Mundo Real 14

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Si mi vida era bizarra hacía unas horas, no se lo que era ahora.
Nos tuvimos que esconder, no queríamos ser descubiertos, pero la batalla no terminaba y costaba demasiado lograr estar ahí sin que una bala te atacara. Los chicos eran capaces, aunque a mi me costaba mucho moverme del mismo modo que ellos, mi torpeza en momentos de presión era increíble. Cuando encontramos una especie de escondite, no era más que una gran roca cerca de la batalla. No estaba segura de que los soldados se hubieran dado cuenta de nuestra presencia, pero mejor no pensar en eso.
-   Caramelle, hace algo… - me pidió Ciro. Lo mire extrañada. No era un buen momento para hacer bromas, y menos para burlarme, mi humor no era el mejor.
-   Si, espera que agarró la escopeta y los mato. – respondí con ironía y mal humor - ¿Qué querés que haga?
-   ¡Un incendio! ¡Un terremoto! ¡Alguna catástrofe! – exclamó, agitando los brazos.
-   ¡Deja de moverte y de gritar o nos van a descubrir! – le retó Seth con mas seriedad que le había visto antes.
-   ¡Caramelle, escúchame! Vos tenés algún poder. Estoy seguro. Solo tenés que confiar en mi, vos podes hacerlo, solo que no podes creerlo. Confía en mi, o vamos a terminar todos muertos. – suplicó Ciro, con la mirada fija y convincente.
-   ¿Y como querés que haga un incendio? ¿Saltar cantando una canción? – pregunté, con aún más ironía que antes.
-   ¡No se! ¿Cómo te sentís ahora?
-   ¿El querer meterte en el medio de la batalla para ver como te pegan un balazo cuenta?
-   No. No se, en realidad. Pensá…
Entonces lo mire con algo parecido al odio. No lo odiaba, pero tenía mucha bronca. Nos encontrábamos en una situación más que delicada y él me burlaba. Le iba a responder, no me iba a quedar con los brazos cruzados. Pero antes de que pudiera decir algo volvió a aparecer el viento que había sentido en el palacio.
Me paré sin escuchar las exclamaciones de los chicos. La brisa era fresca y me sentí menos preocupada y la ira desapareció. No quería mirar a la batalla, quería ir por un camino, marcado con tierra mas clara. Tenía que ir…
Pero algo llamó mi atención y me cortó el momento. Una mano temblorosa, aunque segura, me tomo del brazo y me tiro hacia él, rodeándome para evitar que escapara y poniéndome una espada en la garganta, amenazadoramente.
No me había dado cuenta, pero unos de los bandos se habían retirado. Los hombres restantes se encontraban lejos,  a punto de marcharse. Noté que Ciro intentaba levantarse, muy violento, pero Seth no lo dejaba. Suplicaba porque lo mantuviera ahí, en cierto punto estaba más que segura de que podría salir, pero el miedo continuaba ahí.
El soldado parecía divertido por su descubrimiento, y con enojo intenté librarme, cosa bastante imprudente dada a mi condición.
-   Si la toca lo mato… - escuché a Ciro comentar.
Ciro quería ir hacia mí, quería ayudarme. No estaba segura de si lo mataría o si lo obligaría a hacer algo, pero no podía permitirlo, porque ese hombre parecía ser rápido, y si Ciro se metía, terminaría muerto.
Sin embargo yo no era la mejor persona para hablar o luchar. Seth con cautela dejó una espada, con un mango rubí, en el suelo. Me acordé a la casa verde y de Ciro, cuando luchaba contra ese intruso.
¿Qué hacía? ¿Me dejaba morir, esperaba a que me salvaran, o luchaba?
Claramente, las primeras dos opciones las taché automáticamente, y solo me quedaba luchar. No podía rendirme, era vergonzoso, y aún mas el esperar a que me defendieran, ser una victima, y tener que poner a otro en peligro.
Le mordí la mano a pesar de mi higiénica voluntad, y me tiré al piso cuando retiró la misma. Rodé y tomé la espada. Caí con gracia sobre mis pies y sonreí con arrogancia.
