Reino Perdido 8

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¿Quién mejor para ayudarme a doblegar a esos dos que su propio hijo?
Habíamos logrado llegar nuevamente a la sala principal, y antes de que ellos fueran a su departamento, creí una mejor idea volverlos a sacar del palacio. Una vez afuera, les dejé hablar en libertad, pero ninguno de los dos encontraban las palabras necesarias para expresarse. La primera que pudo hablar, después de unos diez minutos caminando, fue Yuki, sentandose apesumbrada en el suelo.
-         Tenías razón Ciro, son unos idiotas.
No pude evitar el notar que se le abalanzaban las lágrimas en los ojos.
-         Y si. – respondió él, sentandose a su lado.
Me senté al lado de la chica, pasandole un brazo por los hombros. Me sentía culpable sintiendome tan inspirada ante la charla que habíamos escuchado en los pasillos.
No quise decir nada, repito que siempre, pasado, presente y futuro, incluso en mis vida anterior, fui y seré la peor persona para  animar a esos que se sienten mal con algo. Me limito, como en ese momento, en estar a su lado, con la boca cerrada y poner una mano en el hombro, sin olvidar mi sonrisa estúpidamente forzada.
Nadie dijo nada por un buen rato, en el cual Yuki se apoyó sobre mí y, podría jurar, se quedó dormida.
-         Gracias por no decir nada. – dijo Ciro, en cuanto nos aseguramos de que la chica estaba dormida – A veces es mejor que dejar que esto se pase solo.
-         No hay de qué, mejor callarse a decir estupideces. De todos modos, ¿estas bien? – me atreví a preguntar.
-         Si, a mi no me importa, son unos idiotas y siempre lo supe. – explicó, aunque no le creí – De todos modos, estoy preocupado por ella, no se acostumbró a ese hecho tanto como yo. Lo que mas me sorprendió fue lo que dijeron…
-         ¿Lo de la reina o lo de sacarme del medio?
-         ¿Cómo sabes que te quieren sacar a vos del medio?
-         Soy la única a la que se querrían sacar del medio: me odian, los odio, soy nueva aca… ¿Qué mas queres? – le respondí.
-         Por donde empezamos… no, pero en serio. – se quejó – No creo que vos puedas significar semejante amenaza, además, me parece que el tema más importante es el de la reina.
-         ¿Sabes algo sobre ese tema? Me parece que para empezar deberíamos empezar por lo que tenemos, que sería tema.
-         Si, tengo algo. – contestó con una sonrisa feroz – Me acuerdo de unas historias que me contó Ryota cuando era mas chico…
-         Eso da miedo. – bromeé entre risas, el tambien rió.
-         Supongo, el tema es que puede que sea cierto. – continuó, parecía realmente interesado por el tema – Me acuerdo que, antes, cuando Ryota y mis padres eran contra…
-         ¿Contra? – pregunté con sorpresa.
-         Si, se odiaban, y un día, cuando apareciste vos, lo obligaron a ser algo así como su cómplice.
-         ¿De qué se trataban las historias? – pregunté con cierta desesperación.
-         Era de que, antes de mis padres, había una reina, que… - lanzó una carcajada, avergonzado – tenía tu mismo nombre, me hacías acordar tanto a ella que te llamé así. – le sonreí para ayudarlo a que siguiera contando, no me importaba por qué me había puesto ese nombre, lo importante era que me lo había puesto, y punto – De todos modos, su reino era mucho, mucho mejor que el de estos dos. En sus tiempos no había la injusticia que hay ahora, la gente no estaba encerrada por crímenes estúpidos, tampoco era tan corrupta. Odio este reino estúpido, daría lo que fuese por estar en sus épocas…
No pude evitar el notar una sonrisa nostálgica en él, lo que me dio un tanto de bronca. Sentía como si sintiera cierto cariño por esa reina, más que por mí. Sacudí la cabeza, no quería pensar en eso, te quiere, más que a esa desconocida.
-         ¿Te gusta? – pregunté contra mi voluntad- ¿Sera parecida a… - pregunté mientras sacaba de mi bolsillo la foto que había sacado de aquel lugar – ella?
La foto estaba de espaldas, pero podría ser que la reconociera, aunque no podía evitar sentir cierta bronca. Entonces, una idea cruzó por mi cabeza, una idea que me sacó la cabeza de esos problemas y mitigó lo que parecía amenazarme como un dolor de estómago por culpa de los nervios.
-         Puede ser… es igual a la corona que me habían contado… pero, para un momento. ¿Si me gusta?
-         Si, podría ser. Mucha gente puede llegar a obsecionarse con la imagen de alguien de ficción, como cuando una chica se enamora de los chicos de sus novelas favoritas.
-         ¿Estas celosa? – preguntó, con una sonrisa que en otro momento me hubiera resultado encantadora, pero ahora solo me parecía manipuladora y falsa. Es tu imaginación me dije.
-         Intento pensar con la cabeza fría, y la verdad es que ese chico es muy parecido a vos… - comenté señalando al chico que miraba a la foto, dandome cuenta de que tenía razón en algo, pero tendría que esperar a hablar a solas con Yuki para saberlo, por el momento decidí que sería mejor no pensar en ello – y sí, puede ser que algo celosa esté… ¡Pero no importa! – exclamé, nerviosa ante el hecho de hablar de esas cosas en voz alta, sin siquiera dame cuenta – Siempre puedo encontrar a alguien con una obseción hacia mí.
