Reales II

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-          Veo que lograron atraparla. – dice un hombre desde afuera del cuarto.
-          Si… fue difícil, fue casi un mes de persecución. Cuando logramos atraparla ya estaba en pésimas condiciones. Creímos que la perdíamos.
-          No me sorprende… es igual de terca que el padre.
-          Supongo. Ahora el tema es… ¿Qué van a hacer con ella?
-          Tenemos que mantenerla cerca nuestro, es nuestra única esperanza… sino todo se nos irá de las manos.
Miro a mi alrededor. Estaba todo oscuro, a excepción de una larga línea vertical de una puerta entreabierta por la cual unos rayos de luces amarillas artificiales salen, junto con las voces de aquellos desconocidos. ¿Están hablando de mi? No entiendo mucho, me siento abombada, mis músculos están demasiado agarrotados para moverme, y me duele la espalda de tanto estar acostada. Veo unas sombras acercarse y mi instinto me obliga a aparentar un sueño profundo.
Se escucha el largo chirrido de la vieja puerta abrirse.
-          Kali, despierta.
No los escuches, ellos solo te quieren hacer mal… hazte la muerta hasta que se cansen… ahí te escapas… no… no…
Mi mente y mi cuerpo actúan uno contra el otro. Mi mente quiere seguir al instinto de supervivencia y quedarme callada hasta que se fueran, mi cuerpo me pide una clase de recompensa, una descarga inmediata y violenta. ¿Podía tener alguien tantas ganas de golpear a alguien como las que tengo ahora?
-          Keily… despierta... – me pide con un calidez congelada el primer hombre cuya voz habia notado.
Siento un instinto asesino que me cosquillea por cada capilar que cruza mis extremidades. Quiero arañarlo, golpearlo, escupirle… ¿Cómo me llamaba Ally? Nadie más que mi padre podía hacer eso.
¿Mi padre? Ya ni se que pienso…
-          Dale, tenemos que llevarte a lo de tu…
La puerta se abre de un portazo. Noto la luz hasta con mis ojos cerrados.
-          Aun no despierta, ¿Cierto? – preguntó una nueva voz. Esta vez, femenina.
-          No…
-          Déjenme a mí.
-          Un momento…  Madame Aradia…
La mujer toma algo de la mesa. Siento que algo moja mi rostro. Mis ojos se abren por acto reflejo.
-          ¿Qué le pasa? – grito enojada. Odio que me mojen. Odio el agua.
-          Levántate y vístete. Lo mas decentemente posible. Te vamos a llevar con Él.
-          ¿Y si me niego?
Madame Aradie larga una carcajada que parte al aire como un rayo.
-          No puedes negarte a Él… ya eres su esclava.
-          No soy la esclava de nadie.

-          Dicelo, a ver que hace.

Reales I

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Estoy muy cansada…
No quiero seguir…
¿Hace cuanto que estoy escapando? ¿De qué me escapo?
El cansancio me hizo olvidar hasta mi nombre, la sed mi destino, el hambre mi pasado.
¿Si ni siquiera se de qué me escondo, para que sigo? ¿Si no sé qué tengo que hacer, para que lo hago?
Salgo de la cueva en la cual me refugio. Me pesa la cabeza y las extremidades, mi ropa está completamente sucia, y siento como si las bolsas bajo mis ojos fueran de arena. Mis manos están completamente lastimadas, sin un lugar intacto de rasguños.
Me siento una mujer de las cavernas, pero en el fondo sé quién soy. Me siento en una roca y pienso…
¿Quién soy? Ya me olvidé.
¿Qué hago acá? Si tan solo supiese…
¿A qué le temo? A Él.
¿Quién es Él? Si tan solo supiese…
Las respuestas no cambian. Algo en mi mente está sellado. Bueno, mi mente está sellada, con una firma, como la marca al agua, que dice Él.
Yo no soy de ellos… ellos no me quieren… Él me busca…
¡¡¡BASTA!!!
Mi mente se debate consigo misma. Frases por el estilo cruzan y se calla a si misma. Quiero negar, quiero olvidar… pero a la vez quiero saber que sucede.
-          ¡AHÍ ESTÁ! – gritan unos hombres detrás mio.
-          Hay… no…
Corro hasta dónde puedo, pero el cansancio era demasiado. ¿Hacía cuanto que no bebía o comía algo? No recuerdo la última vez que lo hice, como tampoco recuerdo mi último descanso…
Me rindo inconscientemente. Mi mente se desmaya. Me caigo al suelo. A quien le importa… si de todos modos… no quiero seguir…
Entonces un fuerte olor acalla todo pensamiento.
Perdón má…
Te decepcioné…

