- ¡Seth! –
exclamé.
Miré a Ciro algo
contenta, tenía razón. Estaba más que segura de que yo había causado eso… ahora
solo tenía que aprender a usarlo. Sin embargo no era una situación muy
conveniente. Ciro me miró con orgullo, pero era difícil entender la mirada por
sus carcajadas. Era un sádico, como yo.
-
¿Estás bien? Fue un golpe fuerte. – preguntó Hang arrodillado frente a mi en el
otro lado de Seth.
-
Si… creo. – respondió levantándose.
-
¿Quiénes nos persiguen? – le pregunté.
-
El ejército… creo. No se, piensan… piensan que son brujos. – explicó con una
expresión de preocupación y terror.
-
¿Quiénes?
-
¡Ustedes! ¡Ciro y Vos!
Me quedé helada.
¿Yo? ¿Una bruja?
Me empecé a reír.
-
Si, seguro. – dije.
-
¿No me crees?
-
No creo lo de que soy bruja.
-
No importa…
Entonces, se
escuchó un golpe en la puerta principal. La gracia del momento desapareció y me
paré bruscamente.
-
Hang, Seth, escóndanse, tengo una idea. – ordené mintiendo.
Ellos me
obedecieron, por alguna razón. Al parecer cuando era seria me tomaban con
cierto respeto y me hacían caso.
No tenía ninguna
idea, honestamente, sin embargo algo en mi no me permitía exponerlos. En cuanto
a Ciro… él podía cuidarse. Confiaba mas en él como para dejarlo solo que
los otros dos.
Mientras los
chicos subían al piso de arriba, yo traté de pensar una manera de defenderme.
¿Por qué estaba tan segura de que yo sería más capaz que Seth o Hang Yue para
detener a esos hombres? Tenía que parar de pensar esas cosas y empezar a usar
mi cerebro para cosas como… detenerlos.
Ví la espada, la
famosa espada que parecía llamar mi atención cada vez que estábamos cerca de la
muerte o de algo cercano. La tomé. Recién en ese momento me di cuenta de que en
su filo decía algo en un idioma que no identifique ni tenía tiempo de hacerlo.
-
Ciro, tomá. – y le pasé la espada.
-
Pero, es tuya. – contestó él.
-
¿Mía? ¿Por? – pregunté.
-
Es la del elegido…
-
¿Entonces?
-
Nada, no entiendo como ser tan rápida mentalmente en todo menos en lo que sea
sobre vos. – se quejó.
-
Que lindo que te des cuenta.
Entonces me
acerqué el arma, con su empuñadura roja refulgiendo al tacto de mi mano, para
que, en caso de que entren esos hombres, estuviera preparada.
-
Andate con los otros, por favor… - pidió Ciro.
-
Si, seguro. – contesté con cruel sarcasmo.
-
Caramelle…
-
Ciro, no puede ser que tanto parezcas conocerme como para que no te des cuenta
de que no me voy a ir cuando la cosa se pone fea.
-
Si, lo se pero…
-
No me importa. No quiero dejarte solo, además, sabes que soy mas que capaz de
cuidarme por mi misma.
-
La última vez casi te matan…
-
¡No fue para tanto!
-
¡Caramelle, por favor! ¡No quiero que te pase nada!
-
¿Entonces porque no usas esos famosos poderes conmigo? Tal vez por fín te
obedezca.
-
Caramelle…
Pero no hubo más
tiempo. La puerta estalló prácticamente, y de ella salieron una manada de
personas con antorchas y tridentes. Que ordinario…
Con extrema
seguridad, alcé mi espada desafiantemente hacia los intrusos. Me sentía
inspirada, con cierta valentía extraña, que acrecentaba junto a los latidos de
mi corazón.
Sin embargo no
había mucho que hacer. Eran demasiados contra solo dos. Nos atraparon con una
facilidad y rapidez humillante, ni forcejeando o suplicando nos dejaban salir.
A Ciro se lo
llevaron, no importó lo que hiciera no pude evitarlo. La preocupación y el
miedo me invadieron y nublaron mi sentido común, todo mientras a mi también me
arrastraban a lo que parecía un carruaje similar a las camionetas donde se
llevaban a los locos. Me taparon los ojos con brusquedad, tirándome del pelo, y
sentía el ardor del fuego en uno de mis brazos. No me estaban quemando, me
imaginé, era simplemente que… mientras me ataban los ojos se olvidaron ahí la
antorcha…
¿Qué decía?
Tenía que
intentarlo. Ciro dependía de mí. Me dejé llevar por los sentimientos de la
situación, y sentí como las gotas de agua caían repentinamente y con una fuerza
increíble sobre mi pelo, calmando el dolor del brazo, ya la lluvia había
apagado el fuego. La presión que sentía se calmó. Esto no funcionaba, tenía que
hacer algo…
Entonces se
escuchó un potente ruido seguido por uno sordo y gritos desesperados. Un
trueno… y si no me equivocaba, un árbol había caído. La presión desapareció y
me fui corriendo mientras sacaba el pañuelo de mis ojos. ¿Cómo nadie se había
dado cuenta de que desaparecí? No era que me importara, después de todo, me
convenía, pero me parecía ridículo. Tal vez… tal vez solo venían por Ciro.
Entonces, me volví
a preocupar. La lluvia caía, asustando a todos. Puede que la alteración por el
repentino cambio climático hizo que se olvidaran de mí. De todos modos, tenía
que rescatar a Ciro… así le demostraría que era capaz de cuidarme a mi misma e
incluso a él.
Me escabullí,
subiendo la capucha de mi buzo, entre los árboles, dado a que mis pantalones y
mi buzo no eran un buen camuflaje entre los uniformados y los antiguos
vestidos. Necesitaba esconderme entre las multitudes, necesitaba pensar rápido…
No entiendo como
ser tan rápida mentalmente en todo menos en lo que sea sobre vos. ¿Jamás se callaría Ciro?
Entonces,
encontré mi boleto a Ciro: un hombre, inconciente, uniformado…
No tardé mucho
en vestirme, solo me puse la parte de arriba sobre mi ropa, para parecer más
grande. Con el pelo escondido adentro de la ropa esa, en menos de un par de
minutos estaba lista
Caminé ente la
gente… pero me dí cuenta que no sabía donde ir.
Seguí mis
instintos. ¿Por qué cuando más necesitaba esas señales bizarras no aparecían?
Lo ignoré. Seguí
caminando siguiendo mis pisadas al azar.
Tuve suerte, al
parecer era mejor actriz de lo que jamás me hubiera podido imaginar. Un
soldado, con unos rasgos interesantes y pelo rojizo, me tomó del brazo. Parecía
enojado, harto. Exclamó con poca paciencia unas palabras que parecieron entrar
por una oreja y desvanecerse en mi mente sin aparente reconocimiento. Me llevó
a un lado. Supuse que me había confundido el camino, dado a que me llevaba al
lugar en donde el carro ese al que me quería meter se encontraba.
Me pidió que
siguiera al resto, pero no dí respuesta. No era tan rápida al parecer, dado a
que las palabras no podían salir de mi boca. Me marcó un camino, no lo entendí.
Simplemente me subí al carro y me deje llevar…
Era solo una
cuestión de esperar a llegar a Ciro, el ejército, como deduje, me llevaría a él.

0 comentarios:
Publicar un comentario