-         ¿Decis que me gusta un cuento? – preguntó - ¿Mas que vos?
-         ¡Callate!
Me había empezado a poner demasiado nerviosa, eso por no mencionar que la situación no me gustaba, nunca me gustaron esos histeriqueos cuando estoy de mal humor. Además, no quería seguir seguir hablando de ese tema, aunque al darme cuenta de que había sido demasiado brusca y que no faltaría mucho para asustarlo, reí con una dulzura asquerosamente fingida e intenté cambiar de tema.
-         ¿No sería mejor ir a probar estas cosas?
-         Como quieras. – contestó, encongiendose de brazos.
Entonces levantamos a Yuki y nos pusimos en camino, nuevamente, al palacio. Mientras caminabamos, le hice señas a la chica para que se diera cuenta que necesitaba hablar con ella a solas. Ya entendía lo que pasaba, y no me gustaba nada. Mi misión no era salvar al mundo de sí mismo, era salvarlo de los reyes corruptos que lo arruinaban, todo eso que me guíaba a un camino falso estaba ahí a propósito. Yo no estaba ahí porque tenía que estar ahí para ellos, yo estaba ahí por accidente, un error de ellos. Era un error suyo… era imposible el no sonreir pensando que les podía hacer la vida imposible.
Sabía que Yuki pensaba lo mismo que yo, obviamente, sin todo lo que dije antes. Supe que los sueños que tuve, esas imágenes, no habían sido en vano, algo importante me querían decir, y creo que ya lo sabía: yo era la protectora de esa reina. No quedaban muchas opciones, y estaba segura de que todo lo que había pasado me llevaban a buscarla a ella para que volviera al poder. No me quedaba otra que admitirlo, estaba ahí para traer de vuelta a esa reina, a que el mundo volviera a ser un buen lugar. Tenía que traerla para que, probablemente, Ciro fuera tras ella y yo fuese nada más que la chica que la trajo de vuelta…
No me importaba. Por mas que me doliera, si ese era mi destino, que así fuese, ahora era feliz como estaba. Tomé de la mano a Ciro, haciendo que las uniones sonaran al chocarse. Me miró sorprendido, pero después me sonrió.
Si… el destino era algo que vendría mas adelante, ahora solo tendría que disfrutar, aunque costara.

Reino Perdido 7

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Tuvimos que esperar a que los padres volvieran al departamento para probar las uniones. Mientras tanto, probamos las distancias que podíamos tomar con Ciro, ya que muy lejos el uno del otro no podríamos estar.
Al principio pareció un tanto decepcionante. Corrí con Yuki por todo el palacio, el cual eran cuadras y cuadras de pasadizos, divirtiendonos al principio, pero mi pésima resistencia me jugaba en contra, ya que después de lo que calcule como una cuadra y media corriendo estuve al borde del desmayo. Me tomé las rodillas e intenté respirar entre las risas de vergüenza.
-         ¿Qué te pasa? – preguntó la chica un tanto preocupada.
-         Nada… es que no puedo correr mucho…
Entonces escuchamos unos pasos, y ambas dirijimos las miradas al lado de donde parecían provenir los sonidos con cierta alerta. El pasillo era como muchos otros, aunque tenía una perturbadora diferencia: no tenía continuación. Habíamos corrido sin sentido, y la gran mayoría de aquellos pasajes tenían otros a su vez. Este en cambio, desde que habíamos tomado su camino, no habíamos visto ningún otro que se conectara y, lo peor del caso, estaba a punto de terminar. Nos faltaban unos pocos metros aún para llegar a esa pared, pero no podría llegar. Por un momento sentí como si ese lugar me fuese conocido, pero no era una sensación rara, era más pícara, como si algo que recordaba con felicidad, aunque vergüenza, hubiese pasado ahí. Era un lugar que sentía como confidencial, aunque sabía que sería difícil volver si quisiera…
Entonces empezamos a escuchar ciertos insultos, obviamente provenientes de la boca de Ciro, que se acercaban más y más. Miré hacía donde se oían las quejas de Ciro, reprimiendo la risa mientras veía a ese gladiador sometido bajo el poder de una pulsera dorada. Con el brazo izquierdo frente a él, como si alguien tirara de su muñeca, dando tropezones. Sentí cierta presión en mi muñeca derecha, donde estaba la unión, que me quería llevar a Ciro, aunque claramente, no era la misma que él sentía, ya que parecía obligarlo a venir a mí. Sonreí ante aquel hecho, y hubiese hecho un comentario, como: sabía que no podías estar demasiado tiempo sin mí o algo por el estilo, pero en cuanto abri la boca, el calló sobre mí, logrando que chocara contra la pared y darme un buen golpe en la cabeza, sintiendo algo hueco. Al cabo de menos de segundos, estabamos tirados en el piso, con Ciro encima mío. En cuanto me miró, pareció ruborizarse por un instante, pero su vergüenza pasó a ser una sonrisa arrogante y llamativa, con su mirada tentadora.
