soy, no tengo que dar excusas por eso…” y perdí el resto de la frase.
De repente encontré una cabeza rubia inconfundible y tomé su brazo con fuerza antes de atraerlo hacia mi, con enojo. Santiago me chistó, estaba serio.
-          Todos ustedes saben los problemas que hemos tenido internacionalmente…
Miré extrañada. ¿Problemas? Sacudí mi cabeza bajo la capucha negra. Tengo que vivir más en este mundo que en el de los libros…
-          A fin y a cabo – siguió la presidenta, ¡por fin! lamento informarles que seremos atacados.
Una oleada de exclamaciones cruzó la audiencia, algunos comenzaron a llorar, otros abrazaron a sus compañeros, otros se quedaron inmóviles, congelados por Medusa, como Santiago. Despues yo la mire con asco, la culpa la tenía ella. Aunque… no lograba caer, aun me sentía en una historia, como si estuviese soñando mi propia historia.
-          Asi que ya saben, tendremos que preparar el ejercito.
Un griterío sonó de fondo. Mujeres desesperadas, hombres quejándose, y algun que otro borracho diciendo incoherencias que gritaban por el simple hecho de ser un gran compatriota desesperado.
Entonces, miré al cielo. Se que suena estúpido, pero para pedir ayuda siempre miro al cielo.
Entonces, los ví.
El ataque había comenzado.
Mientras las bombas caían sentí como si fuese todo en cámara lenta. Vi la primera caer justo en el balcón donde la presidenta se encontraba hablando, y ahora se encontraba destrozada bajo los escombros de su gran palacio hecho por nuestro dinero.
La segunda bomba callo a, fácil, un kilometro mio. Otra mas a mi otro costado. Santiago corrió, pero yo me sentía inútil, no podía coordinar mis pensamientos con mis movimientos. Cuando él tiro de mi brazo intenté seguirlo como si fuera una marioneta, pero no lo logré.
Me caí ahí, varios me pisaron, pero yo ya ni sentía, estaba dormida.

No se cuanto después de aquel desastrozo anunció desperté en un cuarto sin techo, bajo un sol cegador. Me levanté lentamente, me sentía abombada. Mi vista era borrosa, pero distinguía un monton de manchas marrones y amarillas. Cierro dos segundos los ojos y al toque me encuentro con un rostro pegado al mío, que me miraba con los ojos como platos.
Era chico. No debería tener mas de 8 años, con unos rasgos algo raros. No tenía puente en la nariz, y sus ojos eran alargados, aunque su rostro algo gordo. Aleje mi rostro y lo mire. Me sonrio.
-          Tomas, ¿Qué haces? – preguntó un chico que estaba entrando, que no tendría mas de 20 años.
-          Nada, - contestó arrastrando mucho las consonantes – solo me fijaba si se despertó.
-          Bueno, ahora ya te podes ir… - dijo el otro con dulzura.
-          ¡No quiero!
Yo, como siempre, ignoraba toda la discusión. Primero mire con curiosidad a aquel chico de facciones raras, mi cabeza estaba tan bloqueada que tarde en darme cuenta de que tenía síndrome de down. Después miré al otro chico. Era muy moreno y alto, pelo negro potente, ojos iguales y unos labios perfectos.
Sacudí la cabeza. ¿Labios perfectos? ¿Qué me pasaba?
-          ¿Me dejarías a solas al menos?
Tomás balbuceó un par de cosas, pero igual se fue bastante animado.
-          Hola…
-          Hola. – respondí secamente – Es hora de que me digas de que estamos en medio de una apocalipsis zombie y que vos, ese Tomas, una mujer histérica, dos tipos idiotas y yo somos los únicos sobrevivientes. Si no es eso, toma numero y espera.
Entonces me tiré en la cama.
-          Alguien es fanatica de las historias de terror, eh. Bueno, esto es peor. Con un grupo bastante parecido al que me dijiste somos los únicos de nuestro país que están vivos, al menos, eso creemos. Los invasores están cazando a todos esos que aun queden vivos.
Asenti, impresionada por su relato tan relajado de algo tan dramático, y sonreí.
-          Muy bien, llamaste mi atención. – y también saco mi aliento cuando sonrió ante aquel comentario, pero sacudi la cabeza para sacármelo de la mente -  Siga por favor. – y lo invite a que me contara mas con un movimiento autoritario, pero suelto, con la mano.
-          Aah… - duda – no hay mucho mas… supongo que me puedo presentar…
Me levanto sin ganas, como si me pesara el cuerpo.
