Jade toco la puerta de Magnus. Su
respiración era rápida, sus palpitaciones aun más todavía. Se repetía una y
otra vez su mantra mientras esperaba a que la abrieran.
Olvidar.
Olvidar.
Olvidar.
La lluvia mojaba su cabello castaño, que ya goteaba. Cada gota reflejaba su rostro, su agotado y afligido rostro, sus grises ojos, brillantes por las lagrimas que al salir se camuflaban con el agua, que denotaban urgencia y necesidad, todo bajo ese mando de la sangre, las pocas venas que recorrian el blanco como si fuesen rutas de sangre.
Su vestido negro, regalo de Sebastian, estaba empapado, para ser escurrido. Por su campera de cuero, otro regalo de su salvador, parecía el aceite que repelía a la lluvia.
Había una sensación extraña en el aire, siempre la sentía cuando iba a lugares muy transitados por subterráneos, era una especie de incomodidad, de que había algo fuera de lugar.
Sus piernas, acalambradas, comenzaron a temblar, mientras el olor dulce de la magia negra la llevaba a un rincón oscuro de su mente, nunca entendió porque le gustaba tanto ese aroma, era como el suyo propio, a rosas y pimienta.
Volvió a tocar. "¿Por qué no abre?" Se preguntó.
Se odiaba a sí misma, odiaba a todos. Su vida era un caos. Sin embargo, estaba agradecida. Por lo menos, tenía lo que necesitaba: un techo que la protegiera de semejante tormenta, comida que satisficiera su hambre, ropa para no pasar frio. Hasta un entrenamiento para protegerse a sí y al resto.
Se vio a si misma reflejado en el charco que la separaba con la puerta. El reflejo era el de una egoísta que quería olvidar a ellos quienes le dieron todo. Se sentía más segura con nada que con todo. ¿Si ya estaba en la cima, cómo subiría? ¿Si ya lo tenía todo, porque lucharía ahora?
"Por la gente" se dijo, pero esos eran peores que ella.
"Por Sebastian" pensó, y asintió. Por el valdría la pena dar su vida, aunque se sentía angustiada, enojada. Celosa.
Piso el charco con furia, como queriendo destruirse a sí misma y golpeo su cabeza contra la puerta, produciendo un ruido sordo.
El viento que la azotaba y enmarañaba su mojada cabellera era cada vez más fuerte. El frio entraba por su chaqueta, haciéndola tiritar, temblar. Aun lloraba, pero gracias a dios nadie lo notaria, la lluvia la tapaba, y no solía ser muy demostrativa. Las lagrimas brotaban al llorar como el sudor al correr, nadie tenía que notarlo, menos con la oscuridad que la rodeaba.
Volvió a golpearse, una y otra vez. Suaves golpes en su frente que solo la ponían más desesperada. Ahora le faltaba el aire. Su corazón parecía el de alguien con catalepsia. Tenía calor ahora, ya que su pie se había mojado con el charco y era tal el frio que sentía ahí, que el resto de su cuerpo parecía cálido en contraste.
Los recuerdos la azotaban más fuerte que el viento, la lluvia, el frio y los golpes en su cabeza juntos.
La vida podía ser dura.
¿Que diría Sebastian si supiera que su madre era una mundana? ¿Y que su padre, Gabriel Castairs, aunque estaba en contra de la ley, criaba a su joven hija y estaba con su mujer?
No. no sabía que haría.
Recordaba esa horrorosa noche, hacia un año, en la que un demonio, de un azul hipnotizante y ojos negros azabache, ataco su hogar en busca de venganza. Nada había quedado. Sus cosas, su vida, sus padres, su fuerza, su cordura, su corazón.
Todo había sido destruido.
Todo en tan solo una noche.
Por medio año vivió en lo de su tía, apartada de la sociedad, torturada por el odio y la bronca reprimida de esa horrenda mujer.
El peor tiempo de su vida.
El peor hasta que, una noche, harta de su tía, sus quejas y demás, decidió ir a dormir al Central Park, a pesar de las advertencias que su padre le había hecho sobre los subterráneos. Como hubiese querido tomarse con más seriedad sus palabras en esos entonces.
Sebastian había estado ahí, la había visto, la había salvado. Ella se había recostado en un banco, con el frio demencial, a pesar de llevar nada más que unos vaqueros y musculosa. Se la llevo, a un lugar mejor, le enseño acerca de los cazadores de sombras, le enseño lo que ella era.
Y ella había caído a sus pies, llena de admiración y gratitud.
Ahora, con medio año pasado ya, en el cual él le había dado todo, de haberla tratado como su hermanita menor, ella quería escapar.