Parecía ser que mi agilidad venía junto con las amenazas directas de muerte. Mis compañeros se habían quedado boquiabiertos, supongo que no se habían dado cuenta de mi habilidad, o que habían renunciado a pensar eso cuando me vieron tan torpe al correr por nuestras vidas.
El soldado, después de un segundo de duda, me atacó. Con la espada apuntando directamente a mi corazón intentó matarme, pero con cierta astucia logré esquivarlo y quedé detrás de él. Le pateé la espalda, dejándolo tumbado en el suelo y le arrebaté su espada. Cuando intentó levantarse, le rodeé el cuello con la espada, como para degollarlo, aunque mi intención no fuese asesinarlo sino asustarlo.
Aunque el hombre ya había perdido en la guerra su miedo a la muerte y su fuerza era mayor que la mía. Me sacó la espada y me hizo un profundo corte en el estómago, debilitándome notoriamente y haciendo que mis rodillas perdieran toda su fuerza. Sostuve con fuerza la herida, la sangre salía sin piedad alguna.
Ciro pareció perder su paciencia y la presión de Seth, quien se quedó helado en su lugar sin poder creer lo que sucedía. El hombre reía, pero cuando Ciro le golpeó en el rostro ya no pudo seguir con su risa inhumana. No creía que fuese un mal hombre, pero sí creía que la guerra lo había corrompido. Ahora se encontraba desmayado, después de tanta batalla, ese golpe fue la gota que rebalsó el vaso.
-   ¡Ciro no lo mates! – exclamé en modo de súplica. No quería que fuese como ellos…
-   Pero…
-   ¡Haceme caso la…! – el dolor era demasiado y me costaba hablar, me sentía sofocada.
-   Caramelle…
Necesitaba librarme del dolor, curar mis heridas. Necesitaba estar tranquila, pero el hecho de que Ciro lo matara me dejaba con nada más que miedo…
Agua, por favor, agua…
No sé porque supliqué por agua, porque lloviera…
Pero algo respondió a mis súplicas y el cielo se nubló para que un par de gotas cayeran y nos despejaran a todos las mentes. Ciro se quedó parado, sin saber que hacer ante el hombre inconciente. Seth tenía mas claro lo que debía, o sentía que debía, hacer. Se arrodilló frente mío con una mirada de preocupación. Me sacó un mechón de la cara.
-   ¿Estás bien? – preguntó. Había momentos en los que en serio era un idiota.
-   Claro, mejor que nunca. Las perdidas de sangre vienen bárbaro para la salud… - bromeé, sin entender como encontraba las ganas de usar la ironía estando perdiendo sangre y con la vista nublada.
-   Correte, imbécil. – ordenó Ciro poniéndose en primer plano.
No entendía lo que intentaba hacer. Agarró unas vendas e intentó parar la hemorragia.
-   ¿Adonde vamos ahora? – preguntó Seth al terminar Ciro.
-   No se… - respondió el otro chico.
-   Para allá. – contesté, señalando al lugar donde antes de que el soldado me atacara me había guiado esa brisa.
Ciro parecía no dudar de mi opinión, sin embargo Seth estaba más que inseguro. Cuando Ciro me levantó y empezó a caminar a la dirección que había indicado conmigo sobre su espalda.
Seth no tuvo otra opción que seguirnos…
Pero yo ya me había desmallado.

Me desperté, con una terrible punzada en el estómago y un dolor de cabeza que impedía que caminara si quiera, en una cama de un lugar desconocido.
Mire a mí alrededor, sin poder levantarme, para darme cuenta de que Ciro se encontraba a mi lado dormido. Se veía bastante tierno, aunque no creía que podría acostumbrarme a verlo tan poco conciente, a no ver su mirada tan expresiva o sin escuchar sus comentarios. No me parecía normal, aunque el hecho de que Ciro se encontrara ahí hacía que no tuviera tanto miedo.
Intenté levantarme, pero el dolor era demasiado.