-          No me prive del placer señor. – bromeé, el rió, y devuelta me robaron la respiración.
-          Me llamo Marcos. – sonríe – Tengo 17 años, casi 18. Y…
-          Sos naturalmente bronceado. – comenté estúpidamente. Él me miró extrañado.
-          Se podría decir…
-          Bueno, yo soy Sakura… - esperó un segundo - ¿no vas a decirme “¡hola Sakura!” como en las juntas de alcoholicos anónimos?
-          No, pero si voy a comentar que es un nombre raro.
-          No, ¿nunca viste “Sakura cardcaptor”? No tenes infancia. – le acusé.
-          Si, me lo vi. – rió.
-          Bien, una cosa menos que explicar, por eso me tenes que comprar cartas… ok, eso fue una broma.
-          ¿Algo de lo que dijiste no lo fue?
Lo miró y asiento.
-          Muy inteligente señor. Bueno, tengo 16, pelo rojo, y no se que hago aca.
-          Estas como todos.

Reino Perdido 11

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-         ¡Date cuenta que la vida no es tan simple! No podes pretender reinar y, a la vez, ir de un lugar a otro. No podes pretender ser rebelde, cuando eso significa sabotearte a vos misma.
Ryota parecía un tanto enojado. Yo estaba en una punta de la sala, mirando por la ventana. Me sentía cansada, pero a la vez tenía ganas de hacer todo. Quería correr, buscar algo… estaba harta de la rutina. Mi consiglieri, como llamaba a Ryota, vivía retandome por diversas cosas, esta vez había decidido escaparme a mi ciudad, a ver a unos amigos de antes de todo los problemas que habían llevado a ese momento. No odiaba mi vida, simplemente quería un descanso, y la idea de ser inoportuna, de escaparme aunque fuese por un día, era muy tentador.
Mientras mi consiglieri seguía con su discurso, yo me levante y me mire al espejo. No podía parar de pensar en que me encantaban los espejos. No me gustaba verme, pero me encantaba pensar en qué podría haber en el otro lado. Me saqué la peluca negra, aun estaba disfrazada por la fiesta. La había pasado muy bien, aun podía recordar a Ciro con su disfraz de pirata. A mi no se me había ocurrido una gran idea, era muy simple, pero nunca había sido ocurrente para disfrazarme. Un vestido azul simple, corto, hacía resaltar mis ojos, que eran, según una amiga, de labradorita. Un antifaz negro tapaba mi rostro de una manera que no era demasiado reconocible para la gente mi rostro, no quería escándalos. Era discreto, elegante, incluso podría decir sexy, pero no era lo que yo quería. Yo quería algo mas alocado, no provocador, pero si algo divertido, que me viera y pudiera reirme. Sin embargo no podía meter mi cabeza en mi disfraz. Todos habían llevado mascaras, nadie era reconocible, nadie menos Ciro. Sus ojos lo delataban detrás de la mascara sucia del pirata, su mirada sobre mi era tal como la recordaba.
Mucha gente me había amado, lo sabía. Pero el amor que se tiene a una figura, a un talento, una voz, una imagen, no es el  mismo que se le puede tener, seriamente, a una persona. Tal vez esa era una de las cosas que mas apreciaba de Ciro, y de Yuki también. Ellos nunca me quisieron por ser la gran reina, ellos me querían por la rebelde y alocada chica que siempre había sido, con mi mala memoria, mi sarcasmo e incluso habían amado a mis errores. Sabía que las cosas no tenían que cambiar, no quería que fuera así. Lo único era la persistencia de los guardías, de la gente… ¿Cómo amaban a alguien al que nunca vieron en persona? Todos querían acercárseme, todos querían el honor de tenerme cerca. Yo quería el honor de borrarme de la historia.
Si… borrarme…
-         Las cosas van mal, Caramelle…
-         ¿Qué va mal? ¿Hay gente que se muere de hambre? ¿Hay injusticia?
Sabía que no era una reina. Mis modales eran malos, era muy prepotente, no quería escuchar a los demás… pero no hacía mal las cosas. Las reinas, mas allá de hacer bien su deber, eran refinadas, educadas. Hablaban con propiedad y daban respuestas diplomáticas. Tal vez por eso me querían, yo me parecía tanto a un humano de verdad que sentían que era una mas. Yo no era refinada, y menos aun educada, era directa, y brusca siempre que podía. Me encataba burlarme de todos, y todos se quedaban boquiabiertos. Nadie entendía ni conocía bien a su reina.