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Encontraron al cuerpo tirado a una esquina del colegio. Un chico masacrado casi, apuñalado como pocas 10 veces, su rostro, que en sus épocas había sido atractivo, estaba ahora deformado por rasguños que pedían a los gritos algo…
El colegio entero estaba conmocionado mientras veían como llevaban al estudiante, con su rostro tapado por un buzo azul oscuro de algún egresado de aquel quinto año, cuyo año habría sido arruinado.
Varios lloraban, conocieren al chico o no, dado por el impacto que aquella muerte trajo en ellos.
-          ¿Cómo fue que termino así…? – se preguntaba la directora.
-          Usted ignora muchas cosas, señora… es un colegio tan chico y sin embargo hay tan poco control de parte de las autoridades…
-          ¿Está usted sugiriendo que la muerte de Velázquez fue culpa nuestra? – se indignó la mujer.
-          Si, sin duda alguna...
-          No tiene fundamentos.
La directora se retiró ofendida. No podían echarle la culpa de aquel caso, en todo caso fue culpa de los padres del asesino, quien sabe que cosas habrían pasado en aquella casa… Ella había dedicado su vida a la educación de sus pocos alumnos, que en el colegio nunca habían superado los 400, desde salita de cuatro hasta quinto año de secundaria.
Decidida fue hasta la clase de quinto año y sacó a uno de los chicos. Perfil callado, chico tímido, inocente. Él debería saber…

Un día común de escuela, el cielo se caía a pedazos y amenazaba al edificio con sus truenos que temblaban en todos lados. La clase era aburrida, los chicos de quinto intentaban distraerse en la hora libre.
En una esquina estaban los varones, tirando aviones de papel, hablando de futbol y demás cosas casi que a los gritos. Las chicas estaban en la esquina contraria hablando de chicos, de ropa y demás, típico de ellas. Por último, una única chica estaba sentada en el medio, acurrucada en un lugar en el suelo contra la pared, concentrada en un libro, sin molestar a nadie.
Velázquez, con su amor hacia el bullying, fue acompañado de Mariano Adreas e Ignacio Casas, sus dos amigos de siempre y que lo seguían a todos lados, a donde esta chica estaba.
-          Che, gorda friki, ¿Qué lees? – le preguntó con prepotencia, sacándole el libro de las manos – Tanta mierda te va a pudrir aun más el cerebro.
Haley Bange se quedó mirando a su regazo con cara de póker. No entendía la necesidad de hacer eso. Levantó su vista, la más dura que tenia, lentamente. Intentó fulminarlos con la mirada, cosa muy usada en sus libros favoritos pero con ella era inútil.
-          ¿y?
-          Lo que te pudre la cabeza son todos esos programas de imbéciles en la tele. – contestó ella – Los libros solo aportan a la cultura, al conocimiento del lenguaje y al entretenimiento.
Los dos acompañantes la miraron con desprecio, pero Velázquez mantenía una mirada fija de disgusto. Ella ya sabía que la odiaba, pero no sabía hasta que punto llegaba ese odio.
Entonces, hizo algo que a Haley le dolió hasta el alma. Nunca creyó que alguien sería capaz de semejante horror. Velázquez, con dos movimientos, destrozó el libro, lo partió a la mitad, y no solo eso, lo volvió a partir, de nuevo, ve nuevo, y de nuevo. Cada simple rasguño se sentía como patadas al pecho para la chica que miraba con desesperación e impotencia la escena. Entonces, una vez concluido el desastre, tomo todos los papeles del suelo y se los tiro sobre la cabeza, dejando la lluvia de tiras de papel caerle con una dolorosa delicadeza sobre la cabeza.
Lo miró, sin poder moverse, con una mirada que pondría un bebe cuando le quitan un dulce de la mano. Las lágrimas se peleaban violentamente por salir primero, y como resultado, una marea de llanto se desbordaba por sus ojos como cataratas silenciosas. Negó con la cabeza.
-          ¿Por qué…?
-          Porque te lo mereces.
Ahí ella no aguanto más. Se tiró encima de él, insultando a los gritos, tirándole del pelo, golpeándolo, haciéndole todo el daño que podía para resarcir el hecho de que había roto una de las cosas más valiosas que tenia, su libro favorito, y por haberle arruinado lo único que le hacía sobrevivir los días de colegio: la lectura.
De repente, Haley sintió una mano en su cuello, separándola bruscamente de su víctima.
-          ¿¿Cuál es su problema?? – gritó una profesora, que separaba a ambos.
Bange no respondió, pero Velázquez se quejó de que ella lo había atacado sin excusa. Todos asintieron, menos ella que negaba energéticamente con la cabeza.
-          ¿Y qué es esto…? – preguntó sacándole una tira de libro de la cabeza a Hay.
-          Me rompió mi libro favorito…  - respondió con un débil susurro, completamente colorada.
-          Basta, los dos quedan suspendidos… ni una palabra más.