Pero, en el fondo, no quería, quería olvidarlo. Olvidar esa exagerada admiración que sentía por él. ¡Iba a ser padre, por el ángel! Y con una vampira que no tendría piedad si ella siquiera pretendía acercarse a su hombre.
No era que Jade quisiera.
- Por qué no abres, Magnus? -gritó, aunque bien sabía que no, que nadie la escucharía, que era inútil.
Un fantasma paso por su lado, helándole la sangre.
- Otra mascota de Magnus. No te abrirá querida.
Miro al fantasma con odio y cansancio.
- ¿Y a usted quien le hablo?
Y se fue.
Jade caminaba dando grandes zancadas, y no se detuvo ni medio segundo hasta llegar a la casa de Sebastian, donde se encontraba su nuevo hogar. Bueno, si es que así podía llamarse. Miro la hora, sin detenerse. Las cinco de la mañana. No debería haber nadie despierto, y si lo había, estarían muy ocupados para escucharla, prefería no hacerse imágenes graficas, mas bronca le daría si lo incluían a él.
Abrió, con cuidado, la puerta, y la cerró tras suyo. El interior de la casa era la máxima penumbra, pero sus ojos acostumbrados a adaptarse hasta en la completa falta de luz para no tropezarse con el desorden de su cuarto, pudieron ver la figura que la atrapaba contra la puerta. Era musculosa, de un hombre. Alta, con el cabello despeinado. A pesar de todo podía notar las grandes ojeras. El olor a pimienta era muy fuerte.
- Llegas tarde, veo. ¿Dónde estabas? - le preguntó Sebastian.
Respiro hondo. Su voz era un placer y un dolor a la vez.
¿En serio quería olvidarlo a él?
Tal vez simplemente era masoquista.
No, su idea era fija.
Olvidar.
- Fui a buscar una partitura a mi vieja casa. - dijo, mostrando una que tenia hacia mucho, aunque nunca se la había mostrado.
- ¿A estas horas?
- Sabes que me olvido fácil las cosas.
Pudo ver su sonrisa perfecta iluminando el cuarto. Inspiro hondo. "Tranquila" se dijo en su fuero interno.
- Bueno, dejame escuchar entonces.
Y prendió la luz. Los ojos de Jade tardaron en acostumbrarse, encandilados. Demasiada luz, demasiada emoción. ¡Sebastian la había esperado! ¡No había dormido, preocupado por ella!
Eso era nuevo.
Con una sonrisa, Jade se sentó en el asiento del piano caoba, regalo de su padre, y empezó a tocar la tercera orquesta de Beethoven.
Olvidar.
Olvidar.
Olvidar.
La lluvia mojaba su cabello castaño, que ya goteaba. Cada gota reflejaba su rostro, su agotado y afligido rostro, sus grises ojos, brillantes por las lagrimas que al salir se camuflaban con el agua, que denotaban urgencia y necesidad, todo bajo ese mando de la sangre, las pocas venas que recorrian el blanco como si fuesen rutas de sangre.
Su vestido negro, regalo de Sebastian, estaba empapado, para ser escurrido. Por su campera de cuero, otro regalo de su salvador, parecía el aceite que repelía a la lluvia.
Había una sensación extraña en el aire, siempre la sentía cuando iba a lugares muy transitados por subterráneos, era una especie de incomodidad, de que había algo fuera de lugar.
Sus piernas, acalambradas, comenzaron a temblar, mientras el olor dulce de la magia negra la llevaba a un rincón oscuro de su mente, nunca entendió porque le gustaba tanto ese aroma, era como el suyo propio, a rosas y pimienta.
Volvió a tocar. "¿Por qué no abre?" Se preguntó.
Se odiaba a sí misma, odiaba a todos. Su vida era un caos. Sin embargo, estaba agradecida. Por lo menos, tenía lo que necesitaba: un techo que la protegiera de semejante tormenta, comida que satisficiera su hambre, ropa para no pasar frio. Hasta un entrenamiento para protegerse a sí y al resto.
Se vio a si misma reflejado en el charco que la separaba con la puerta. El reflejo era el de una egoísta que quería olvidar a ellos quienes le dieron todo. Se sentía más segura con nada que con todo. ¿Si ya estaba en la cima, cómo subiría? ¿Si ya lo tenía todo, porque lucharía ahora?
"Por la gente" se dijo, pero esos eran peores que ella.
"Por Sebastian" pensó, y asintió. Por el valdría la pena dar su vida, aunque se sentía angustiada, enojada. Celosa.
Piso el charco con furia, como queriendo destruirse a sí misma y golpeo su cabeza contra la puerta, produciendo un ruido sordo.
