Mundo Real 18

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Corrí escaleras abajo, completamente alterada, tomandolo a Ciro bruscamente por el brazo, como si lo estuviera deteniendo. Me acerqué a un soldado para preguntarle por los prisioneros. Sabía que era una pregunta arriesgada, pero no me quedaba otra opción. Cualquier cosa, podría inventar con que me imágine que habría otros.
El soldado parecía tonto, o por lo menos le faltaban un par de luces. O luces. De todos modos, ni cuenta se dio de mi mal acento y tampoco sospecho ni de mi voz ni de que estuviera llevando conmigo a uno de los prisioneros que habían encarcelado hacía rato ya.
Me llevó a un lugar alejado ya del pueblo, en el cual podía ver una especie de hoguera desde lo lejos. El humo se olía y las ansias de muerte se sentían en el aire, dandome muchas ganas de vomitar del asco que me daba la situación. Cada vez nos acercabamos mas, y mi dolor en el estómago crecía. Ciro tambien parecía adolorido, pero era mas que probable que fuese porque le estaba clavando las uñas en el brazo de los nervios.
-    ¡Sueltenlo! – escuché la voz de Seth desde lejos. Me costó mucho el mantenerme con el paso tranquilo, aunque lo apuré el maximo posible para no parecer sospechosa.
Llegamos finalmente a la hogera, para ver algo desagradable y triste:
Unos soldados, cerca de un palo que empezaba a arder en llamas, empujaban al fuego a Hang, quien si no moría quemado moriría desangrado. Tenía cortes por el rostro, los brazos y el torso, y ya había perdido tanta sangre que no lograba tenerse en pié. Seth, en cambio, estaba forcejeando para escaparse de un par de soldados mirando con miedo la escena.
Me quedé parada en mi lugar. Aflojé la fuerza con la cual tomaba a Ciro inconcientemente y mi mente de estar completamente libre de confusiones en cuando a como actuar, paso a ser una gran nube gris. O eso sentía por lo menos.
Un viento parecido al que había sentido cabalgando apareció. Era relajante… lo que quería. Pero pronto, ese viento suave pasó a convertirse en una furia incontenible. Tal como me sentía. Corria en todas direcciones, alborotando el ambiente. Las llamas desaparecían con la confución y los soldados miraban al cielo horrorizados, como si estuvieran siendo castigados por dios. Empezaron a desesperarse, y dejando abandonados al hombre moribundo y al prisionero tirados ahí.
Cuando el soldado que nos guió siguió al resto sin terminar de comprender ni  si estaba parado o si se había volado con aquel viento bipolar, corrí hacia Hang. No quedaba tiempo…
Detuve lo que hubiera sido una caída muy fuerte, tomandolo casi en mis brazos.
Los recuerdos volvieron. Eran como flashes en los cuales veía a Nacho. Los ojos se me llenaron de lágrimas, aunque las contuve.
-    Caramelle…
-    ¿Si?
-    Ya llegó mi hora, por lo menos, sé que algo te enseñé. – me dijo, y por un momento dude de lo que me quería decir con eso – Tomá…
Entonces, dejo en mis manos las tres monedas que el tanto quería de su juego.
-    Cuidalas…
Asentí y él sonrió. No podía detener mis lágrimas, las cuales ya salían de un modo silencioso.
Hang me miró por última vez y dio su ultimo respiro. Era libre…
La tierra latió junto a esa respiración.
-    Ya es hora.
Dijo, con una voz casi inaudible, mirando a las nubes. Su expresión era de una paz envidiable.
El se fue, encontró la paz, y nos dejo a nosotros tres encerrados en este mundo libre.
O por lo menos esa fue la frase que se me curzó por la cabeza.
Lo dejé en el suelo y me dí vuelta para mirar a mis dos compañeros, quienes miraban mudos por la conmoción. Negué con la cabeza, como si esperaran mi respuesta. Ciro no supo como actuar, pero Seth no tardo en ponerse a mi lado y abrazarme. Me olvidé de la incomodidad de la situación, había cosas mas serias.
-    Creo que… antes de que tengamos más problemas, será mejor que nos vayamos. – anunció Seth en cuanto me soltó. Yo me limité a asentir.
-    Está bien. – accedió Ciro a regañadientes.
Nos quedamos mirando al suelo por unos instantes. ¿Qué haríamos con el cuerpo?  
-    Seth, ayudame. – pidió Ciro, sorprendiendonos a ambos. Ciro, pidiendo ayuda… ¿A Seth? Eso era raro.
-    ¿A qué? – preguntó el otro.
Entonces, Ciro tomó por los brazos a Hang y lo alzó. Seth pareció comprender no mucho mas tarde y tomó al cadáver por los pies, y conmigo liderando, llegamos sin problemas a la casa.
La gente había escapado. Supuse que aquellos que solo conocían la amenaza de otro humano, la cual era más familiar, la amenaza de algo que nunca podrían controlar los ponía aún más alterados, por lo cual, no fue difícil que escaparan todos.
Subimos las escaleras y lo dejamos en su cama. Parecía tener tal paz… era envidiable en cierto punto. No me gustó ese pedestal final, ¿pero que otra chance teníamos? No me imaginaba a Ciro cavando una tumba, y menos aún a Seth, y además no teníamos muchos lugares posibles. Con las guerras, no me gustaba la idea… además, seguro que a él le gustaría que su lugar de descanso fuera donde descansó gran parte de su vida, el cual siempre parecía estar en paz.