Me reí y lo tiré a un costado, estaba un tanto incómoda. Entonces me senté y le volví a dirijir mi mirada, aunque ahora era un tanto inquisitiva.
-         Tenías razón, - le dije – ninguno se va a poder escapar.
Me dedicó una gran sonrisa, y yo posé mi mano donde me había golpeado. Me estaba mareando, y al poco se nubló mi visión, aunque tan levemente que no resultaría difícil fingir, sin embargo, los otros dos ya parecían haberse dado cuenta.
-         ¿Estas bien? – preguntó Ciro, inclinandose a mi lado.
-         Si, no es nada, solo un golpe. – respondí con indiferencia, levantandome con un poco de dificultad.
Entonces recordé lo que había sentido al golpearme: una pared hueca. ¿Hueca? No entendía como podría serlo la pared esa…
Me di vuelta y empecé a buscar algun indicio en la pared de que hubiese algo. Sabía que ya tenía lo que necesitaba, pero la curiosidad me ganaba.
-         ¿Qué buscas? – preguntó Yuki, ocupando el lugar a mi costado, buscando por algo tambien.
-         Esta pared es hueca… - empecé a explicar, pero en cuanto me dí vuelta para mirarlos a las caras, ellos me dedicaban una expresión burlona y de poca comprensión, ¡no estoy loca! Quise gritar, pero no tenía sentido. ¿Cómo podía ser que dos personas tan distintas creyeran lo mismo? Bueno, eran hermanos, y esos dos, en especial, parecían venir de un paquete de los hijos mas desobedientes conocidos.
-         Si, ¿y? – preguntó Ciro.
-         Que podría haber algo escondido…
-         Si, como otro pasillo o el salón principal. – continuó su hermana.
-         Pero, ¿y si hay algo más? ¡Por favor! – pedí, aunque antes de suplicar, decidí optar por otra manera de persuadirlos – No van a desconfiar de mí después de encontrar el escondite de las uniones…
Era mejor que una súplica por lo menos.
-         ¡Vamos! – exclamé y ambos se quejaron.
-         Ademas, no sabemos ni que tenemos que buscar aca adentro… - comentó Ciro, golpeando levemente la pared hueca, aunque no pudo seguir dado a un estruendo.
Todos dirigimos las miradas a lo que era como un gran agujero, y me dí cuenta, antes que todos, que lo que parecía una puerta en esa pared hueca se había derribado.
-         Siempre supe que eras brusco, Ciro, pero nunca pensé en tan extremo de derribar paredes con un golpe. – bromeé.
-         Hay tantas cosas que no sabes de mi… - contestó en el mismo tono con una sonrisa, entrando antes de todos a aquel extraño lugar.
-         ¿Qué es esto? – preguntó Yuki, entrando antes que yo.
-         Un misterio… - contesté con un tono juguetón, con intenciones de animarla a entrar.
Entré última a la sala más oscura que había visto en mi vida, aunque jamás creí que Yuki sería tan útil. Con mi última frase la había animado lo suficiente como para que su mirada alumbrara toda la sala, aunque por un momento no quise que fuese así.
Empezamos a ver esas cosas, que parecían fotos, páginas escritas, todo era raro.
Había una corona, toda partida, a la cual le habían sacado todas sus gemas menos una única, del tamaño de mi uña del dedo meñique, de un rojo, sospechosamente igual al del resto… La sentí tan conocida… casi como si fuese mía. Entonces me di cuenta: era la de mis sueños. La tomé, sentí como si fuese un sacrilegio su estado. ¿Cómo podía estar tan destrozada? Las imágenes de mis sueños se volvían nítidas, y ante el miedo de recordar algo más, la solté.
Seguí mirando las fotos, eran todas del palacio, pero en sus ventanas podría jurar de ver el brillo del sol. Había una, que me llamó principalmente la atención, era una chica, de pelo castaño y rulos, de espalda a la cámara. Era imposible el no reconocer la corona, aunque ahora estaba completa, en un perfecto y asombroso estado. En frente suyo, cuyo rostro era apenas perceptible para la vista, había un chico, de pelo negro, bastante alto, que miraba extrañado a la cámara. Supe al instante que era el chico con el que había soñado… supe que era Ciro.
Por un momento me pregunte si todo esto estaba vinculado con mi pasado o… otro tiempo.
¿Por qué me sentía tan rara? Estas cosas me ponían los pelos de punta.
Entonces me sentí intranquila, como el presentimiento de que alguien iba a aparecer. Hasta el momento había ignorado todos los comentarios de los dos hermanos, pero en cuanto supe que no era buena idea quedarse ahí, ordené a ambos, con una voz un tanto ausente, a irnos, guardando la foto en mi bolsillo. Despues de levantar la puerta y dejar la pared un poco presentable, para que no fuese tan obvio, salimos a las apuradas de ese pasillo. Note que Yuki marcaba las paredes con un marcador, no muy perceptible a simple vista, aunque una técnica muy inteligente. Cuando me dirigió una mirada culpable le sonreí con complicidad. Ciro aún no se daba cuenta de lo que hacía su hermana, al caminar frente de nosotras dos.
