Los ojos se me
cierran contra mi voluntad. Sin embargo, aunque mi mente se desvanecía, me
sentía feliz en ese momento. Todo parecía haber pasado, pero a la vez no había
pasado nada, aunque en esa nada logré ganarme a Caramelle. Y ahí la tenía,
preocupada por mí, rodeándome con sus brazos después de haberme dicho que me
amaba y que llorara por mí. Mi ego se hinchaba, tanto como mi emoción por el
momento casi perfecto, siempre y cuando no contáramos el dolor del corte que me
había hecho. Era libre, y tenía lo que quería.
Ya estaba…
Entonces cerré
los ojos y me dejé llevar por la presión que ejercían mis párpados, no sin
antes notar que Caramelle también se dormía sobre mí.
¿Cuánto tiempo
habré dormido? Era imposible saberlo, pero no me importaba. Era raro, toda
evidencia de lo que había pasado en el antiguo palacio parecían haberse
desvanecido. Estaba recostado en mi cama, al lado de Caramelle (lo único fuera
de lugar y que me sorprendió, para bien), estaba en perfectas condiciones
físicas, como si nunca me hubiese clavado la espada de almas para matar a Roy…
Entonces me
preocupe, ¿y si seguía vivo? ¿Qué le pasó, al final, a Seth? ¿Lo había
asesinado?
La culpa me
invadió, no era como si nunca hubiese querido matar a Seth, después de todo, lo
odiaba, y en el último tiempo que parecía querer intentar algo con Caramelle
más aún. A pesar de eso, me dí cuenta que ahora era un asesino. ¿Lo era aunque
estuviera poseído? Quizá fuese un sueño, como no había marcas, talvez cuando
saliera de mi cuarto a desayunar, ahí estaría, con su cara de idiota afeminado
de siempre…
Pero algo en mí
sabía que era cierto.
Pero… ahí
estaba, y a medida que veía como los ojos de Caramelle se abrían, lentamente
llenos de dudar que parecían gritar en un disimulo incoherente. La observé algo
absorto, me divertía como una persona que reclamaba respeto y creía ser fuerte
pudiera parecer tan vulnerable y tierna… como una nena. Aunque esa impresión no
duró, porque en cuanto me miró, sus ojos perdieron esa vulnerabilidad. Ahora
parecían de una fiera, sus preguntas seguían ahí, como si estuviesen escritas
en papel, estaba preparada para atacar, pero en cuanto se dio cuenta de que era
yo (o eso quería creer), dejó esa mirada de alerta para dedicarme una enorme
sonrisa, llena de ilusión y cierta alegría que me avergonzaba. ¿Por qué se
sentía tan feliz de verme? No pude evitar que cierto rubor se asomara, y me
avergoncé aún más, eso no era algo muy de hombres, era lo que aparecía siempre
en esas novelas que mi mama leía tanto. Supliqué, para no perder la reputación
que inútilmente creía haber formado, que ese ligero rubor fuese imperceptible
para la vista de la chica. Le devolví la sonrisa, pero débilmente.
-
¿Te gusta lo que ves? –
pregunté en broma, aunque no me disgustaría saber la respuesta… siempre y cuando
no fuese un “no”.
-
No tenes idea. –
respondió con sarcasmo. Sacudí la cabeza reprimiendo una risa.
-
¿Soy yo o estamos en mi
cuarto? – no podía evitar el nerviosismo, y en cierto punto la emoción, de
estar solo en mi cuarto. Sacudí nuevamente la cabeza para sacarme toda idea
antes de que llegara.
-
Si este es tu cuarto,
dejame decir, tengo miedo. – bromeó ella.
-
No está tan mal… - me
quejé mientras ella se levantaba.
Podía ser que mi
cuarto estuviese desordenado, pero… ¿Qué importaba mientras me encontrara en ese
desorden? Además, no se podía ver mucho la ropa y las cosas en el suelo…
Entonces recordé lo que me había dicho una vez mi madre: deberías ser más ordenado, las mujeres se espantan con el desastre y la
posible mugre que hay en cada lugar por el cual pasas. ¿Caramelle en serio
se asustaba al ver mi cuarto? Me volví a poner nervioso, aunque lo ignoré.
-
¿En serio? – pregunté, odiándome
por dejar que el miedo se reflejaba en mi voz. ¿Por qué quería tanto asegurarme
de que Caramelle no se decepcionara de mí?
