Me fui a mi cuarto de vuelta a dormir sintiendome mas
tranquila por alguna razón. Al levantarme fui al departamento de Ciro y Yuki.
Me sentía tranquila, contenta incluso. Entré con cierta tranquilidad, y al ver
que no había nadie en la cocina, me fui al cuarto de Yuki. Tenía muchas ganas
de hablar con la chica, no sabía porque.
Toqué la puerta y esta se abrió sola.
-
¿Yuki? – pregunté
abriendo un poco más la puerta, aunque me mantuve afuera.
-
¿Si…? – su voz era medio adormilada, intentando
levantarse entre las sábanas - ¿Quién es?
-
Soy yo, Caramelle,
¿puedo pasar?
-
Si.
Entonces
entré, intentando esconder la sonrisa, y me senté al pié de la cama.
-
¿Qué pasó? – preguntó.
-
Nada… - entonces me
sentí estúpida, estaba ahí sin ninguna razón, ¿a quién le importa? Me pregunté – Solo quería hablar.
Entonces
me tiré para atrás, recostándome en la cama, insorportablemente dura. Recién en
ese momento me di cuenta de lo mucho que odiaba las camas duras, el colchón en
el cual dormía en el palacio era viejo, por lo cual, blando. Pero por alguna
razón no me acostumbraba. Yuki se sentó, luchando con las sábanas, de un verde
manzana claro, con usagi atrapado en
sus brazos. Su mirada iluminaba, literalmente, el cuarto, con ese resplandor
amarillo; el brillo era suave, pero preferí no mirarla directo a los ojos, para
no encandilarme. Me reí, me parecía dulce como se alegraba al verme ahí. Sabía
que era la persona mas cercana a una amiga, aunque no estaba segura de si las
cosas que generalmente se les cuentan a las amigas de la misma edad, que
comprendían ciertas cosas que no podría entender una chica de menor edad, o
incluso mayor. Pero siempre valía la pena tener alguien con quien hablar,
entendiera o no, tuviese la edad que tuviese, era algo solo para… distraerse.
-
¿De qué? – siguió cuestionando.
Yuki parecía madura, pero no era distinta a cualquier chica de su edad, necesitaban
saber todo lo que iban a hacer y hacer algo todo el tiempo, tenían esa
curiosidad insaciable. Era agobiante, pero a la vez entretenido.
-
De lo que quieras. –
contesté, acariciando al suave peluche en manos de Yuki – Parece contenta con
vos.
-
Que bueno. – dijo ella
- ¿Seguis sin recordar nada?
-
Si, aunque mejor así. –
contesté con honestidad – Estoy feliz así, cualquier recuerdo sería como… una
distracción. Se mentiría mal, y la verdad es que estoy en otra y no quiero que
me arruine algo que nunca voy a tener.
Se
hizo un silencio, me sentía como si no estuviera ahí, hablar con Yuki era como
hablar sola, en cierto punto, porque no te incomodaba, fue entonces que me di cuenta
que esa chica era peligrosa: le podías contar cualquier cosa sin darte cuenta.
Sin embargo confiaba plenamente en ella. Me escucho en silencio y después de un
rato, en el cual nada se dijo, comentó, con alegría:
-
Entonces sos tan feliz
con nosotros que no querés que otra cosa te distraiga. – tradujo mis palabras
en, lo que a mí me parecía, la cruda verdad. Me ruboricé un poco, no me gustaba
decir lo que sentía por los demas.
-
Eh… - dudé un segundo –
Supongo…
-
No te avergüences,
podes contarme esas cosas. – dijo, casi quejandose – Después de todo, somos
amigas, ¿no?
Pareció
preocupada por un momento, como si realmente dudara de que yo la viese como una
amiga. Le sonreí.
-
¿Qué te parece? –
pregunté – Aunque… ¿Cómo vas a pagarme por dudar así de mi? – pregunté en
broma.
-
¿Qué…?