Joaquín Rojas se sentó en la oficina sin decir una palabra. No parecía ni estar nervioso. Sus ojos no reflejaban sentimiento alguno, aunque de todos los años que la directora lo observo, nunca había demostrado ser alguien muy… sentimental. Con la única persona con la cual se lo veía cada tanto de una manera amistosa era con la chica esta… Bange.
El chico empezó a comerse las uñas, pero la mirada estaba fija en ella. Era alguien extraño.
-          Entonces…
-          Entonces usted quiere saber si se algo que usted o la policía no sepa. Si no me equivoco.
La directora se quedó helada. ¿Cómo sabia? Ese chico… no era normal.
-          Exactamente.
-          Me imagine… - tomó un lápiz y empezó a garabatear en una nota antigua sobre el banco.
-          ¿Qué sabes de Velázquez? – preguntó sin más preámbulos.
Rojas se quedó mirando fijamente a su garabato. Era algo sin sentido, pero cuando estaba incómodo lo hacía. Pensó…
-          Era un hijo de puta… - la miró – con todo respeto.
-          ¿Por qué lo decís?
-          Porque noto como trata a la gente, a Hey siempre la trató mal…
-          ¿Y por qué no hiciste nada por ella?
-          No soy del tipo de gente que defiende. Yo la consolaba cuando era necesario. Estos temas no eran culpa mía… usted sabe cuántas veces la acompañé a hablar con alguna autoridad para que se encargara de su situación y nunca nadie hizo nada.
-          ¿Vos también nos vas a culpar?
-          Mire, señora, se que usted no quiere escucharlo, pero es la verdad. Esto no es culpa de nadie más que de ustedes. Lo vieron todo. Estaban presente. Yo hice todo lo que pude, nunca me imagine que sería así.
-          ¿Piensan seguir viéndose?
Volvió a quedarse callado. La miró fijo.
-          Un sentimiento como el que sentía no se puede borrar tan fácil, señora…