Al rato volvimos a vernos acorralados por los múltiples caminos y todos nos sentimos un poco más cómodos, aunque yo aún estaba alerta.
Al poco escuche pisadas, y sabía que no sería Ciro tropezándose para llegar a mí por la atracción de las uniones, eran varias pisadas, que se acercaban a nosotros. Automáticamente, tiré de Yuki y Ciro para atrás y me aseguré de estar bien escodidos detrás de una pared de los pasadizos, donde las pisadas nunca nos encontrarían… si teníamos suerte.
Gekko, su mujer y Ryota, quien se veía un tanto asustado, estaban ahí. El último se refregaba frenéticamente las manos, y el matrimonio parecía un tanto molesto, y automáticamente lo asocié conmigo.
-         ¿Para que venimos acá? – preguntó Ryota.
-         Para asegurarnos de que no nos escuchen. – contestó Gekko.
-         Deberiamos irnos… - susurró Ciro, un tanto preocupado – Si nos encuentran…
-         Tranquilo, no te pueden ver. – respondí alzando la muñeca derecha haciendole ver que las uniones lo protegían.
-         No me importa que me agarren a mí, tampoco a Yuki, no nos harían nada, pero a vos…
-         No me importa, quiero escuchar.
-         … tenemos que asegurarnos de que la reina no vuelva. – continuó hablando la mujer. ¿Reina? ¿No es ella? ¿a que se refiere?
-         Si, por eso tenemos que sacarla del medio.
Era obvio que esa sí era yo.
-         Pero la necesitamos… - se quejó Ryota – Sin ella no vamos a poder volver a lo que era antes…
-         ¡Es que es eso mismo lo que no queremos! Nuestra intencion no es matarla, no nos conviene, solo lograríamos que nuestros hijos se enojen, y a menos que la sigan, nos van a hacer la vida imposible. – explicó Gekko.
Todos nos quedamos helados con esa contestación. Yuki se veía un tanto herida y Ciro había largado una silenciosa y amarga carcajada, sabía lo que pensaba: era obvio. Abracé a Yuki y posé apenas una mano sobre el hombro de Ciro mientras los obligaba a seguir por el pasillo ese. Ya habían escuchado demasiado.
Ya había escuchado yo lo suficiente como para saber que me querían sacar de encima, lo suficiente para saber que me temían.
Suprimí la sonrisa de satisfacción ante el hecho de que era más poderosa de lo que me imaginaba, ante el hecho de que yo representaba una amenaza contra ellos, e iba a usar ese poder.
Aunque mientras mas pasaba el tiempo mas me costaba el concentrarme en los hermanos y más me preguntaba quien era la reina, porque sabía que no era la mujer de Gekko, cuyo nombre no sabía y eso me desesperaba.
Tenía que averiguar, y para eso, iba a encararlos con la ayuda del mejor cómplice que me podría imaginar: Ciro.

Reino Perdido 6

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-         ¡¿Qué?! – pregunté casi a los gritos.
Ciro había decidido salir afuera del palacio, cosa que no hacía en esos tiempos desde que había entrado. La ciudad era aterradora, aunque no me di por aludida. Estaba muy serio al principio, y con Yuki nos habíamos empezado a preocupar mientras el tiempo pasaba y la boca de Ciro no era mas que una fina linea, dado a que la furia  hacía que los apretara. Con el tiempo no aguante más el aburrimiento y empecé a molestarlo sacudiéndolo de la manga de la remera negra sin parar. No aguantó mucho, nadie podría, y empezó a contar, sabiendo lo que reclamaba.
Tenía que volver a mi tiempo, pero sola. No comprendía que debía hacer, cual era el sentido de volver a mi tiempo. Supuse que querría que me volviera… para nunca pisar nuevamente su mundo. Era insoportable pensar que por una insubordinación de las tantas de Ciro había hecho que probablemente no lo pudiera volver a ver. Me desesperé por un momento, pero me obligué a calmarme, sin embargo no pude
evitar el grito, o pregunta, como quieran llamarlo.
-         No puedo ir sola. – continué, deteniéndome en el medio de una calle desierta – Para empezar, no tengo maneras de ir y volver, no sin Seth, aunque es obvio que lo que sus padres quieren es sacarme del mapa… - entonces una idea cruzó por mi mente, aunque antes de que pudiera elegir el modo de decirla, ya que estaba inconclusa, me descubrí exclamando de maneras inentendibles lo que quería decir - ¡No podemos! ¡Se tienen que esconder…!
Empecé así, pero al poco tiempo opté por callarme, antes de quedar más en ridículo. Me mordí el labio ante mi estupidez, mientras los dos hermanos se reían de mí con una cara de sorpresa. Yo también me reí, al no saber que otra cosa hacer, mientras reordenaba mis ideas.
-         A ver, si intentas hablar como una persona normal, puede que te entendamos. ¿Te cuesta mucho, conejo? – preguntó, burlándose de mí.