El viento que la azotaba y enmarañaba su mojada cabellera era cada vez más fuerte. El frio entraba por su chaqueta, haciéndola tiritar, temblar. Aun lloraba, pero gracias a dios nadie lo notaria, la lluvia la tapaba, y no solía ser muy demostrativa. Las lagrimas brotaban al llorar como el sudor al correr, nadie tenía que notarlo, menos con la oscuridad que la rodeaba.
Volvió a golpearse, una y otra vez. Suaves golpes en su frente que solo la ponían más desesperada. Ahora le faltaba el aire. Su corazón parecía el de alguien con catalepsia. Tenía calor ahora, ya que su pie se había mojado con el charco y era tal el frio que sentía ahí, que el resto de su cuerpo parecía cálido en contraste.
Los recuerdos la azotaban más fuerte que el viento, la lluvia, el frio y los golpes en su cabeza juntos.
La vida podía ser dura.
¿Que diría Sebastian si supiera que su madre era una mundana? ¿Y que su padre, Gabriel Castairs, aunque estaba en contra de la ley, criaba a su joven hija y estaba con su mujer?
No. no sabía que haría.
Recordaba esa horrorosa noche, hacia un año, en la que un demonio, de un azul hipnotizante y ojos negros azabache, ataco su hogar en busca de venganza. Nada había quedado. Sus cosas, su vida, sus padres, su fuerza, su cordura, su corazón.
Todo había sido destruido.
Todo en tan solo una noche.
Por medio año vivió en lo de su tía, apartada de la sociedad, torturada por el odio y la bronca reprimida de esa horrenda mujer.
El peor tiempo de su vida.
El peor hasta que, una noche, harta de su tía, sus quejas y demás, decidió ir a dormir al Central Park, a pesar de las advertencias que su padre le había hecho sobre los subterráneos. Como hubiese querido tomarse con más seriedad sus palabras en esos entonces.
Sebastian había estado ahí, la había visto, la había salvado. Ella se había recostado en un banco, con el frio demencial, a pesar de llevar nada más que unos vaqueros y musculosa. Se la llevo, a un lugar mejor, le enseño acerca de los cazadores de sombras, le enseño lo que ella era.
Y ella había caído a sus pies, llena de admiración y gratitud.
Ahora, con medio año pasado ya, en el cual él le había dado todo, de haberla tratado como su hermanita menor, ella quería escapar.
Pero, en el fondo, no quería, quería olvidarlo. Olvidar esa exagerada admiración que sentía por él. ¡Iba a ser padre, por el ángel! Y con una vampira que no tendría piedad si ella siquiera pretendía acercarse a su hombre.
No era que Jade quisiera.
- Por qué no abres, Magnus? -gritó, aunque bien sabía que no, que nadie la escucharía, que era inútil.
Un fantasma paso por su lado, helándole la sangre.
- Otra mascota de Magnus. No te abrirá querida.
Miro al fantasma con odio y cansancio.
- ¿Y a usted quien le hablo?
Y se fue.
Jade caminaba dando grandes zancadas, y no se detuvo ni medio segundo hasta llegar a la casa de Sebastian, donde se encontraba su nuevo hogar. Bueno, si es que así podía llamarse. Miro la hora, sin detenerse. Las cinco de la mañana. No debería haber nadie despierto, y si lo había, estarían muy ocupados para escucharla, prefería no hacerse imágenes graficas, mas bronca le daría si lo incluían a él.
Abrió, con cuidado, la puerta, y la cerró tras suyo. El interior de la casa era la máxima penumbra, pero sus ojos acostumbrados a adaptarse hasta en la completa falta de luz para no tropezarse con el desorden de su cuarto, pudieron ver la figura que la atrapaba contra la puerta. Era musculosa, de un hombre. Alta, con el cabello despeinado. A pesar de todo podía notar las grandes ojeras. El olor a pimienta era muy fuerte.
- Llegas tarde, veo. ¿Dónde estabas? - le preguntó Sebastian.
Respiro hondo. Su voz era un placer y un dolor a la vez.
¿En serio quería olvidarlo a él?
Tal vez simplemente era masoquista.
No, su idea era fija.
Olvidar.
- Fui a buscar una partitura a mi vieja casa. - dijo, mostrando una que tenia hacia mucho, aunque nunca se la había mostrado.
- ¿A estas horas?
- Sabes que me olvido fácil las cosas.
Pudo ver su sonrisa perfecta iluminando el cuarto. Inspiro hondo. "Tranquila" se dijo en su fuero interno.
- Bueno, dejame escuchar entonces.
Y prendió la luz. Los ojos de Jade tardaron en acostumbrarse, encandilados. Demasiada luz, demasiada emoción. ¡Sebastian la había esperado! ¡No había dormido, preocupado por ella!
Eso era nuevo.
Con una sonrisa, Jade se sentó en el asiento del piano caoba, regalo de su padre, y empezó a tocar la tercera orquesta de Beethoven.

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