Una pequeña Haley Bange, con no más de siete años, estaba escondida en un pasillo, escondiéndose de su nuevo compañero, quien parecía no quererla demasiado. La perseguía, molestándola todo el día.
-          Che, Daniel, ¿viste a esta pendeja?
-          ¿A la rubiecita ahí temblando?
-          Si.
-          ¿No es la que tanto habla tu hermano?
-          Sin duda, Andrés parece no aguantarla.
-          ¿No le gustará? Los Velázquez tienen fama de tener buen gusto, esa nena es bastante linda…
-          No creo…
Haley visualizó al hermano de su enemigo y decidió retirarse. Tenía algo de instinto supervivencia.
Pero no tuvo suerte, se chocó contra otro de los amigos y él la miró con esa hambre de aquellos que te están por hacer la vida imposible, con hambre de alguna desgracia ajena.
-          Mira que se metió en nuestro territorio…
-          Déjala en paz… - dijo el amigo del mayor de los hermanos.
-          Esta nena siempre se mete donde no debe, deberíamos enseñarle.
-          Sin duda… - dijo el mayor.
-          Permiso… - pidió ella intentando ignorar las amenazas.
-          ¿A dónde vas, chiquita?
El chico que se chocó contra ella la tomó del brazo con fuerza, la tiró para atrás y la golpeó. Ella comenzó a gritar, pero él le tapó la boca con fastidio.
-          ¿Qué haces? – preguntó el hermano mayor alarmado.
-          ¿Estas loco? – preguntó el otro.
-          ¡Cállense!
Pero ella seguía gritando, llorando…
Entonces le golpeó la cabeza contra el borde de una puerta, ella cayó desmayada.
Cuando se levantó ya era tarde, solo había una monja que le acababa de tirar agua para que se despertara.
-          ¿Qué te paso?
Ella comenzó anegar, le dolía la cabeza, sentía algo pesado en el ojo derecho. Desesperada y asustada, salió corriendo y fue a su casa, donde se escondió en su cuarto y lloró hasta no poder más.
Cuando la vieron los padres decidieron cambiarla de colegio, y concordaron con la familia Velázquez, viejos amigos suyos, en mandarla al mismo colegio que su hijo menor, quien también se cambiaría. Pero ella no podía volver, perdió un año de clases.

-          Decime, ¿podes hablar? – preguntó la directora a la joven frente a su escritorio, que no paraba de llorar.
-          Si… es que no puedo creer lo que le paso a Andy… - reclamaba entre fuertes sollozos.
-          Entiendo, después de todo estaban juntos…
-          Se podría decir que sí…
-          ¿Cuál era tu relación con él?
De repente, Camila Costabel se puso completamente seria. Era una chica mediocre, aunque tenía un físico envidiable.
-          Andrés Velázquez… - explicó dejando repentinamente de llorar – estaba con todas, por eso mismo lo mato esa puta… estaba re enamorada de él y nos vio… no pudo evitar los celos.
-          ¿Alguna vez te dijo que te amaba?
La joven miró con tal odio a su directora que ella supo instantáneamente que aquella charla había llegado a su fin.
-          ¿Alguna vez se lo dijo su marido?
-          Si…
-          Entonces me alegro por usted.

Haley Bange estaba de muy buen humor aquel primer día de clases de su primer día de secundaria. Tenía novio, tenía amigas, tenía todo lo que siempre quiso y un libro en sus manos…
Pero tenía al karma de su vida entera, a su sombra, tirándola abajo desde que había comenzado el día. Velázquez se había puesto insoportable desde que su madre mencionó de su nuevo novio…
Salió del aula, con una alegría que aquel chico nunca lograría arruinar con sus insultos. Miró a su alrededor y estaba toda secundaria esperando a que la directora hablara, ya que había pedido una reunión con todos.
Antes de que se pudiera sentar sintió un hedor muy fuerte. Era horrible. Todo era negro. Veía todo negro. Sentía una presión en el cráneo, y escuchaba risas amortiguadas a su alrededor. Empezó a sentir sacudidas, la gente la empujaba. En un momento se cayó, y las risas no pararon hasta que alguien se la llevo lejos.
Le habían metido el tacho de basura en la cabeza…
El tacho del baño… frente a toda secundaria…
La vergüenza la invadía, la impotencia. El odio….
Después de un poco de forcejeo se vio cara a cara con una chica, un poco más alta que ella, probablemente de primaria. Tenía pelo rojo largo, y una rostro duro, aunque eso era solo por la expresión de odio que tenía.
-          Que hijo de puta, ¿Cómo puede hacerle eso a alguien?
Bange no pudo decir nada. No podía reaccionar.
-          Che, basura, ¿estas bien? – preguntó Velázquez, asomándose por la puerta del aula aguantándose la risa.
-          SALI DE ACA, PEDAZO DE INFELIZ, SIEMPRE ESTAS HACIENDO A ELLA SENTIR MAL, ¿POR QUÉ NO TE DEJAS DE HACER ALGUN DIA EL GENIO QUE SOS MAS IDIOTA QUE UNA RATA PELADA DEL HIMALAYA? – le gritó la chica, arrojándole una cartuchera para que se fuera.
Y así lo hizo. Haley miró a la chica sorprendida.
-          Me llamo Silver. No te preocupes por esos idiotas, ya llegue.
No pudo hacer más que sonreír. Tenía una nueva amiga…