Entonces
me reí, era demasiado inocente. La abracé y propuse desayunar algo. Obviamente,
Yuki me siguió como un pato bebé a la pata mayor. Sabía que Yuki me seguiría
siempre, lo que me divertía. Podría ayudarla, después de todo, parecía estar
convirtiendome en su hermana mayor, y sentía que podría hacer más por ella de
lo que Ciro podría. Aunque… tenía terror de ser una intrusa. Terror, esa era la
verdad, que para mi desgracia, me hacía parecer patética.
Me
quedé parada ante la duda de qué comer. Por eso me parecía tan genial Ciro: era
fuerte, tierno, aparentemente inteligente, sarcástico, en otras palabras, todo
lo que un hombre tenía que tener, pero además, cocinaba. Eso era algo muy
importante, porque yo no sabía hacerlo, y me encantaba que hicieran ese tipo de
cosas para mi.
Me
puse a buscar algo en la heladera, pero la mayoría de las cosas eran para
hacer… era como leer algo en otro idioma. Sentí un arrebato de odio hacia mi
inutilidad, era una mujer que no sabía cocinar. Por suerte mi orgullo volvió,
al apoyarse mi inutilidad en mis pensamientos liberales: ¿Por qué tenía que
saber cocinar, solo porque era mujer? Callate
me obligue, mientras buscaba algo para comer.
Entonces
sentí una mano que me apartaba con una risa suave pero extremadamente burlona.
Me encontré con esos ojos esmeralda por un segundo, mientras que me obligaba a
sentarme en la mesa. Ahí vino mi
gladiador a salvarme…
-
¿Qué nos vas a hacer,
perro? – pregunté divertida, mientras me ponía comoda.
-
Algo, porque
aparentemente vos no podes hacer nada.
Se
estaba burlando de mí, pero no me ofendió del mismo modo que lo había hecho
cuando se burló de mi horrible declaración.
-
Callate. – le obligué
entre risas.
-
¡Quiero algo dulce! –
pidió Yuki con un tono lleno de emoción por algo, supuse que por ver como nos
llevabamos su hermano y yo… me puse nerviosa, pero intente olvidarlo para
volver a sonreir.
-
¡Yo también! – acordé –
Asi que apurate, pocas cosas son tan peligrosas como dos chicas con hambre a
las altas horas de la mañana.
-
Corrección: pocas cosas
son tan peligrosas como mi hermana y vos aliadas con hambre a la mañana. –
corrigió Ciro, sin mirar.
-
Exacto, siempre es
bueno que nos entiendas. – dije riendo con Yuki.
Todo
parecía perfecto, aunque no podía sacarme de la cabeza lo que había pasado el
día anterior. No podía evitar el sonreir por el alivio que sentía al ver a Yuki
y a Ciro contentos, reían, parecían olvidar lo que yo matenía patente en mi
cabeza. Sabía que Ciro estaba peor que yo. El había sufrido más… pero haría lo
que fuese para remediar ese dolor, aunque me lo quedara todo yo. Una idea un
tanto suicida, aunque por alguna razón no me pareció rara viniendo de mí.
Fue
entonces, en medio de las risas, que llegaron los padres de los chicos. Una
sensación de paranoía me ataco. Al instante la deseche, aunque entendía lo que
me pasaba: teníamos que darles explicaciones a esos dos, contarles la muerte de
sus sobrinos, después de vernos reir. Era algo que parecía muy desamorado o
poco humano.
Al
toque pidieron explicaciones, y yo me sentía demasiado mareada para explicar o
prestar atención por las palabras que Gekko me había dicho, que parecían
acusarme con crueldad, haciendo que me sintiera peor por todo lo que había
pasado de lo que me sentía antes: va a
ser culpa de ella. Lo que había pasado era mi culpa… ellos sabían que Ciro
iba a resultar un problema, o mejor dicho, iba a tener un problema. Ahora, él
había matado a Seth, teníamos un compañero menos y Ciro tenía la carga de su
muerte. Y ellos tenían razón, yo había insistido en que se metiera en esto,
todo era mí culpa.