-         Tengo muchas sospechas de… bueno, ellos. – explicó el consiglieri, obligándome a sentarme en una silla, tomando una de mis manos, como si fuesen frágiles, consideré el hacer un comentario como “tene cuidado que no sabes donde anduvieron esas manos” pero sonaba demasiado mal – Caramelle, están conspirando en tu contra, quieren que te vayas. Sabes que son capaces.
-         No lo creo…
Sabía mas que bien quienes eran. ¿No podían hacer a un lado las diferencias y aceptar el hecho de que yo estaba ahí al mando? ¿No podían acaso aceptar mi relación con su hijo? Claro, en realidad, nuestra relación era secreta, solo Yuki y Ryota lo sabían, aunque era un tanto obvio para ellos. Aunque, ¿quién diría que la reina cada tanto se escapaba al único pasillo con final en todo el palacio para encontrarse a solas con el hijo de sus mayores contrincantes, su amante, Ciro? Solo ella con su imaginación podía ocurrírsele semejante historia, y solo ella podía convertirla en realidad…
Fue entonces que, acudiendo a mi pensamiento, llego él. Todavía estaba vestido de pirata, claro, quien había dicho que en medio de la fiesta, justo cuando saliamos por un poco de aire, vendrían los guardias a llevarnos de vuelta, sin permiso alguno. Me sonrió maliciosamente y yo sonreí vagamente y mire para otro lado, me gustaba molestarlo de ese modo. Hacerme la ignorante.
Entonces sentimos algo, un temblor. Mire a mi alrededor, era como si todo desapareciera, pero no como en las películas esas de ficción que se iba pixelando, sentía como si mi mundo fuera un sueño del cual me despertaba, y nunca volvería a él. Con mi última idiotez cometida, la de creer en esos dos, se borró mi historia. Un borrón y cuenta nueva, había dicho Gekko.
No me importó. Me preocupé, pero sabía que volvería…

Me levanté. Me dolía el cuello y la espalda y maldije el hecho de que mi cama estuviera ocupada. ¿Era mi imaginación o acababa de soñar con el final de la reina? ¿y por qué estaba adentro de su mente? Se parecía tanto a mí… este sueño no solo lograba aclararme ciertas cosas, sino que también marearme demasiado.
Por un lado no quería seguir, y tenía mis razones, ya que seguir significaba o mi muerte o la posible pérdida de la persona a la que yo, desgraciadamente y admitiéndolo con cierta vergüenza, más quería, Ciro, que ahora podía confirmar que ella lo quería.
Por otro lado me daba cuenta de que él tenía razón, yo me parecía a la reina, tenía una conexión aparente y, físicamente, podía decir que se parecía mucho a mí, aunque no podía decir, ya que mi sueño no se concentraba tanto en el reflejo de ella. Tenía mi misma manera de ser, talvez un poco mas dulce, aunque no podría decir. Además, sacando el hecho de como era su personalidad o su físico, hacía bien su trabajo, o eso parecía. Mi sueño mostraba algo: que ella, aunque no quisiera el puesto, era buena reina, buena gobernante. La gente la quería…
¿Podría ser tan egoísta de poner mi felicidad antes de la de la gente?
La respuesta era simple: poder, podía. Pero no quería, no quería ser así. Mi orgullo se basaba en el respeto que tenía en mí misma, si me ponía antes que todos lo perdería todo.
Debo ser bipolar, me bromeé a mi misma, cambio de parecer de un momento al otro, de tener miedo, a intentar olvidar lo que podría pasar a asegurarme de que nadie me lo sacaría, a, finalmente, estar casi dispuesta a ceder lo que tengo…
Tengo que olvidar.
Esas ultimas palabras resonaron en mi cabeza. Tenía que olvidar, olvidar esa parte de lo que sabía, olvidar todo eso que solo me detuviera.
Me levanté y salí del cuarto. Era más difícil olvidar lo que me iban a sacar, posiblemente, si lo tenía frente a mí.
Caminé un poco, mientras intentaba calmar un leve calambre que tenía en el cuello. Ignoré un tanto la presión que iba creciendo a cada paso en mi muñeca derecha, al principio sin entender lo que significaba.
-         ¿Te escapabas de nosotros? – preguntó una voz burlona
Me di vuelta con tranquilidad,  no me había sorprendido que Ciro estuviera ahí, no con las uniones.