-          Dígame, Silver… ¿Usted qué opina? – preguntó la directora. Todavía no entendía como era que esa chica cambiaba tanto su color y su corte… siempre eran distintos, su cabello nunca era el mismo.
-          Que ese infeliz se lo merecía. – dijo sin mover un solo músculo. En serio lo creía.
-          ¿En serio crees que alguien se merece la muerte?
-          No… pero eso no era una persona, era el mismo demonio. Manipulador, hijo de puta, insoportable…
-          Veo que no le tenía mucho aprecio…
-          Nadie le hace lo que él le hizo a otra persona, menos a una amiga mía.
-          ¿Tan fuerte fue el daño?
-          No, tan solo le arruino la vida…

¿Cómo es que una escuela pone a dos personas que se odian solas en una librería dos días completos a hacer trabajos en grupo después de esa pelea?
Bange se encontraba atrapada junto con su mayor enemigo. Estaba más nerviosa de lo que jamás había estado.
-          ¿Sabes esta respuesta? – le preguntó el chico. Su pelo rubio le caía sobre la nariz. Haley odiaba que siempre se viera bien…
Lo miró y no le respondió. Obvio que sabía la respuesta, ella ya había pasado esa fotocopia hacia media hora.
Él espero largo y tendido a su respuesta pero ella seguía en lo suyo.
-          Mira, Hey… tenemos que hablar. ¿puede ser?
Haley se quedo mirando, esperando a que siguiera hablando.
-          Quería… quería pedirte perdón. Fui un idiota…
-          ¿Fuiste? ¿Fue una vez exclusiva?
Velázquez se rió. Nunca se había reído de algo que ella dijo… ¡callate idiota! Se ordenó a sí misma.
-          En serio… vos tenes que entender…
-          Que me odias. – concluyó ella evitando que su voz se partiera como un vidrio.
Él la miró extrañado, desesperado.
-          ¿De dónde sacaste eso?
-          A ver…  perdí un año de escuela casi, que tuve que rendir libre, porque vos hablabas mal de mí y me molieron a golpes, me burlaste desde el primer día que me conociste, me tiras del pelo, me golpeas, me puteas, me decís las cosas más horribles que jamás creí que alguien podría decir, me rompiste mi libro favorito, me encajaste un tacho de basura del baño en la cabeza frente a toda secundaria, mandaste la foto de eso a todas mis amigas de aquel entonces, razón por la cual las perdí a todas, le dijiste mil mentiras a mi novio para que el me cortara… si no me odias, entonces…
-          Te amo.
Ella lo miró con extrema sorpresa. Abrió su boca sin poder decir nada, en un estado completo de shock.
-          Estoy loco por vos desde la primera vez que te vi… y no sabía reaccionar de otro modo para llamar tu atención…
-          ¡¿Y por eso me arruinaste la vida?! – preguntó ella levantándose de la silla, con las lágrimas llenándole los ojos – ¡El amor se supone que es algo lindo! ¡Algo que hace feliz! No algo que hace al otro sentir como una basura…
-          Nunca… nunca me imagine que te había hecho tanto daño…
-          ¿Y qué crees? ¿Qué me salvaste la vida haciéndome sentir así?
-          No… no se…
-          ¡NO!
-          Perdóname…
-          No, nunca te voy a perdonar…

Victoria Fray se sentó temblando de pies a cabeza. Dos colitas colgaban en un peinado infantil, eso por no mencionar que ya de por sí parecía menor, mucho menor, para ser de segundo año.
-          A ver, Vicky, ¿Me podrías contar acerca de tu relación con Andrés Velázquez? – preguntó con piedad la directora.
-          No entiendo por qué, solo le hable una vez en mi vida… y fue hace años ya… - respondió con un tono tan inseguro como si fuese una pluma a la que el viento la vuela.
-          Sí, soy consciente de aquel día. ¿Qué opinaba de él?
-          Lo odiaba.
-          ¿Por qué? No tenga en cuenta las cosas que Haley y Silver te dicen, pensé en razones serias.
-          Ellas lo odiaban mil veces más que yo, pero nunca hablaron mal de él… no es el estilo de ellas.
-          ¿estilo?
-          Ellas no chismean, ellas reaccionan. Además, yo lo odiaba por como trataba a la gente, por cómo anda por el colegio como si fuese el dueño del mismo.
-          ¿muy egocéntrico?
-          Entre otras cosas cuenta. Además, odiaba al coro. Eso me resultaba insoportable.