Intenté
olvidarlo, no dejaría que ellos se dieran cuenta de mi odio a mi misma, no les
daría tal satisfacción. Yo era fuerte, tenía que demostrarlo, olvidarme de mis
problemas y sonreirle a la vida, que no siempre me daba cosas buenas, pero no
me podía quejar de ella. Tenía una amiga que era como mi hermanita, que me
seguía siempre, tenía a mi chico que parecía quererme… tenía toda la ayuda,
todo el apoyo sentimental que necesitaba. Ciro explicó lo sucedido con una
precisión y valentía admirable. Se enfrentaba a la realidad con la frente en
alto, sin importar lo dolorosa que podía ser. Lo había juzgado mal, pensé que
era un negador, ahora me daba cuenta que era mas valeroso de lo que pensaba
antes.
Sonreí
para infundirle valor y apoyo cuando nuestras miradas se cruzaron, y pareció
hacer efecto. Me sonrió de vuelta y volvió a encararse a sus padres, los cuales
los miraban con seriedad. Ya se habían sentado y alternaban sus miradas entre
él y yo.
-
Teniamos razón, hijo.
Te dijimos que ibas a arruinarlo todo. – acusó Gekko. Me dio asco, en especial
la madre, la cual se suponía que debía intervenir a favor de su hijo. Son mala gente, no lo van a hacer. Me dije.
-
¡No, no la tienen! – exclamé, intentando calmar
mi enojo, levantandome - ¿Cómo pueden pensar eso de su hijo, con todo lo que
pasó? ¿Son sus padres o qué? ¡Si no hubiese sido por él, es posible que ni
siquiera este viva! Y no fue su culpa, como ya les conto su hijo, estaba poseído, se vio torturado
por su sobrino. ¡No es su culpa! – si quería fingir tranquilidad, esconder mi
furia, lo hice muy mal.
-
Tenés razón, después de todo, te habíamos dicho
algo, es tú culpa. – respondió Gekko
a mis quejas.
Me callé por un segundo, pero antes de
que Ciro pudiese quejarse, hable.
-
Perfecto, no tengo problema, soy la persona que
mejor se adapta a su necesidad.
-
¿Necesidad? – preguntó la madre, cuyo nombre no
sabía.
-
¡La de culpar a alguien! Dejenlo en paz, ya
tuvo suficiente.
Con esas palabras me volví a sentar,
como si estuviera agotada, pero estaba furiosa. Después pense, ¿Qué me harían?
No me podían hacer nada en realidad, me necesitaban, ¿no?
Vi que Ciro me dejaba algo en frente
mio, un plato, pero ya no tenía hambre. Estaba molesta. Podría jurar que
escuche venir de Gekko algo como: tan
metida como siempre o tan prepotente,
sería imposible saber, el tiempo que pasaba intentarlo descifrar sus palabras
solo hacía que se distoricionaran más y más en mi mente.
-
No tenes que intervenir por mí, esta bien, no
me importa en realidad sus regaños. – anunció Ciro mirando a sus padres con
odio. Quise abrir la boca para discutir, pero ya no tendría sentido, y tenía
demasiada hambre para hablar.
-
Andate a tu cuarto, ya vamos a hablar con vos.
– ordenó la mujer a Ciro.
-
¿A mi cuarto? ¡Ya no tengo diez años! – se
quejó.
-
¡Anda! – exclamó la madre, y este, sin nada más
que un gruñido, se fue.
No sabía qué decir. Vi como se iba de la
cocina y me sentí culpable por no poder intervenir en su favor. ¿Qué mas da? Me pregunte, aunque mire a
Yuki, a ver si hacía algo, pero ella solo miraba al suelo.
-
No se si te das cuenta de las cosas que haces.
– dijo Gekko, sorprendiendonos a Yuki y a mi – Todos sabemos que fue tu culpa,
incluso vos. Lo sorprendente es que seguis arruinando todo. Esperemos que no
hagas lo mismo en el proximo viaje.
Al decir esto se fue con su mujer,
supuse que al cuarto de su hijo.
Por lo menos… por lo menos ahora sabía
que algo me esperaba, tenía una misión. Pero solo me podía hacer una pregunta: ¿Por qué me odian tanto, si no me conocen?
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