-         ¿Conejo? – pregunté, él se limito a alzar los hombros – Miren, si lo que tengo que hacer es volver a mi tiempo, necesito a Yuki con su nuevo poder, - expliqué guiñándole un ojo a mi amiga – y debe haber algo que nos pueda ayudar para esconderte y hacerte venir con nosotras…
Ahí venía el defecto de mi idea: no sabía qué usar para esconder a mi gladiador. ¿Acaso existía esta cosa? Los miré suplicante, a ver si alguna idea tenían en mente, aunque parecían esperar a que dijera algo que no iba a decir. Les hice un gesto impaciente, para que hablaran.
-         Si lo que necesitamos es esconder a Ciro… - respondió a mis suplicas la chica con un aire algo intelectual e inteligente, que me daba gracia – podríamos usar esas esposas que guardan mis papas…
-         ¿Qué? – pregunté, emitiendo un sonido horrible al evitar las carcajadas que brotaban al pensar en la razón por la cual mantenían esas esposas, aunque a la vez me indignaba el hecho de que Yuki lo supiera.
-         Si, claro, pero Yukari, no son esposas, son uniones. – explicó Ciro, mirándome con reproche mientras yo aguantaba la risa después del alivio que causo el saber que no eran lo que me imaginaba – Sirven para esconder a una persona, aunque no se si nos servirá demasiado, ya que solo ocultan a alguien de los enemigos para ambos aliados. No se si… nos esconderían de ellos.
-         Seguramente. – mascullé.
-         ¡Entonces no perdamos tiempo! – exclamó Yuki, emocionada por algo que no terminaba de entender – Probemos las esposas en ustedes dos.
-         ¿En… nosotros dos? – pregunté con cierta vergüenza, sin poder evitar el rubor que se asomaba por mis mejillas.
-         ¿Qué? ¿Te pone nerviosa? – preguntó Ciro, un tanto divertido.
-         S… no, ¡Claro que no!
-         Entonces yo digo que lo hagamos.
-         S, si.
Tenía que admitir que me ponía los pelos de punta la idea de estar atada a Ciro, aunque a la vez la ignoraba, ¿Qué tan distinto sería a lo que había vivido hasta ese momento? Siempre habíamos estado juntos, lo cual me resultaba raro cuando me daba cuenta. Me reí de la nada, eran los nervios, o me echaba a reír o golpeaba a la cara sonriente de Ciro, y me pareció que si tendría la obligación de verlo por mucho tiempo, sería mejor no golpearlo. Por otro lado, no notaría la diferencia, después de todo, nos seguiríamos viendo todo el tiempo tengamos o no esas uniones, teníamos algo.
Entonces, para tapar mis miedos, me llené de valor y me pregunté: ¿Qué mas da?
Planeamos todo de antemano ahí en la calle por miedo de que en el palacio nos descubrieran, así que nos sentamos ahí en el suelo, con despreocupación, y empezamos a planear. Me estaba divirtiendo, era como una conspiración, y en contra de dos personas que se habían ganado mi odio. Lo que más me gustaba era que me sentía la líder, porque, para empezar, yo tenía las mejores ideas, y como si fuese poco, Yuki parecía hacerme más caso a mí que a su hermano, que después de un rato, se apoyó sobre la pared y me escuchó dar los toques finales a lo que me parecía un gran plan con un único problema: si no funcionaba el primer paso, estábamos en serios problemas, porque para lograrlo todo era necesario asegurarnos de que no vieran a Ciro y que autorizaran a Yuki a venir.
El plan empezó recién llegamos al palacio. Entramos con extrema cautela, ya que los padres se encontraban en la puerta principal hablando con Ryota. Agradecida por ese hecho, cuando nos encontramos a salvo en los pasillos, corrimos al departamento de los hermanos. Cuando entramos al cuarto no me llevé una sorpresa, pero si una desilusión. Quería seriamente encontrarme con un cuarto digno de una bruja, con objetos como calderos, muñecos vudú, esas cosas de magia negra, que en cierto punto encontraba fascinantes. En cambio, me encontré un cuarto lujoso y normal, en cierto punto. No pude evitar hacer una expresión de insatisfacción.
La habitación era más grande que la mía, claro estaba. Con una gran cama de un tono rosado sucio, o marrón, en el medio y con dos mesas a los costados, de un lado noté apenas un despertador y un velador de un estilo un tanto ostentoso, y del otro la misma lampara y un par de cosas como maquillajes y accesorios para el pelo, que encontraba bastante cargados, como el resto de las puertas y muebles en el cuarto. Aficionados del estilo barroco, pensé sonriendo como si me diera algún recuerdo.
Ciro buscó directo en un armario que estaba cerrado con llave, por alguna razón que encontraba un tanto sospechosa. Ciro dudó por un instante, pero yo estaba demasiado ansiosa para esperar más tiempo, y sin dudarlo tomé mi collar, saqué la llave que recordé haber usado el día que habían secuestrado a Yuki, y abrí, sin problemas, el armario.
Buscamos los tres en aquel armario tan grande, ahora sí, como mi cuarto. Estaba tan abarrotado de ropa que me parecía estresante, y pensé que era esa libertad de opción la que causaba la indecisión, en este caso, de que ponerse.