La Sombra

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Siento algo. Siento algo raro. ¿Es normal ver sombras en todas partes? ¿O me estoy volviendo loca? Todo es posible. Dormía y podía jurar que el aire de mi cuarto estaba más pesado que de costumbre, que todo era más oscuro de lo que lograba recordar. En las calles me sentía incómoda, una mirada en mi nuca, un frio seco que me abrazaba cruelmente hasta en el más caluroso verano.
Todas estas situaciones hacían que no pudiese vivir tranquila por todo un año. Sentía como el pelo de los brazos se erizaba ante las miles de respuestas sobrenaturales que se me venían a la cabeza.
Mi vida había comenzado a ser un fracaso por culpa de esa maldita cosa. Yo siempre fui una fanática de las historias de terror, lo cual me daba cancha a imaginarme millones de cosas que me podrían estar siguiendo, logrando que sufriera, literalmente. Mis calificaciones habían bajado. Mi vida social era lo mismo que un pañuelo usado. No sabía si era la influencia esta o qué. Tal vez era yo, no más.
Ahora me tengo que ir a una fiesta, aunque ni ganas tengo. Siento como algo me observa desde mi ventana mientras me maquillo. Con cierto miedo, o impresión, pongo música a todo volumen.
-          ¡Luz! ¡Baja el volumen! – me grita mi madre.
A regañadientes obedezco. Termino de delinearme, tomo mis cosas, y me voy. En la calle las cosas estaban muy oscuras. Las luces de la ciudad estarían averiadas, no lo sabía, pero no lo ignoraba. El miedo recorría de forma estremecedora mi columna, mis vertebras.
Me aferro a mi cartera, con terror. Sé que es inútil, que mi miedo no iba por el lado de que me robaran. Mi miedo era la oscuridad.
Escucho unos latidos detrás de mí pero me niego a darme vuelta e intento convencerme de que son míos.
Tum, tumtum, tum, tumtum.
Paso, paso, paso, paso.
Me detengo, cierro los ojos. Escucho otros pasos. Miro a mí alrededor y no hay nada más que sombras.
-          Coño de su madre… - susurro.
Sigo caminando, abrazándome a mí misma. Estoy tan distraída que pierdo mi rumbo y cuando me quiero dar cuenta estoy perdida.
Me doy vuelta y hecho un grito que desgarra mi garganta.
Eso no era exactamente una sombra, era algo horrible, tenebroso. El olor ha podrido llena el lugar. Yo estoy paralizada en el suelo,  pero logro agarrar lo que necesitaba en mi cartera.
Cuando aquel monstruo se me acerca, lentamente, me aferro al objeto y me levanto. Empiezo a retroceder, hasta chocar con la pared. Cuando esa criatura de sombras se me acerca no dudo ni un segundo, y con todo el valor que me queda lo apuñalo con las tijeras en el estómago y corro, pero no a la fiesta, sino a mi casa. Ignorando a mis padres, corro a mi cama, llorando, llena de sangre. Me meto bajo las sabanas. Sigo llorando…
Siento como la sangre me rodea, yo me desespero. Es como si la sangre de ese monstruo quisiera algo de mí, mi alma, mi cuerpo, algo…
Desaparezco…




