I - desesperada

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-          Podes quedarte aca, nos sobran cuartos. – me dijo Marcos entre suspiros.
Asentí. Las bromas habían terminado, pocos podrían creer que yo estaría asi, pero lo estaba. Sentía como si tuviera un teléfono en vibrador en mi estomago al cual una novia celosa llamaba a las 6 de la mañana al chico que la engaña borracho en el boliche.
-          Mejor te dejo sola, te llamo para comer. – concluyó y se fue, no sin antes dar un último vistazo de preocupación.
Esperé con paciencia a que se fuera. Mi cabeza tenía tantas veces que estaba bloqueada, esperando al servidor. Una sobrecarga de sentimientos, pensamientos e ideas tan potentes que estaban aumentando y aumentando la presión, y en cualquier momento estallaría. Pero, antes de estallar, tenía que estar sola.
En cuanto estuve segura de que Marcos estaba lejos, podía literalmente sentir como, lentamente, mis neuronas comenzaban a hacer cortocircuito. Al principio me mantuve físicamente bajo control. Cerré la puerta, me acerqué a la cama, miré a mi alrededor…
Ese no era mi cuarto. Esa no era mi casa. ¿Cómo sabía yo si este era mi cielo? Me sentía desnuda, completamente vulnerable. ¿Cómo sabía que era yo?
Empecé a tocar todo: las pareces, el piso, la cama, la mesa de luz, la lámpara… todo parecía demasiado real para ser un simple sueño. Pellízcame dijo una voz dentro mío. Tomé la bombilla de luz del velador y lo aplasté contra la pared, haciéndolo añicos. Me aferré inconscientemente al trozo mas grande de vidrio y me clave su punta más afilada en la palma de la mano. Sentí el dolo punzante, sentí la sangre salir y resbalar por la mano…
Esto no era ningún sueño.
Pude sentir como si viese todo desde afuera de mí misma. Mi grito fue fuerte, pero no agudo, no sabia chillar. Las lágrimas salían a borbotones de mis ojos, y en unos minutos ya estaba completamente mojada de esas gotas saladas. Mis gritos no cesaban y ya no podía ni sentir vergüenza, ni coordinar movimientos, ni pensar con claridad, no podía recordar ni mi propio nombre, no sabía de donde venía, quienes eran mis padres, mis amigos, nada.
Gateé entre sollozos hasta la cama, sin subir a ella, y abracé lo más fuerte que pude la almohada mientras me movia de adelante para atrás.
Ya todo va a pasar.
Ya todo va a pasar.
Ya…
Y me caí al vacío, colapse. Podía sentir cada tanto un hipo, y alguna que otra lagrima que caía, apartada del mar, pero ya había perdido todo conocimiento.
Formateada de ese modo, pude darme cuenta de la seriedad de la situación, y gracias a dios, antes de que algo pudiese hacerme entrar de nuevo en la desesperación, me quede profundamente dormida.

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