-
¡¿Qué?! – pregunté casi
a los gritos.
Ciro
había decidido salir afuera del palacio, cosa que no hacía en esos tiempos
desde que había entrado. La ciudad era aterradora, aunque no me di por aludida.
Estaba muy serio al principio, y con Yuki nos habíamos empezado a preocupar
mientras el tiempo pasaba y la boca de Ciro no era mas que una fina linea, dado
a que la furia hacía que los apretara.
Con el tiempo no aguante más el aburrimiento y empecé a molestarlo sacudiéndolo
de la manga de la remera negra sin parar. No aguantó mucho, nadie podría, y
empezó a contar, sabiendo lo que reclamaba.
Tenía
que volver a mi tiempo, pero sola. No comprendía que debía hacer, cual era el
sentido de volver a mi tiempo. Supuse que querría que me volviera… para nunca
pisar nuevamente su mundo. Era insoportable pensar que por una insubordinación
de las tantas de Ciro había hecho que probablemente no lo pudiera volver a ver.
Me desesperé por un momento, pero me obligué a calmarme, sin embargo no pude
evitar
el grito, o pregunta, como quieran llamarlo.
-
No puedo ir sola. –
continué, deteniéndome en el medio de una calle desierta – Para empezar, no
tengo maneras de ir y volver, no sin Seth, aunque es obvio que
lo que sus padres quieren es sacarme del mapa… - entonces una idea cruzó por mi
mente, aunque antes de que pudiera elegir el modo de decirla, ya que estaba
inconclusa, me descubrí exclamando de maneras inentendibles lo que quería decir
- ¡No podemos! ¡Se tienen que esconder…!
Empecé
así, pero al poco tiempo opté por callarme, antes de quedar más en ridículo. Me
mordí el labio ante mi estupidez, mientras los dos hermanos se reían de mí con
una cara de sorpresa. Yo también me reí, al no saber que otra cosa hacer,
mientras reordenaba mis ideas.
-
A ver, si intentas
hablar como una persona normal, puede que te entendamos. ¿Te cuesta mucho,
conejo? – preguntó, burlándose de mí.
-
¿Conejo? – pregunté, él
se limito a alzar los hombros – Miren, si lo que tengo que hacer es volver a mi
tiempo, necesito a Yuki con su nuevo poder, - expliqué guiñándole un ojo a mi
amiga – y debe haber algo que nos pueda ayudar para esconderte y hacerte venir
con nosotras…
Ahí
venía el defecto de mi idea: no sabía qué usar para esconder a mi gladiador.
¿Acaso existía esta cosa? Los miré suplicante, a ver si alguna idea tenían en
mente, aunque parecían esperar a que dijera algo que no iba a decir. Les hice
un gesto impaciente, para que hablaran.
-
Si lo que necesitamos
es esconder a Ciro… - respondió a mis suplicas la chica con un aire algo
intelectual e inteligente, que me daba gracia – podríamos usar esas esposas que
guardan mis papas…
-
¿Qué? – pregunté,
emitiendo un sonido horrible al evitar las carcajadas que brotaban al pensar en
la razón por la cual mantenían esas esposas, aunque a la vez me indignaba el
hecho de que Yuki lo supiera.
-
Si, claro, pero Yukari,
no son esposas, son uniones. – explicó Ciro, mirándome con reproche mientras yo
aguantaba la risa después del alivio que causo el saber que no eran lo que me
imaginaba – Sirven para esconder a una persona, aunque no se si nos servirá
demasiado, ya que solo ocultan a alguien de los enemigos para ambos aliados. No
se si… nos esconderían de ellos.
-
Seguramente. –
mascullé.
-
¡Entonces no perdamos
tiempo! – exclamó Yuki, emocionada por algo que no terminaba de entender –
Probemos las esposas en ustedes dos.
-
¿En… nosotros dos? –
pregunté con cierta vergüenza, sin poder evitar el rubor que se asomaba por mis
mejillas.
-
¿Qué? ¿Te pone
nerviosa? – preguntó Ciro, un tanto divertido.
-
S… no, ¡Claro que no!
-
Entonces yo digo que lo hagamos.
-
S, si.
Tenía que admitir que me ponía los pelos
de punta la idea de estar atada a Ciro, aunque a la vez la ignoraba, ¿Qué tan
distinto sería a lo que había vivido hasta ese momento? Siempre habíamos estado
juntos, lo cual me resultaba raro cuando me daba cuenta. Me reí de la nada,
eran los nervios, o me echaba a reír o golpeaba a la cara sonriente de Ciro, y
me pareció que si tendría la obligación de verlo por mucho tiempo, sería mejor
no golpearlo. Por otro lado, no notaría la diferencia, después de todo, nos
seguiríamos viendo todo el tiempo tengamos o no esas uniones, teníamos algo.
Entonces, para tapar mis miedos, me
llené de valor y me pregunté: ¿Qué mas
da?
Planeamos todo de antemano ahí en la
calle por miedo de que en el palacio nos descubrieran, así que nos sentamos ahí
en el suelo, con despreocupación, y empezamos a planear. Me estaba divirtiendo,
era como una conspiración, y en contra de dos personas que se habían ganado mi
odio. Lo que más me gustaba era que me sentía la líder, porque, para empezar,
yo tenía las mejores ideas, y como si fuese poco, Yuki parecía hacerme más caso
a mí que a su hermano, que después de un rato, se apoyó sobre la pared y me
escuchó dar los toques finales a lo que me parecía un gran plan con un único
problema: si no funcionaba el primer paso, estábamos en serios problemas,
porque para lograrlo todo era necesario asegurarnos de que no vieran a Ciro y
que autorizaran a Yuki a venir.