El detective encargado en el caso de la chica desaparecida se quedó trabajando hasta la madrugada.
-          Maldita niña – musita – tengo que quedarme hasta tan tarde…
-          ¿Qué dijiste? – se escucha la voz de una joven detrás de él
El detective se levanta y empieza a buscar. Solo había oscuridad.
¿Alguien podría haberse metido en la oficina? ¿Sin ser visto?
¿Quién…?
-          ¿… soy? – una risita inunda el lugar, su tenebrosa voz hacía eco, rebotaba – Estas en mi caso, detective, y no me reconoces.
-          ¿Luz? – pregunta el aterrado.
Risas.
-          ¿No me reconocías?
-          ¿Dónde estás?
El detective puede sentir como la chica sonríe pero no la encuentra.
-          Búscame.
-          ¡Basta de juegos, no sos un demonio!
Se hace un silencio, y él comienza a dudar de su estado mental.  ¿Sería el sueño que le juega una mala pasada?
-          ¿Querés verme? – pregunta ella, él dudo, pero asiente.
A todo esto, un policía vigilaba, como era usual, las cámaras, una de ellas situada en la oficina del detective. El policía podía ver como aquel hombre hablaba solo, y no lograba comprender que sucedía, pero casi muere del miedo. Ve la expresión de horror y oye el grito del detective y pudo sentir como se le erizaba el pelo de la nuca. ¿Tendría que llamar a la ambulancia o a un manicomio?
Entonces vio algo aun peor. Ve como una sombra negra impedía la vista, pero supo que estaba pasando, algo se devoraba a aquel hombre.
Una sombra se comía a aquel hombre.

Sicaria del Dios

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Desvainó su cuchillo, reluciente, recién afilado, con ese olor a polvo asesino tan placentero. Tiro uno de sus rulos rubios para atrás y se miro al espejo. Ella se veía hermosa, con sus suaves ondas claras, su piel pálida tan parecida a la crema, sus ojos azules oscuros, su cuerpo esbelto y su sonrisa perfecta, aunque ignoraba las manchas rojas en su rostro. Todo ya era perfecto, pero su vida debía continuar. Sin extinguir su amplia sonrisa, se dio media vuelta y se dirigió al cuarto matrimonial.
En la cama estaba el hombre y su mujer. Ya los conocía, un matrimonio fracasado, que se mantenían unidos por un niño que era el diablo en persona, con una maldad inigualable. Ambos eran malas personas: desde sus importantes cargos usaban a la gente como marionetas, las burlaban y utilizaban asquerosamente.
Amplio su sonrisa y fue del lado derecho, donde la mujer dormía, con un hilo de baba cayéndosele por la comisura abierta de la boca, en una imagen grotesca, y se quedo allí admirando aquel horrible cuerpo, rodeado de un dañado cabello rojizo.
Chupo la punta de su cuchillo, mientras que con la otra mano, aquella que no sujetaba el arma, sostenía la cabeza del niño demonio, aferrando sus dedos que se entrelazaban con sus cabellos negros y grasosos.
La observo por un rato, mientras que la mujer se retorcía, inconscientemente incomoda ante la mirada de la Sicaria del Dios.
Con el cuchillo comenzó a acariciar su mejilla, la cual lloraba lagrimas gruesas y rojas que se perdían en el cabello. Cuando los dos globos blancos aparecieron, a punto de estallar de la presión por los nervios, se dirigieron a ella.
La mujer no vio lo mismo que el reflejo del espejo. Ella vio una sonrisa sangrienta y psicótica, un par de ojos inyectados más grandes que un par de canicas, y un cabello a punto de desaparecer, con lugares calvos y lugares con apenas un poco de pelo.
- ¿Qué...?
-Shhhh. - apoyo el cuchillo con suavidad sobre sus labios, que comenzaron a borbotear. Entonces sonrió aun más ampliamente, dejando ver todos sus dientes, y levanto lentamente la cabeza.
Comenzó a reír, mientras la mujer se retorcía, gritando.
Entonces, clavo el cuchillo, mientras el hombre se levantaba.
Y lo clavo de nuevo.
Y de nuevo.
El hombre se quedo inmóvil, observando la masacre. Ella, sin borrar su sonrisa, arranco de un único movimiento la cabeza de la mujer y se la tiro.
El hombre comenzó a gritar y la Sicaria se estremeció de placer. Limpio su cuchillo en el vestido de la mujer, ya que odiaba mezclar sangres, y con un corte limpio le cortó el rostro, y después, la cabeza.
Dada por finalizada su misión, tomo las cabezas del matrimonio y dejo a la feliz familia, con sus caras de horror, sin contar la carne muerta y roja del hombre, cuidadosamente en la entrada. Entonces escribió su insignia: SD con sangre, y con gracia, se fue dando saltos alegres e inocentes.