La taberna
apestaba a licor, cigarrillo y sudor. Los ebrios andaban de una punta a la
otra, o sentados en sus lugares sin poder moverse de tantas copas de más,
gritándose y peleándose ocasionalmente, como era usual en lugares como aquel.
Angélica miró a su reloj, reliquia de su difunto padre. Las doce menos cinco.
Las campanadas del año nuevo, probablemente el año nuevo mas triste y solitario
que
había pasado esa chica, iban a sonar en cualquier momento. Se
repitió: Soy Angélica Dreker,
dentro de poco cumpliré los 19, soy huérfana desde hace unos meses, mi hermano
está luchando en la guerra... nada puede empeorar. Entonces recordó las
palabras de su madre: cuando
uno esta en el abismo solo le queda subir. Se sacudió y apartó su trago, no
quería empezar otro año mas pasada de alcohol. No quería volver a perder su
conciencia, que en el fondo era lo que mas quería perder. Los primeros gritos
con la cuenta regresiva se escucharon, todos gritaban menos Angélica que
observaba las manchas de sangre y los vidrios rotos en el suelo. Quiero
recuperarme, se dijo, quiero ser yo misma de nuevo.
- Dos... uno... ¡CERO!
Angélica al escuchar el número que marcaba el comienzo de un nuevo año de guerras, levantó la vista y los vio. La conexión fue instantánea. Sus ojos azules se encontraron con otro par negros como el carbón y mas brillante que el mejor diamante.
- Feliz año nuevo. - le dijeron el par de labios bajo esos ojos.
- Dos... uno... ¡CERO!
Angélica al escuchar el número que marcaba el comienzo de un nuevo año de guerras, levantó la vista y los vio. La conexión fue instantánea. Sus ojos azules se encontraron con otro par negros como el carbón y mas brillante que el mejor diamante.
- Feliz año nuevo. - le dijeron el par de labios bajo esos ojos.

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