Fue un alivio estar sola. El camino a mi cuarto me
despejó un poco la mente, y al tirarme en mi cama, mientras me daba cuenta que
ya me estaba ubicando entre los caminos del palacio, sentí al mundo encima mio,
aunque estaba tranquila. Empecé a divagar para, inconcientemente, no pensar en
lo que debía, mientras que esperaba al sueño. Me sentía feliz acostada en mi
cama, tapada cuando afuera hacía frío, cosa que tambien me acababa de dar
cuenta.
Pero no podía seguir evadiendo el tema.
¿Qué tenía que hacer? No entendía nada.
Lo que le había pasado a Yuki era sin duda algo
importante e interesante, relevante en cuanto a lo que necesitaba, pero no
podía terminar de asociarla porque o me faltaba una pieza del rompecabezas o no
era tan inteligente como yo creía… o ambas.
No podía dormir, en especial al darme cuenta de la
única chance que tenía para seguir con mi misión era preguntarle a los padres
de Ciro y Yuki, y la idea no me gustaba en absoluto.
Con el desagrado de esa idea e fui a dormir. Tenía una
mezcla de emociones que me ponían en parte de mal humor, la confusión por mi
proximo paso y por lo que pasó con Ciro, bronca hacia los padres de él, aunque
no entendía el porque, simpatía por Yuki y cierta excitación a lo que me
esperaba. El tan solo explicarlo marea.
Soñé algo que tan solo me dio algo nuevo que agregar a
la lista de emociones: miedo. Me sentí aterrada. Parecía ser un recuerdo vago
de mi vida, pero no era mi vida antigua, lo sabía bien. Eran imágenes que
aparecían: un hombre de unos veinte, muy parecido a Ciro, ofreciendome una
sonrisa enorme y malvada, con un brillo pícaro en su mirada verde y cautivante.
Gekko y su mujer, aparentando alegría, comprensión y afecto, con el asco y el
desprecio impresos en sus facciones, eso por no mencionar que no eran como
ahora, se veían descuidados, parecían pobres a comparación de lo que parecían
ahora. Una corona dorada con jemas rojas, iguales a las de mi espada y el
collar de perlas que al parecer pertenecía a Seth.
Era un mundo creado por mi inconciente, o eso quería
creer, hecho por imágenes que me ponían los pelos de punta.
Una palabra parecía estar escrita con sangre en esas
imágenes: traición.
Me desperté, aún de noche, envuelta en un sudor frío,
mas sorprendida que asustada. Miré por mi cuarto oscuro, esperando que mi vista
se adaptara aunque solo fuese un poco a las penumbras que atacaban a este mundo
en la noche. Me sentí completamente desprotegida, y tenía que admitirlo, así me
había sentido siempre ahí, pero nunca como en ese momento.
¿Qué significaba este sueño? Sacudí mi pesada cabeza.
Yuki me había dicho que pensó que yo había usurpado el trono, pero que lo
desechó. ¿Había tenido razón? Mi primera teoría, forzandome a pensar como si
fuese un cuento y no mi vida, era que yo en serio había usurpado el trono, más
adelante, y que los mantuve a ambos, aterrados, a mi lado.
Sin embargo, la idea no me convencía ni en lo mas
minimo. Para empezar, yo no era capaz ni de gobernar, ni de usurpar un trono,
ni de hacer estas cosas después de saber que lo haría. Otra razón era la mirada
de Ciro, si es que era él. Se veía… demasiado feliz como para que nada hubiera
pasado. Aunque había que tener en cuenta que él no parecía querer mucho a sus
padres, aunque no era nadie para decir.
Me levanté, aún tenía puesta la ropa que encontré en
el hospital. Un buzo lila que me quedaba muy grande, lo cual me hacía sentir
cómoda, y unos jeans azul oscuro.
Olí el perfume del buzo, que me resultaba extrañamente
familiar. Eran… ¿violetas? No estaba segura, pero me calmaba.
Salí del cuarto y caminé vagamente, ensimismada en mis
pensamientos, hasta llegar al lugar donde sería el cuarto de Seth. No entendía
porque fui ahí, pero me olvidé de esa duda rapidamente al notar que había
alguien en el cuarto. Con disimulo me acerqué a la puerta y, semi escondida,
eché un vistazo.
Ciro, sentado en la cama, estaba pasando de una mano a
otra el peine de Seth. Se veía triste, adolorido, apesumbrado… no me costó
saber que le tenía así.
Entré silenciosamente y posé una mano sobre su hombro
mientras me sentaba a su lado. No sabía si quería estar solo o algo, solo podía
hacer eso, apoyarlo en silencio, estar ahí… me sentí inútil, pero, ¿Qué le iba
a hacer? Él se sobresaltó ante el contacto y me miró con una mirada casi
ausente. Le dediqué una débil sonrisa, la sonrisa que hacía cuando tenía que
consolar a alguien, y él pareció desconcertado.
-
¿Cuándo apareciste? –
me preguntó.
-
Recién. ¿Qué te pasa?
-
Nada… - me mintió
mirando a otra parte.
-
Ciro, decime la verdad.