-
En realidad, no. – el
revoltijo en mi estómago desapareció, aunque volví a sorprenderme cuando ella
rió, con esa risita armoniosa que usaba cuando alguien parecía lento de
comprensión, que linda… sacudí
devuelta la cabeza, esa voz era molesta – Yo también soy muy desordenada…
La duda fue algo
que pude explicar con facilidad: se estaba preguntando si era así. Aunque al
toque, cambio su semblante de duda por uno más fuerte, de decisión.
Entonces me
miró, con otra mirada, era una de duda, de miedo…
-
¿Cómo llegamos acá? –
preguntó. ¿Sus dudas no terminaban nunca?
-
No se, pero… me alegró.
Entonces la
acerqué a mí. No entendía de donde sacaba el valor para hacer esas cosas,
aunque cuando ella se dejaba llevar, luciendo nuevamente esa mirada ingenua, el
valor era algo al alcance de la mano.
La besé. La
pregunta que resonaba desde que la vi haciéndose la dormida el momento en que
la conocí, parecía aparecer como una promesa de explicar la aceleración de mis
latidos: ¿Cómo hace para volverme loco? Odiaba
admitirlo, pero así era, me volvía loco, aunque no de una manera estúpida, o
eso quiero creer.
Cuando bajo mi
mano por su cintura, se escuchó unos golpes bruscos llamando a la puerta.
-
¡Chicos! ¿Están ahí? –
era la voz de Yukari. ¿Justo en ese momento tenía que interrumpirnos? Me separé
a regañadientes, negándome a mirarla a Caramelle, por orgullo inútil, aunque no
sabía si se podía llamar orgullo.
-
¡Yuki! – respondió ella
una vez que pudo reordenar sus pensamientos.
Se levantó para
abrirle a mi hermana, la cual parecía hablar sin cesar. No le hice caso, tenía
cosas más importantes que los problemas de una nena de ocho años, cosas como lo
que le paso a Seth, lo de Roy, pensar que haríamos ahora Caramelle y yo, y
saber como seguían las cosas entre nosotros.
Caramelle en
cambio la miraba a Yukari como si le estuviese contando sobre un asesinato que
investigó un detective famoso. Tenes que
dejar las novelas policíacas me dije a mí mismo a mis adentros mientras me
dirigía a la puerta, y sin pensarlo dos veces ni avisar, le cerré la puerta en
la cara a mi hermana, que se quedó sin palabras del otro lado. Reprimí la risa
e intenté acercarme de nuevo a Caramelle, pero esta me esquivó incluso antes de
que me moviera y me miró con un desagrado fulminante. ¿Acaso todas sus
emociones eran tan extremas?
-
Sos un idiota, ¿no te
das cuenta de lo que dice? – preguntó, saliendo de mi cuarto.
Salí con ella
sin decir más palabras, porque de todos modos no tendría nada más que hacer si
me quedaba ahí solo. Pensé en el libro que me había dado mi padre para
mantenerme entretenido un día que tenía gente de Agatha Christie, pero ya me lo
había terminado. Los casos de esa autora eran bastante interesantes, aunque no
me entretenía tanto releer algo, por más bueno que fuese.
Así que,
mientras ellas dos se sentaban en las sillas del comedor, yo me senté en uno
alejado, cerca de una ventana oscura, aturdido por la voz chillona de mi
hermana.
Capté palabras
al azar: collar, joyas, recuerdos, ponis, Seth…
Seth… no
aguantaba la culpa de haberlo matado. Fue
Roy, fue Roy me obligaba a creer, aunque el nudo en la garganta no hacía
mas que sentirse con mas presión, ahogándome por poco, haciéndome sentir una
horrible sensación de arrepentimiento, algo que rara vez sentía yo.
Estaba luchando
con los estúpidos sentimientos de remordimiento cuando oí la voz de mi hermana
aún más fuerte.
-
¡Ciro, Ciro! ¿Me estás
escuchando? – preguntaba casi a los gritos. El susto que me dio fue tal que
casi me caigo de la silla. La sostuve mientras me levantaba.
-
¡No me importan tus
estupideces! – grité – Déjenme en paz, ¿quieren? Tengo cosas más importantes
que pensar que ponis.
Tiré la silla al
suelo, haciendo un estruendo, y volví a mi cuarto. Por un momento odié a mi
hermana, aunque ahogué esos pensamientos en la almohada y la oscuridad familiar
de mi cuarto.
- Perdón Seth. –
dije en voz baja, contra mi orgullo. Por lo menos estaba solo…
Todo aquel que piense que estoy loca... tiene toda la razón, jaja. Bueno, no se, ya esta parte voy a tardar un tiempo en subir (aun no la tengo terminada, recién voy por el 19 y estoy re colgada) pero espero que les guste, porfas, comenten! odio que no lo hagan jaja.
Gracias por leer!
CK

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