-   ¿Ya te despertaste? – preguntó Ciro, quien lo había despertado con mis quejas.
-   Eso supongo… - contesté – disculpa, no quería cortar tus sueños.
-   Está bien, estaba… - pero no terminó la frase.
-   ¿Preocupado? – adiviné.
-   Eso nunca. – negó entre dientes mirando a la puerta. No pude creerle, pero me reí ante su terquedad.
-   Como sea. ¿Qué paso? ¿Dónde estamos? – pregunté.
-   Buscamos a alguien que pudiera curarte, y la única persona que encontramos fue un viejo que es una especie de curandero o brujo. Al parecer tenía relación con el congelado de este tiempo, pero se veía preocupado. Creo que es el abuelo. Se fue a buscarlo con Seth. Estamos los dos solos… - la vergüenza lo calló, pero yo lo mire con una intriga - ¿Qué?
Entonces caí en la cuenta…
-   ¿Fueron a buscar al otro sin mí? Pero… - intenté protestar - ¡Yo también quiero ir!
Ciro esbozó una gran sonrisa, parecía divertido.
-   ¿Por qué no me extraña?
-   Por que desgraciadamente me vas conociendo.
Ambos nos reímos.
-   Vámonos. – ofreció él.
Salimos de la casa y los seguimos, obviamente, yo con la ayuda de Ciro. Las calles me hacían acordar a los cuadros de estas épocas, aunque se veían extremadamente deterioradas. Las guerras arruinaban todo, la salud de la gente, las almas, las calles, los sueños, los paisajes… era triste. Aunque tenía suerte de estar con Ciro, quien me contenía en mas de un sentido.
Cuando encontramos a Seth nos sorprendimos, se veía tan horrorizado…
No entendíamos la razón de su aparente miedo.
-   ¿Qué paso Seth? – pregunté.
-   Caramelle… ¿Qué hacés acá? – preguntó aún mas horrorizado – Ciro, ¿por qué la trajiste?
-   Me pidió, vos me dijiste que no le negara nada porque estaba herida. – respondió con una sonrisa desafiante.
-   ¿Estás loco? – preguntó tomándolo del cuello de su camisa. ¿Era yo o Ciro usaba siempre camisas negras?
Ciro me soltó sin querer, y yo estuve a punto de caer, pero un hombre, de unos ochenta años me sostuvo.
-   ¿Estas mejor? – me pregunto.
-   Si… gracias. ¿Cómo sabe español?
-   No importa. – contestó – Van a ejecutarlo. – le dijo a Seth, con lágrimas en los ojos.
-   ¿Qué? ¿Lo acusaron? – preguntó él.
-   Si. Lo están ejecutando ahora. – explicó.
-   ¿Quién? ¿El otro congelado? – intenté adivinar.
Ciro asintió, y se escucharon unas fuertes campanadas que llamaron la atención de todos en el pueblo, quienes salieron de sus casas o pararon de hacer lo que quiera que hiciese para ir al lugar de donde provenían los ruidos.
Todos nos dejamos llevar por la manada de personas hasta lo que supuse el centro del pueblo…
Fue una imagen escalofriante.
Un hombre, que sollozaba sin cesar y exclamaba una y otra vez “soy inocente”, se encontraba atado a un gran mástil de madera, el cual comenzaba a incendiarse.
El hombre miro al viejo, callándose. Ambos lloraban, pero el más joven pareció resignarse, negando con la cabeza y dejando caer una única y última lágrima.
Yo miraba el acto con horror y tristeza. No lo podía creer. El fuego creció con rapidez y furia por la injusticia, quemando hasta el último de sus huesos al joven, cuya última mirada fue para mí.
Yo me reverencié con respeto y disimulo, dejando que a mi también se me cayera una última lágrima.
Él murió quemado. Lo último que se pudo ver fue su mirada, de un marrón claro, que me atravesaba, con cierto cariño, miedo y respeto. Lo mismo que yo sentía en ese momento.
Que descanse en paz… pensé cuando su vida dio su última campanada.

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