-         No podría aunque quisiera. – respondí, sin ganas, levantando mi mano derecha, mostrando la unión. La sonrisa de Ciro desapareció al escuchar mi voz, desganada y decepcionada. Él tenía razón, me había querido escapar, aunque solo fuera por un momento, no lo quería ver, me costaba olvidar.
-         ¿Qué te pasa? – preguntó, y yo seguí caminando, sabiendo que él me seguiría.
¿Qué hacer? ¿Le decía o me guardaba la inquietud?
-         Nada… - respondí, pero una pregunta apareció: ¿Qué podría perder? - ¿estas enamorado de la reina?
-         ¿Qué? ¡Ya te dije que es rídiculo eso! – exclamó, con su sonrisa volviendo a su lugar.
-         Pero si ella existiera, te quisiera también… - insistí, sin poder mirarlo.
-         ¿Tambien? ¿De donde sacas esto?
-         Respondeme, por favor. – seguía sin poder mirarlo. Si me decía que sí, renunciaría a él, si me decía que no, seguiría mi camino con él.
-         No, si ella existiera y te tengo a vos, no estaría con ella, sin importar nada.
Entonces sentí como si, después de estar por ahogarme, me sacaran de un mar sin fondo. Sentía como podía respirar un poco mas tranquila, aunque hasta ese momento no había notado lo duro que parecía dar una bocanada de aire.
-         Como sea…
-         ¿Por qué tenes esa idea?
-         Vi tu cara cuando hablabas con ella, y… - ¿decía o no la verdad? Antes de decidir, ya estaba hablando – tuve unos sueños, sueños de ustedes… estoy segura de que ella también…
Me odiaba. ¿Cómo no podía decir una frase coherente? Me sentía patética y supliqué que la oscuridad tapara el rubor de mis mejillas. No podía verlo, no podía dejar que me viera, y entonces, como si tuviera cinco años, corri la cabeza y cerré los ojos.
-         Eso es patético… - escuché decir a Ciro.
-         Lo se.
Sentí su mano en mi mentón, obligándome a mirarlo, pero me fue imposible.
-         Sos mia, si pensas que te voy a dejar escapar…
Entonces no necesitábamos más palabras. Intentó besarme, pero yo corrí la cabeza, y terminó con sus labios sobre mi pelo. Le escuché reírse, y pude sentir su aliento entre mis cabellos. Quería dejarlo así, congelar el tiempo, pero estaba demasiado inquieta. Sin embargo ahí quedamos. Él me abrasó y todos mis nervios se fueron. No quise quejarme por eso de “sos mia”, no me importaba. En ese momento, estaba dispuesta a cualquier cosa para que se quedara a mi lado.

Reino Perdido 10

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No pasó mucho hasta que Ciro se quedó dormido, y a mí no me costó mantenerme despierta para cuando Yuki entró, sigilosamente, en mi cuarto. Lo dejé a Ciro en la cama con una sonrisa, a pesar de todo, me sentía feliz.
Salí con ella del cuarto y cerré con cautela la puerta. Con una sonrisa le di la bienvenida, agradeciendo el hecho de que la chica se sentía lo bastante nerviosa para que su brillo no fuese algo que me torturara, aunque con esa simple sonrisa logré hacer que su mirada alumbrara el pasillo.
-         ¿Querías hablarme? – preguntó.
Acentí.
-         Quiero saber si pensaste lo mismo que yo en cuanto a lo que está pasando.
-         No… no entiendo. – se quejó ella con cierto miedo, aunque me imagine que era a que pensara que era tonta.
-         A las dos nos pasó lo mismo, ambas tuvimos recuerdos de algo que no parecía de esta vida. Son recuerdos,  recuerdos, Yuki. – insistí – Ella estuvo en serio viva, y ahora tiene que volver.
-         ¿Quién?
-         ¡La reina Caramelle! – exclamé, sintiendome muy estúpida, ya que el “reina” lo sentía de más antes de mi nombre – Ciro me contó…
-         ¡Ah, cierto! Ya me parecía conocido tu nombre… no me sorprende que él te lo hubiera puesto.
Me ruboricé.
-         ¿Por?
-         Porque siempre le gustaron sus historias, hasta me las contaba a veces. Siempre quisimos que estuviera, aunque creo que el se creía que era verdad…
-         Lo era. – dije contra mi voluntad, lo unico que hacía saber la admiración que Ciro sentía por ella era bronca – Lo es – continué recordandome que tenía algo que hacer -. Date cuenta que todo esto no es un cuento.