Ninguno de los dos hermanos se atrevió a desordenar nada, por lo menos no demasiado. Yo, en cambio, con la dulzura de siempre, tiré las prendas al suelo, presa del asco que me daba la idea de que alguien tuviera tanto para sí misma y diera tan poco para otros, aunque me obligue a olvidar ese pensamiento, dado que yo en realidad estaba dejándome guiar por mi opinión personal sobre esos dos y no por lo que hacían, cosa que nunca podría decir si hacían o no. Los otros dos no tardaron en seguir mi ejemplo, y estaba segura de que en el fondo se decían que lo ordenarían después. Tenía ganas de desmentir eso, pero no me iba a quedar más que hacerlo, ya que no sería difícil descubrir que robaron algo si estaba todo en un estado desastroso.
Cuando terminamos de sacar todo me quede extrañada al darme cuenta de que ahí dentro no había nada más que ropa.
-         No hay caso… debe estar en otra parte. – dijo Ciro  levantándose y dándose vuelta para cambiar de lugar.
-         ¡No! – exclamé yo – Debe haber algo…
Entonces, mientras yo revolvía entre las últimas prendas, los dos hermanos estuvieron a punto de rendirse.
-         No hay nada Caramelle. – explicó Yuki.
-         Si…
Había notado algo raro en el suelo, no sabría explicarlo, era una simple línea que aparecía en una parte del alfombrado que tapizaba todo en ese armario. Sin dudarlo, empecé a toquetear por esa parte. Esa alfombra hacía que me picaran los dedos, pero estaba empecinada en encontrar esas uniones, y estaba segura de que se encontraba ahí. Hice de todo, mientras que los dos hermanos se fijaban en otras partes, para ver si era un escondite. Pasé los dedos, pateé, intenté arrancar el alfombrado, le clave las uñas… todo inútilmente. No me quería rendir, me decepcionaría a mi misma si lo hiciese, pero me sentiría aún más estúpida si Ciro o Yuki la encontraban en otra parte. Solo cuando note un agujero, del tamaño exacto de mi llave, entendí lo que debía hacer. Tomé nuevamente mi llave y la clave en el suelo, donde estaba ese agujero. Al abrir el escondite, esperé, dejandome sentir la felicidad que me daba el saber que tenía razón.
-         ¡Chicos! ¡Vengan! – exclamé al cabo de medio minuto.
-         ¿Qué? – preguntó Ciro, agachándose a mi lado y posando una mano sobre mi hombro – Ah… un compartimento.
Le mire y le sonreí con malicia. Sabía que me quería decir que tenía razón, pero como yo en caso de que lo hubiesen encontrado en otra parte, se sentía idiota por no hacerme caso.
Al cabo de un rato, Ciro encontró una bolsa roja con las uniones dentro, y sin dudarlo, se las arrebaté y ordené que me ayudaran a reordenar el cuarto antes de que aparecieran ellos. Me sentía poderosa, como si tuviera influencia sobre esos dos hermanos, siempre que daba una orden, ellos obedecían sin queja. Me pregunté si sería buena líder o si me hacían caso con la intención de que no los molestara más. Claramente, opté por creer que preferían obedecerme porque tenía razón…
En cuanto terminamos de dejar el lugar como si nunca hubiésemos entrado, fuimos a mi cuarto, como habíamos acordado.
Ahí no dudamos, ambos parecían saber lo que hacían, y yo deje que me pusieran esa pulsera en mi mano derecha sin inmutarme. Era bastante linda, era dorada, con decoraciones en rojo, y una única gema roja, iguales a las de mi espada, mi llave y el collar de Yuki. Tenía algo grabado en un idioma que no entendía.
Miré a Ciro, quien también miraba a su pulsera con admiración y un tanto extrañado. Al cabo de unos segundos me devolvió la mirada y me sonrió.
- Ahora no te me vas a escapar. – anunció, con una sonrisa maliciosa y una mirada que estaba cerca de derretirme. 

El Reino Perdido 5

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Me fui a mi cuarto de vuelta a dormir sintiendome mas tranquila por alguna razón. Al levantarme fui al departamento de Ciro y Yuki. Me sentía tranquila, contenta incluso. Entré con cierta tranquilidad, y al ver que no había nadie en la cocina, me fui al cuarto de Yuki. Tenía muchas ganas de hablar con la chica, no sabía porque.
Toqué la puerta y esta se abrió sola.
-         ¿Yuki? – pregunté abriendo un poco más la puerta, aunque me mantuve afuera.
-         ¿Si…? –  su voz era medio adormilada, intentando levantarse entre las sábanas - ¿Quién es?
-         Soy yo, Caramelle, ¿puedo pasar?
-         Si.
Entonces entré, intentando esconder la sonrisa, y me senté al pié de la cama.
-         ¿Qué pasó? – preguntó.
-         Nada… - entonces me sentí estúpida, estaba ahí sin ninguna razón, ¿a quién le importa? Me pregunté – Solo quería hablar.