El plan empezó recién llegamos al
palacio. Entramos con extrema cautela, ya que los padres se encontraban en la
puerta principal hablando con Ryota. Agradecida por ese hecho, cuando nos
encontramos a salvo en los pasillos, corrimos al departamento de los hermanos.
Cuando entramos al cuarto no me llevé una sorpresa, pero si una desilusión.
Quería seriamente encontrarme con un cuarto digno de una bruja, con objetos
como calderos, muñecos vudú, esas cosas de magia negra, que en cierto punto
encontraba fascinantes. En cambio, me encontré un cuarto lujoso y normal, en
cierto punto. No pude evitar hacer una expresión de insatisfacción.
La habitación era más grande que la mía,
claro estaba. Con una gran cama de un tono rosado sucio, o marrón, en el medio
y con dos mesas a los costados, de un lado noté apenas un despertador y un
velador de un estilo un tanto ostentoso, y del otro la misma lampara y un par
de cosas como maquillajes y accesorios para el pelo, que encontraba bastante
cargados, como el resto de las puertas y muebles en el cuarto. Aficionados del estilo barroco, pensé
sonriendo como si me diera algún recuerdo.
Ciro buscó directo en un armario que estaba
cerrado con llave, por alguna razón que encontraba un tanto sospechosa. Ciro
dudó por un instante, pero yo estaba demasiado ansiosa para esperar más tiempo,
y sin dudarlo tomé mi collar, saqué la llave que recordé haber usado el día que
habían secuestrado a Yuki, y abrí, sin problemas, el armario.
Buscamos los tres en aquel armario tan
grande, ahora sí, como mi cuarto. Estaba tan abarrotado de ropa que me parecía
estresante, y pensé que era esa libertad de opción la que causaba la
indecisión, en este caso, de que ponerse.
Ninguno de los dos hermanos se atrevió a
desordenar nada, por lo menos no demasiado. Yo, en cambio, con la dulzura de
siempre, tiré las prendas al suelo, presa del asco que me daba la idea de que
alguien tuviera tanto para sí misma y diera tan poco para otros, aunque me
obligue a olvidar ese pensamiento, dado que yo en realidad estaba dejándome
guiar por mi opinión personal sobre esos dos y no por lo que hacían, cosa que
nunca podría decir si hacían o no. Los otros dos no tardaron en seguir mi
ejemplo, y estaba segura de que en el fondo se decían que lo ordenarían
después. Tenía ganas de desmentir eso, pero no me iba a quedar más que hacerlo,
ya que no sería difícil descubrir que robaron algo si estaba todo en un estado
desastroso.
Cuando terminamos de sacar todo me quede
extrañada al darme cuenta de que ahí dentro no había nada más que ropa.
-
No hay caso… debe estar en otra parte. – dijo Ciro levantándose y dándose vuelta para cambiar de lugar.
-
¡No! – exclamé yo – Debe haber algo…
Entonces, mientras yo revolvía entre las
últimas prendas, los dos hermanos estuvieron a punto de rendirse.
-
No hay nada Caramelle. – explicó Yuki.
-
Si…
Había notado algo raro en el suelo, no
sabría explicarlo, era una simple línea que aparecía en una parte del
alfombrado que tapizaba todo en ese armario. Sin dudarlo, empecé a toquetear
por esa parte. Esa alfombra hacía que me picaran los dedos, pero estaba
empecinada en encontrar esas uniones, y estaba segura de que se encontraba ahí.
Hice de todo, mientras que los dos hermanos se fijaban en otras partes, para
ver si era un escondite. Pasé los dedos, pateé, intenté arrancar el alfombrado,
le clave las uñas… todo inútilmente. No me quería rendir, me decepcionaría a mi
misma si lo hiciese, pero me sentiría aún más estúpida si Ciro o Yuki la
encontraban en otra parte. Solo cuando note un agujero, del tamaño exacto de mi
llave, entendí lo que debía hacer. Tomé nuevamente mi llave y la clave en el
suelo, donde estaba ese agujero. Al abrir el escondite, esperé, dejandome
sentir la felicidad que me daba el saber que tenía razón.
-
¡Chicos! ¡Vengan! – exclamé al cabo de medio
minuto.
-
¿Qué? – preguntó Ciro, agachándose a mi lado y
posando una mano sobre mi hombro – Ah… un compartimento.
Le mire y le sonreí con malicia. Sabía
que me quería decir que tenía razón, pero como yo en caso de que lo hubiesen
encontrado en otra parte, se sentía idiota por no hacerme caso.
Al cabo de un rato, Ciro encontró una
bolsa roja con las uniones dentro, y sin dudarlo, se las arrebaté y ordené que
me ayudaran a reordenar el cuarto antes de que aparecieran ellos. Me sentía poderosa, como si tuviera influencia sobre esos
dos hermanos, siempre que daba una orden, ellos obedecían sin queja. Me
pregunté si sería buena líder o si me hacían caso con la intención de que no
los molestara más. Claramente, opté por creer que preferían obedecerme porque
tenía razón…
En cuanto terminamos de dejar el lugar
como si nunca hubiésemos entrado, fuimos a mi cuarto, como habíamos acordado.
Ahí no dudamos, ambos parecían saber lo
que hacían, y yo deje que me pusieran esa pulsera en mi mano derecha sin
inmutarme. Era bastante linda, era dorada, con decoraciones en rojo, y una
única gema roja, iguales a las de mi espada, mi llave y el collar de Yuki.
Tenía algo grabado en un idioma que no entendía.
Miré a Ciro, quien también miraba a su
pulsera con admiración y un tanto extrañado. Al cabo de unos segundos me devolvió la mirada y me sonrió.
- Ahora no te me vas a escapar. –
anunció, con una sonrisa maliciosa y una mirada que estaba cerca de derretirme.

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