-         ¿Y que tiene que ver los recuerdos con esa reina o con lo que vamos a hacer?
Dudé por un segundo. ¿Le contaba la farsa que eran sus padres o me guardaba ese secreto? Era inocente, pero ya entendía lo que estaba pasando. Si me iba a ayudar, tenía que saber con qué me iba a ayudar.
-         ¿Tendrías algún problema si mi teoría tiene que ver con ellos? – pregunté con cautela, tomando como hecho que ellos eran sus padres.
-         No, ya estoy preparada para casi cualquier cosa.
Entonces le expliqué. No era casualidad que todas sus instrucciones nos llevaran a nada más que muertes, las cuales no parecieron afectar demasiado a esos dos, y ahora estuvieramos en la nada. Me querían sacar del mapa, a mí, la supuesta “elegida” por todas esas profecías que podría llegar a sacar al mundo de esa situación tan desesperante. ¿Por qué, siendo los líderes que velaban por el bien de su reino, querían sacar de encima a esa persona que iba a ayudar a su mundo antes de que lo hiciera? Yo le encontraría el sentido si fuese así, ayudo a todos y después me matan, ya que sería muy posible que después de todo, terminara intentando sacarles el poder y darselo a otro un poco mas inteligente o, como me parecía mejor, hacer que todo volviera al estilo de antes. El sistema antiguo tenía demasiadas fallas… pensé en un momento, pero sacudí la cabeza para eludirlo, no era algo que tuviera que importarme.
Basandome en los hechos, no sorprendería a nadie que vio y escucho lo que nosotros saber qué estaban tramando. Ellos no querían el bien de todos, solo el suyo. No podía quejarme de eso, porque por lo general nadie piensa, en realidad, en los demás. Sin embargo, ellos sabían que su vida, su reino lleno de fraudes, iba a cambiar radicalmente si el mundo volvía a ser el de antes. Terminaría volviendo a ser un mundo separado o a ser el mismo reino de la Reina. Habíamos visto el escondite, donde habían claras pruebas de una reina anterior, habíamos escuchado la charla, donde dejaban claro de que harían lo que fuese por sacarme del medio, teníamos los recuerdos que habíamos tenido Yuki y yo, teníamos pruebas de que la corona había sido robada e incluso, según lo sentí yo, violada al sacar sus joyas y haberlas puesto en otras partes.
A lo que me había llevado a pensar esto era en que era una especie de… ¿defensora? No sabía, solo sabía que de algún modo tenía que revivir lo desaparecido, lo que creía muerto.
- Claro… - dijo Yuki – No tenemos mucho fundamento, pero es mejor que nada. Te digo que creo que es así, no debería ser tan solo una teoría. Aunque… ¿Nunca pensaste en que en realidad fueras vos la reina?
La miré con una ceja alzada.
-         Si la Reina Caramelle era tan importante, tan buena, no debo ser yo. Soy poco seria y demasiado infantil, y ni te digo de caprichosa. Sirvo para las recoluciones, no para reinar.
-         Si vos decis…
Me reí. Por un momento recordé cuando todo había empezado, que creía que era imposible de doblegar con problemas de esta misma clase, no tenía secretos. Como habían cambiado las cosas…
Yuki entró conmigo al cuarto, me hubiera gustado ir a otra parte, pero no podía estar demasiado lejos de Ciro por culpa de las uniones.
-         ¿Te diste cuenta que casi todas las preguntas que parecíamos hacernos se resolvieron? – preguntó ella en voz baja, acostandose junto a su hermano.
Asentí, aunque no estaba segura a lo que se refería. ¿Qué preguntas serían las que ella tenía en realidad?  No podía decir lo mismo, ella parecía feliz de que sus preguntas se iban resolviendo, parecía tranquila. Yo, en cambio, a medida que encontraba mas respuestas, encontraba mas preguntas, y más ansiedad me daba el no saber otras, que aún no podía contestar, que me hacía desde hacía mucho tiempo y que recién ahora parecían atacarme con tal ansiedad.
¿Quién era el hombre que nos había atacado, buscando a Ciro, en la casa verde? ¿Qué habría hecho Seth para que nos encontraran en el otro siglo? ¿Por qué me quería Roy? ¿Qué haría cuando todo terminara? ¿Qué tenía que terminar?
Y la peor: ¿Qué tal si nunca terminaba?
Al mirar a Ciro y Yuki supe la respuesta: seguiría andando con ellos a mi lado.