Entonces me tiré para atrás, recostándome en la cama, insorportablemente dura. Recién en ese momento me di cuenta de lo mucho que odiaba las camas duras, el colchón en el cual dormía en el palacio era viejo, por lo cual, blando. Pero por alguna razón no me acostumbraba. Yuki se sentó, luchando con las sábanas, de un verde manzana claro, con usagi atrapado en sus brazos. Su mirada iluminaba, literalmente, el cuarto, con ese resplandor amarillo; el brillo era suave, pero preferí no mirarla directo a los ojos, para no encandilarme. Me reí, me parecía dulce como se alegraba al verme ahí. Sabía que era la persona mas cercana a una amiga, aunque no estaba segura de si las cosas que generalmente se les cuentan a las amigas de la misma edad, que comprendían ciertas cosas que no podría entender una chica de menor edad, o incluso mayor. Pero siempre valía la pena tener alguien con quien hablar, entendiera o no, tuviese la edad que tuviese, era algo solo para… distraerse.
-         ¿De qué? – siguió cuestionando. Yuki parecía madura, pero no era distinta a cualquier chica de su edad, necesitaban saber todo lo que iban a hacer y hacer algo todo el tiempo, tenían esa curiosidad insaciable. Era agobiante, pero a la vez entretenido.
-         De lo que quieras. – contesté, acariciando al suave peluche en manos de Yuki – Parece contenta con vos.
-         Que bueno. – dijo ella - ¿Seguis sin recordar nada?
-         Si, aunque mejor así. – contesté con honestidad – Estoy feliz así, cualquier recuerdo sería como… una distracción. Se mentiría mal, y la verdad es que estoy en otra y no quiero que me arruine algo que nunca voy a tener.
Se hizo un silencio, me sentía como si no estuviera ahí, hablar con Yuki era como hablar sola, en cierto punto, porque no te incomodaba, fue entonces que me di cuenta que esa chica era peligrosa: le podías contar cualquier cosa sin darte cuenta. Sin embargo confiaba plenamente en ella. Me escucho en silencio y después de un rato, en el cual nada se dijo, comentó, con alegría:
-         Entonces sos tan feliz con nosotros que no querés que otra cosa te distraiga. – tradujo mis palabras en, lo que a mí me parecía, la cruda verdad. Me ruboricé un poco, no me gustaba decir lo que sentía por los demas.
-         Eh… - dudé un segundo – Supongo…
-         No te avergüences, podes contarme esas cosas. – dijo, casi quejandose – Después de todo, somos amigas, ¿no?
Pareció preocupada por un momento, como si realmente dudara de que yo la viese como una amiga. Le sonreí.
-         ¿Qué te parece? – pregunté – Aunque… ¿Cómo vas a pagarme por dudar así de mi? – pregunté en broma.
-         ¿Qué…?
Entonces me reí, era demasiado inocente. La abracé y propuse desayunar algo. Obviamente, Yuki me siguió como un pato bebé a la pata mayor. Sabía que Yuki me seguiría siempre, lo que me divertía. Podría ayudarla, después de todo, parecía estar convirtiendome en su hermana mayor, y sentía que podría hacer más por ella de lo que Ciro podría. Aunque… tenía terror de ser una intrusa. Terror, esa era la verdad, que para mi desgracia, me hacía parecer patética.
Me quedé parada ante la duda de qué comer. Por eso me parecía tan genial Ciro: era fuerte, tierno, aparentemente inteligente, sarcástico, en otras palabras, todo lo que un hombre tenía que tener, pero además, cocinaba. Eso era algo muy importante, porque yo no sabía hacerlo, y me encantaba que hicieran ese tipo de cosas para mi.
Me puse a buscar algo en la heladera, pero la mayoría de las cosas eran para hacer… era como leer algo en otro idioma. Sentí un arrebato de odio hacia mi inutilidad, era una mujer que no sabía cocinar. Por suerte mi orgullo volvió, al apoyarse mi inutilidad en mis pensamientos liberales: ¿Por qué tenía que saber cocinar, solo porque era mujer? Callate me obligue, mientras buscaba algo para comer.
Entonces sentí una mano que me apartaba con una risa suave pero extremadamente burlona. Me encontré con esos ojos esmeralda por un segundo, mientras que me obligaba a sentarme en la mesa. Ahí vino mi gladiador a salvarme…
-         ¿Qué nos vas a hacer, perro? – pregunté divertida, mientras me ponía comoda.
-         Algo, porque aparentemente vos no podes hacer nada.
Se estaba burlando de mí, pero no me ofendió del mismo modo que lo había hecho cuando se burló de mi horrible declaración.
-         Callate. – le obligué entre risas.
-         ¡Quiero algo dulce! – pidió Yuki con un tono lleno de emoción por algo, supuse que por ver como nos llevabamos su hermano y yo… me puse nerviosa, pero intente olvidarlo para volver a sonreir.
-         ¡Yo también! – acordé – Asi que apurate, pocas cosas son tan peligrosas como dos chicas con hambre a las altas horas de la mañana.
-         Corrección: pocas cosas son tan peligrosas como mi hermana y vos aliadas con hambre a la mañana. – corrigió Ciro, sin mirar.
-         Exacto, siempre es bueno que nos entiendas. – dije riendo con Yuki.
Todo parecía perfecto, aunque no podía sacarme de la cabeza lo que había pasado el día anterior. No podía evitar el sonreir por el alivio que sentía al ver a Yuki y a Ciro contentos, reían, parecían olvidar lo que yo matenía patente en mi cabeza. Sabía que Ciro estaba peor que yo. El había sufrido más… pero haría lo que fuese para remediar ese dolor, aunque me lo quedara todo yo. Una idea un tanto suicida, aunque por alguna razón no me pareció rara viniendo de mí.