– le obligué.
-
¿Qué queres que te
diga? – me preguntó, mirandome desesperado - ¿Qué me siento culpable? ¿Qué
daría lo que fuese para volver a ver a ese idiota andando por aca? ¡No! ¡Dejá
de actuar como si tuvieras derecho a saberlo todo!
Normalmente
me hubiera enojado con eso, pero entendía lo que le estaba pasando. Había
entendido lo que había pasado, ya no lo negaba. Sabía que no era explicación
suficiente para meterse conmigo, pero en su lugar hubiese actuado del mismo
modo, aunque talvez pudiese admitir lo que sentía de un modo que no fuese a los
gritos, como un desafío que no quería tomar.
-
Esta bien, disculpame,
quería ver si te podía ayudar, pero veo que no. – dije evadiendo a las ganas de
usar un tono seco y de desprecio, mientras me levantaba para irme – Mejor te
dejo solo.
Y
volví a esbozar esa sonrisa de consolación y di un paso. Entonces Ciro me tomó
del brazo y me obligó a darme vuelta. Se veía muy cansado…
-
Caramelle…
Con esa simple palabra entendí que estaba arrepentido,
pero no hizo más. Se veía enojado, harto de ese sentimiento, y le entendía. Me
soltó, se dio media vuelta y se volvió a sentar en la cama, con el peine en la
mano. Entonces me miró, aunque sin levantar la cabeza. Rió amargamente al verme
aún parada en la puerta, algo sorprendida.
-
Podes quedarte. – me
autorizó dando unas palmadas a su lado.
-
Si queres… - dije,
sentandome.
-
¿Qué vamos a hacer? –
preguntó Ciro después de un largo rato, en el cual parecía absorto en la mitad
del peine.
-
¿Con la misión? Me
parece que… convendría preguntarle a tus viejos. – contesté con cierta
dificultad.
-
No me refería a eso, me
refería a lo que me dijiste allá en el antiguo palacio…
Aún
no me miraba, sin embargo parecía divertirse debajo de la mirada de dolor que
le enviaba al peine. Sentí como si me estrujaran el estómago. ¿Lo que le había
dicho…? Ya sabía que era, pero de todos modos pregunté:
-
¿A que te referís? –
pregunté, sabiendo mejor que bien que podía notar lo roja que estaba de la
vergüenza. Me miró, en sus ojos y su sonrisa se notaba que se divertía con la
pregunta.
-
¡Ciro por favor! ¡Te amo! Ciro…
- me imitó aguantandose la risa – No lo niegues, lo escuché bien.
Me
ofendí, esa burla era demasiado, más de lo que mi paciencia aguantaba. Le miré
con odio y me levanté nuevamente. A mí nadie me burlaba de ese modo, con esos
temas.
-
Aparentemente, y si escuchas
bien escucha esto: no voy a soportar que me burles con ese tema. Si querías
hacer algo, empezaste mal.
Al
decir esto me fui, caminando normalmente para preservar algo de mi dignidad.
Seguí con ese paso hasta que me imaginé que no me vería si me seguía y corrí a
unos escalones. No podía llorar, lo que agradecí profundamente. No me quería ir
a mi cuarto, y esas escaleras parecían prometer la tranquilidad que quería,
aunque no por mucho tiempo. Al rato, Ciro apareció, después de seguirme.
Maldecí
entre dientes evitando la tentación de darme vuelta para golpearlo.
-
No quería ofenderte. –
dijo, sentandose sin permiso a mi lado, aparté aún más la vista, estar cerca
suyo solo me daba más bronca, y no sabía remediarla – Mirame.
Me
obligó. Era un idiota, yo nunca me dejaría llevar por sus poderes, pero no
quería que me viera, menos aún verlo. Tomó mi mentón con la mano y me obligó a
darme vuelta. Tenía que ser fuerte, por mi orgullo.
-
¿Y si no quiero verte?
Me aburrí de tus bromas. – mentí – Además, ¿vos tenés idea de lo que me costó
decirte eso? Solo haces que me arrepienta.
Me
miró sorprendido por un instante.
-
Yo te respondí. – me
dijo, e hice una expresión de hartazgo.
-
Si, Yo también. – le imité con una voz
estrangulada y agarrandome la garganta, por lo menos le pagaba con una moneda
parecida. Él se rio.
-
Supongo que ahora
estamos a mano. – dijo. Me aguanté la risa.
-
Supongo, aunque no te
voy a dejar tranquilo, sigo enojada. – comenté - ¿Qué querías hacer? –
pregunté, haciendo referencia a lo que estabamos hablando desde un principio.
-
Dejemos que las cosas
pasen, ¿te parece? Ahora solo concentrémonos en el tema que tenemos que hacer,
no nos hagamos problema por algo que puede solucionarse solo.
Le
sonreí y miré para adelante. Su mirada ejercía una presión en mí que no podía
controlar, cosa que odiaba. Necesitaba liberarme, pero cuando lo hice, volvió a
la carga. Se puso frente a mí sin dificultad y me besó.
¿Qué
mas daba? Este tema, como él me había dicho, parecía solucionarse solo.

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