Empecé a recorrer todo lo que había vivido con detalle, buscando algo que me indicara lo que fuese, un camino o algo.
Recordé cuando empezó, que me había despertado en mi propia cama y, después de un shock,me desmayé. Me devané los sesos intentando recordar en qué momento, por qué había perdido el conocimiento. Despues de un rato, recorde la voz, Bienvenida al mundo real me había dicho. No era una voz cualquiera… era la de Gekko. Solo en esos momentos me había dado cuenta del resentimiento en su voz, del odio, pero a la vez de la alegría. Sentí como si la única razón de no haberme matado antes era que pudiera ver a ese mundo arruinado, para que me sintiera mal, que sufriera. ¿y si pensaban que yo era la reina? Sería muy divertido lograr que volviera para arruinarles la vida.
Otra cosa que recordé era como nos tratabamos con Ciro, él había cambiado mucho, o eso parecía. De odio, a casi compañerismo, a amistad a… ese beso, y de ahí el cambio desde el principio, en el cual nos odiabamos prácticamente, a esos momentos, en los cuales no entendíamos que eramos del otro, había ocurrido.
En fin, me senté en el suelo, ya que mi cama había sido usurpada como el trono de la Reina, y cerré los ojos. Antes de darme cuenta estaba dormida.

Reino Perdido 9

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Toqué la puerta al cuarto donde había estado hacía no mas de una o dos horas. Nunca me había sentido tan pesada en mi vida, y no entendía porque. No sufras por idioteces me decía no sabes que va a pasar en el futuro, si esto es lo que te toca, es porque algo bueno va a haber…
-         ¿Se puede pasar? – pregunté, entreabriendo la puerta.
-         Si. – gruñó la voz de Gekko.
Miré a Ciro, en busca de apoyo. Con un simple gesto con la cabeza, entramos los tres. Sentí como me tranquilizaba cuando ninguno pareció percatarse de su hijo. Solo por si al caso, hundí mi muñeca en mi bolsillo para que nadie notara mi unión. Si la reina intenta robarme a Ciro, por lo menos lo tengo atado a mi por estas cosas pensé.
-         ¿Qué querían, chicas? – preguntó la mujer con un tono maternal fingido. Tenía unas ganas desesperantes de gritarle que me daba asco, pero cuando Ciro posó una mano en mi hombro me calmé un poco. Tenía una misión.
-         Queríamos hablarles de mi próximo viaje. – expliqué con la misma falsedad, aunque la frialdad detrás de esas palabras aparntemente tranquilas era perceptible – Ciro nos contó que tendría que volver, pero él no.
-         Ya sabíamos que les contaría. De todos modos, no importa lo que digas, no va a ir.
-         Eso lo sé, pero no venía a hablarles de él, si vengo a hablar del viaje hablo de él.
-         ¿Entonces que hace Yukari aca? – preguntó Gekko.
-         Vino porque tiene que ver con ella el tema, en parte. Desde la muerte de Seth me encuentro con dos problemas, primero, no tengo ni idea de que hacer, porque hasta ahora dabamos pasos sin saber a donde ir. Segundo, no tengo manera en la cual llegar… - seguí explicando, con un tono lo bastante formal como para que ellos tuvieran, en cierto punto, miedo y respeto hacia mí, aunque era difícil, dado a la risa de Ciro, quien había empezado a caminar con tranquilidad por el cuarto y me escuchaba con atención disimulada.
Hubiera seguido, pero Yuki tiró de mi manga para que la dejara hablar. Ella con tranquilidad, aunque se notaba que no estaba contenta con sus padres, les explicó lo que había pasado, sin detalles ni nada de eso. Evitó contar todo lo que pudiera comprometer a alguno de nosotros y, con una actuación asombrosa de nena asustada, anunció que aunque tenía miedo, quería venir.
-         Es lo que tengo que hacer, no me quiero quedar de brazos cruzados, y como Ciro no va, supongo que no habría problema con que yo fuese. Además, - añadió a ultimo momento con dulzura – saben que siempre fue mi sueño…
Con eso pareció ganarlos. Reprimí la risa, pero Ciro, al no tener la obligación de hacerlo, hacía comentarios para hacernos reir, y aunque fuese desubicado, le agradecí, ya que si no hubiese sido por las imitaciones que hacía de ambas o las caras que ponía, yo hubiera colapsado por los nervios. Eso sí, contener la risa y mantenernos serias nos resultaba un tanto complicado.