Fue entonces, en medio de las risas, que llegaron los padres de los chicos. Una sensación de paranoía me ataco. Al instante la deseche, aunque entendía lo que me pasaba: teníamos que darles explicaciones a esos dos, contarles la muerte de sus sobrinos, después de vernos reir. Era algo que parecía muy desamorado o poco humano.
Al toque pidieron explicaciones, y yo me sentía demasiado mareada para explicar o prestar atención por las palabras que Gekko me había dicho, que parecían acusarme con crueldad, haciendo que me sintiera peor por todo lo que había pasado de lo que me sentía antes: va a ser culpa de ella. Lo que había pasado era mi culpa… ellos sabían que Ciro iba a resultar un problema, o mejor dicho, iba a tener un problema. Ahora, él había matado a Seth, teníamos un compañero menos y Ciro tenía la carga de su muerte. Y ellos tenían razón, yo había insistido en que se metiera en esto, todo era mí culpa.
Intenté olvidarlo, no dejaría que ellos se dieran cuenta de mi odio a mi misma, no les daría tal satisfacción. Yo era fuerte, tenía que demostrarlo, olvidarme de mis problemas y sonreirle a la vida, que no siempre me daba cosas buenas, pero no me podía quejar de ella. Tenía una amiga que era como mi hermanita, que me seguía siempre, tenía a mi chico que parecía quererme… tenía toda la ayuda, todo el apoyo sentimental que necesitaba. Ciro explicó lo sucedido con una precisión y valentía admirable. Se enfrentaba a la realidad con la frente en alto, sin importar lo dolorosa que podía ser. Lo había juzgado mal, pensé que era un negador, ahora me daba cuenta que era mas valeroso de lo que pensaba antes.
Sonreí para infundirle valor y apoyo cuando nuestras miradas se cruzaron, y pareció hacer efecto. Me sonrió de vuelta y volvió a encararse a sus padres, los cuales los miraban con seriedad. Ya se habían sentado y alternaban sus miradas entre él y yo.
-         Teniamos razón, hijo. Te dijimos que ibas a arruinarlo todo. – acusó Gekko. Me dio asco, en especial la madre, la cual se suponía que debía intervenir a favor de su hijo. Son mala gente, no lo van a hacer. Me dije.
-         ¡No, no la tienen! – exclamé, intentando calmar mi enojo, levantandome - ¿Cómo pueden pensar eso de su hijo, con todo lo que pasó? ¿Son sus padres o qué? ¡Si no hubiese sido por él, es posible que ni siquiera este viva! Y no fue su culpa, como ya les conto su hijo, estaba poseído, se vio torturado por su sobrino. ¡No es su culpa! – si quería fingir tranquilidad, esconder mi furia, lo hice muy mal.
-         Tenés razón, después de todo, te habíamos dicho algo, es culpa. – respondió Gekko a mis quejas.
Me callé por un segundo, pero antes de que Ciro pudiese quejarse, hable.
-         Perfecto, no tengo problema, soy la persona que mejor se adapta a su necesidad.
-         ¿Necesidad? – preguntó la madre, cuyo nombre no sabía.
-         ¡La de culpar a alguien! Dejenlo en paz, ya tuvo suficiente.
Con esas palabras me volví a sentar, como si estuviera agotada, pero estaba furiosa. Después pense, ¿Qué me harían? No me podían hacer nada en realidad, me necesitaban, ¿no?
Vi que Ciro me dejaba algo en frente mio, un plato, pero ya no tenía hambre. Estaba molesta. Podría jurar que escuche venir de Gekko algo como: tan metida como siempre o tan prepotente, sería imposible saber, el tiempo que pasaba intentarlo descifrar sus palabras solo hacía que se distoricionaran más y más en mi mente.
-         No tenes que intervenir por mí, esta bien, no me importa en realidad sus regaños. – anunció Ciro mirando a sus padres con odio. Quise abrir la boca para discutir, pero ya no tendría sentido, y tenía demasiada hambre para hablar.
-         Andate a tu cuarto, ya vamos a hablar con vos. – ordenó la mujer a Ciro.
-         ¿A mi cuarto? ¡Ya no tengo diez años! – se quejó.
-         ¡Anda! – exclamó la madre, y este, sin nada más que un gruñido, se fue.
No sabía qué decir. Vi como se iba de la cocina y me sentí culpable por no poder intervenir en su favor. ¿Qué mas da? Me pregunte, aunque mire a Yuki, a ver si hacía algo, pero ella solo miraba al suelo.
-         No se si te das cuenta de las cosas que haces. – dijo Gekko, sorprendiendonos a Yuki y a mi – Todos sabemos que fue tu culpa, incluso vos. Lo sorprendente es que seguis arruinando todo. Esperemos que no hagas lo mismo en el proximo viaje.
Al decir esto se fue con su mujer, supuse que al cuarto de su hijo.
Por lo menos… por lo menos ahora sabía que algo me esperaba, tenía una misión. Pero solo me podía hacer una pregunta: ¿Por qué me odian tanto, si no me conocen?