Terminamos con suerte, ya que logramos ir juntas, aunque cuando pidió que nos retiraramos, no me había dado la respuesta más importante ahora, ya que no tenía idea de que hacer allá.
-         ¿Nunca obedeces las ordenes que te dan? – preguntó Gekko una vez que pedí la explicación.
-         No son quienes para darme ordenes. – comencé a quejarme, aunque al ver que Ciro me hacía señas de que me calmara, respiré hondo y continué cambiando un tanto el tono – El tema es que, si no sabemos que hacer, nos vamos a quedar paradas en un mundo donde no vamos a saber de qué manera mantenernos o continuar con lo que tenemos que hacer.
-         De eso nos vamos a encargar otro día de explicar, ahora necesitamos que se vayan. – nos hechaba la mujer.
Tenía ganas de sacar la foto y mostrarles que sabía algo de lo que ellos querían ocultar, o por lo menos creía saberlo.
Entonces se me pasó una pregunta por la cabeza, que no tenía mucho que ver con el caso, pero me dio fuerzas: ¿Quién aseguraba el hecho de que a la reina quisiera a Ciro? Hasta ese momento me había preocupado por que él me dejaría si ella volvía, pero no podría estar segura de nada… suprimí una sonrisa ante ese hecho.
-         ¿Por qué no me quieren explicar lo que pasa? – pregunté, sintiendome liviana y algo esperanzada – Nunca supe que me esperaba, y ustedes tienen la obligación de explicarmelo si son los que estan al cargo.
-         Y por eso mismo vos tenes la obligación de obedecer lo que te decimos.
-         No. Eso sería si yo lo hubiese elegido, pero no es así. Si quieren que haga algo, me tienen que decir qué es eso.
-         ¿Nunca obedecés a nadie? – interrumpió Gekko.
-         Depende. Yo solo obedezco a esos a los que les doy permiso de darme órdenes. – repuse con una sonrisa, dejandolos a todos mirandome un tanto sorprendidos, hasta Ciro había dejado sus bromas para mirar mi media sonrisa, un tanto arrogante – No se olviden mañana, no los voy a dejar en paz hasta no tener una respuesta.
Entonces me fui con los dos hermanos, dejandolos a ellos parados en medio de su cuarto sorprendidos.
-         No puedo creer que les dijeras eso… - comentó Ciro cuando estabamos más alejados.
-         ¿Estuve mal? – le pregunté, haciendo de cuenta de que estaba sorprendida. Tengo que dejar el sarcasmo, me sale muy mal pensé.
-         No, para nada, estuviste genial.
No pude hacer menos que sonreir. Él paso una manos sobre mis hombros, y yo apoyé mi cabeza sobre su hombro mordiendome el labio. Yuki parecía animada.
Me pregunté en qué momento podría hablar con ella, no encontraba el modo de sacarme a Ciro de encima, aunque no quisiese en realidad dejarlo. Necesitaba hablarle a solas, confirmar mi teoría, antes de que él se enterara de todo. Como si leyera mi mente, me hizo señas con la mano, bastante disimulada, de que teníamos que hablar. Asentí, pero no estaba segura.
Propuse ir a mi cuarto y así lo hicimos. Me sentía tranquila a pesar de todo, había aceptado todo, o por lo menos lo había olvidado. Agradecí mi falta de memoria, o mi torpeza, o ambas, por ayudarme a dejar de temer de lo que vendría. Aunque en realidad, no necesitaba olvidar, necesitaba ignorar.
Una vez ahí, me acosté en la cama con Ciro al lado, aunque entre nosotros estaba Yuki, quien se había acostado al revez.
-         ¡No puedo creer que por fin voy a conocer como eran las cosas antes de nuestro tiempo! – exclamó ella emocionada.
-         No te pienses, no es tan bueno como pensas…
-         Ciro, dejala en paz. – me quejé, él no podía tener una gran impresión de ese mundo, ya que cada viaje suyo significo un gran peligro, una gran desepción, una muerte. Me sentí inquieta al recordar a Hang. Tenía que admitir que lo extrañaba.
-         Como quieras. De todos modos antes de ir tenemos que saber que tenemos que hacer y suplicar porque nos vayamos lo antes posible. – dijo Ciro – Lo único que falta es que ahora se den cuenta de mi ausencia y piensen que me fugué.
-         A nadie le sorprendería eso. - comenté.
-         Totalmente. – acordó Yuki.
-         ¿De que hablan? No es cierto… - se quejó él.
-         Tiene razón Yuki, él es el típico chico que necesita una autoridad de la cual rebelarse. Es un chico malo. – le burlé.
-         ¿Y vos? – preguntó Ciro, aguantando la poca risa que le causo el tono que había usado - Yo solo obedezco a esos a los que les doy permiso de darme órdenes. No sos rebelde…
Cuando se detuvo, un tanto pensativo, sabía el por qué. Lo miré, con una ceja alzada, sabiendo que pensaba en la otra burla que tanto me había ofendido, sin embargo, no me di por aludida, solo me reí y dije:
-         ¡Claro! Aunque lo mío es distinto, yo soy rebelde con lo que no me gusta, con el resto soy tranquila y adorable. – concluí pestañando como tonta para ver si toda la presión que aquel complicado día desaparecía, y en efecto se fue un poco, aunque no del todo. Tenía un poco más de trabajo para hacer…
-         Bueno… - comentó Ciro.
-         ¡En serio! Con ustedes soy así… de todos modos, ya te tengo bien estudiado Ciro. Sos el típico rebelde sin causa para tapar el hecho de que sos bruto y tímido. – expliqué con una sonrisa. Al principio me miró sorprendido, pero después pasó a sonreirme.
-         No soy bruto… - se quejó, pero ante la mirada mía y de Yuki se retractó – esta bien, tal vez un poco… pero vos tambien sos así.
-         No, no soy ni un cuarto de bruta que vos y tampoco soy tímida. – dije – Si fuese tímida no se me hubiese sido tan fácil acercarme a ustedes.
-         Eso es cierto, aunque dejen de pelear, ambos son idiotas... – dijo Yuki levantandose.
-         ¿A dónde vas? – preguntó su hermano, alzando la cabeza para ver mejor.
-         A mi cuarto, quiero ver unas cosas para el viaje. – respondió ella, antes de salir, con una sonrisa enorme y un brillo deslumbrante en los ojos.
En cuanto se fue, se hizo un silencio, aunque no era uno incómodo. Ciro volvió a apoyar su cabeza en la almohada y se dedicó a mirarme de tal manera que sentía como si su mirada pudiera hacerme un agujero en la cara. Me negué a mirarle para molestarle, aunque era difícil. Empecé a sentir inquietas las manos, tenía demasiadas ganas de… ¿dibujar?
Sonreí a la nada al ver que los recuerdos, las cosas que formaban a quien era antes, volvían a mí. Ahora solo queda terminar de decidir quien soy, después de todo, no debo ser igual a lo que era antes. Pensé.
Me senté en la cama, me sentía más cómoda así, y miré a la ventana, que poco a poco, iba perdiendo su brillo a medida que anochecía.
-         ¿Vas a seguir ignorandome? – preguntó Ciro, y no pude evitar sonreir por lo menos.
-         ¿Quién te dijo que te estaba ignorando?
-         El hecho de que todavía no me miras.
-         Tu poder no me afecta, genio.
-         Ya, seguro, pero tenes que admitir que te encanta.
-         Callate. – ordené.
-         También tenes que admitir que  vos también sos bruta.
-         ¿Seguís con eso?
-         ¡Si! Además, yo tambien puedo decir cosas de vos.
Sabía lo que quería lograr con eso, así que, para molestarlo, me senté como si tuviese un profundo interés en lo que me fuera a decir.
-         ¡Por favor! ¡Decime! – exclamé con un tono idiota, para desoncertarlo.
-         Bueno eh… - dudó él mirandome, y de algún modo, encontró un incentivo – Sos infantil y bastante mandona.
-         ¿Eso es todo? No… ¿no tenes nada bueno para decirme? – pregunté , esta vez en serio y un tanto decepcionada. Él me miró algo sorprendido, pareció ruborizarse, pero al instante cambio su vergüenza por malicia, y con una sonrisa, se acercó a mí.
-         Me tenés a mí, ¿no es suficientemente genial? – dijo, tan cerca de mí que nuestros labios se rozaban, y sus ojos verdes, tan cercanos, me taladraban hasta la última neurona, me sentía tonta, tenía ganas de acercarme, pero en cuanto me imaginé que aquel sería su famoso poder, cerré los ojos y contuve el aire.
Escuché la risa de Ciro mientras me sentía yo misma de nuevo, en eso, sus labios se posaron sobre los mios y nos unimos en el beso mas largo hasta entonces.
Ciro es mío y solo mío, nadie me lo va a sacar. Pensé.