Seth bajó las escaleras, y Ciro y yo nos quedamos ahí, dando nuestro último adiós. Mi gladiador tenía una expresión algo… cansada, pero no parecía de ese agotamiento de la lucha. Parecía cansado de mí. Me preocupé por un instante, pero después mi ignorancia de siempre me dejó irme. De todos modos, había que dejar descansar en paz a Hang Yue…
Bajé apurada las escaleras dado a que me había acordado de algo. Me acerqué a Seth, quien estaba buscando algo debajo de un sillón.
-    ¿Qué haces? – pregunté, asustandolo de tal manera uqe se levantó bruscamente y se resbaló, callendo de boca al piso. No pude evitar reirme.
-    Caramelle, me asustaste. No… tan solo buscaba algo… - dijo mirando nerviosamente para todos lados.
-    ¿Esto talvez? – pregunté sacando su peine, partido en dos, del bolsillo del uniforme.
-    ¿Dónde lo encontraste? – preguntó sorprendido, tomando las dos partes de ese hostentoso peine lila y verde.
-    En el cuarto de Hang…
-    Gracias. – dijo repentinamente.
Parecía dolido, seguramente sería algo que tenía de hacía bastante… honestamente no me importaba, pero me alegraba el hecho de que por un tiempo no lo vería peinarse.
Me reí de repentino. No entendía como, estando triste, podía reirme sin razón, tal vez era uno de estas cosas que hacía sin darme cuenta para no sentirme mal, como cuando practicaba con mis poderes.
Seth no rió, pero logró esbozar una sonrisa de sorpresa.
-    ¿Se puede saber de qué se ríen? – preguntó Ciro de mal humor.
-    Nada. – contesté.
-    Acaba de morir…
-    Si, lo sé, y no creo que haya querido que estuvieramos arrastrandonos en el piso de la angustia. – me quejé, haciendo un esfuerzo enorme por no reirme de la imagen que tenía en la cabeza de Seth arrastrandose en el piso, llorando, con su peine roto en mano.
-    Pero por lo menos tenele algo de respeto…
-    Estoy bastante segura de que le tengo más respeto que vos, además, no te quejes después de todo lo que hice hoy por vos.
-    Seth… dejanos a solas. – ordenó Ciro, como si ahora él fuese quien diera las órdenes. Estaba muy equivocado, porque esa, en cierto punto, debería ser yo. Esa idea me dio algo de fuerzas para seguir las discusión.
Seth se fue y cerró la puerta de la sala tras él, estaba demasiado ocupado mirando su peine como para tener curiosidad.
-    ¿Qué te pasa? ¿Acaso está prohibido el libre albedrío también, o es solo reirse lo que no se puede?
-    No seas exagerada. – pidió con desprecio, ese no era el Ciro que conocía… - ¿Estas loca?
-    ¿Qué? Estoy bastante segura de que no…
-    ¿Entonces por qué hiciste todo eso? – me preguntó. Sus ojos eran fríos y me taladraban la conciencia, aunque era demasiado terca para dejar que me doblegaran. Con nuestras miradas fijas en los ojos del otro, las amenazas y en cierto punto un odio que no estaba segura si era una creación de mi imaginación o era en serio, cruzaban de un lado a otro de una manera elegante y sutil, y desgraciadamente, más dolorosa y significativa de lo que hubiesen sido un par de palabras.
-    ¿A qué te referís?
-    A esto. – respondió, tomando bruscamente una parte del uniforme. Me ruborizé.
-    ¿Qué tiene?
-    ¿Qué tiene? – repitió con enojo - ¿Qué tiene? Nada, total, se daban cuenta de que eras mujer y encima una fujitiva y te hacían una ovación por tu valentía.
-    Hubiera sido interesante. – bromeé.
-    ¡Caramelle escuchá! ¡No podes ser tan terca y suicida!
-    No soy suicida, hay una gran diferencia en cuanto a dignidad entre una persona que no le teme a la muerta a otra que quiere morir porque no puede lidiar con su vida…
Pero no pude seguir hablando. Ciro me tomó por los hombros y me sacudió con fuerza, aunque no la suficiente como para que pareciera un bruto. Su mirada era todavía mas severa, aunque no me afectaba en lo mas mínimo… o eso quería creer.
-    No tenías razón alguna por la cual hacer todo eso…
-    Claro que sí, - le contradije - ¿Qué querías? ¿Qué te dejara morir?
-    Hubieramos muerto los dos.
-    Me subestimas, me parece que mas de una vez ya demostré que soy más que capaz. No soy alguien fácil de matar, me parece uqe lo sabías, después de todo, lo dijiste.
-    No…
-    Y estamos acá, parados en la sala, hablando. No estamos muertos, - insistí – sino no podrías sostenerme ahora.
-    Nunca vas a entender, ¿verdad?
-    Me parece que sos vos quien debería entender. – concluí, soltandome tanto de toda opresión y caminé hacia la puerta, cuando agarré la manija, me dí media vuelta para molestarlo – Llamame si lo haces.
Entonces, di vuelta la manija cuando algo tira de mi para atrás de mi otra mano.
Lo proximo que supe, estaba rodeando a Ciro con mis brazos. Ciro y yo… ¿besandonos?
Mi mente estaba en blanco… era muy molesto. Desde que me había despertado nunca había tenido mi mente en completo blanco. Simplemente me deje llevar por el momento… pero no entendía. Era demasiado nuevo… sus brazos rodeandome la cintura, con un cosquilleo sutil, me ponían la mente como si fuera una nube de humo. No se describirlo, tampoco sabría haberlo descrito en ese momento… aunque tampoco me interesaba, para ser honesta.
Una vez que me soltó, su mirada ya no era tan seria, sino mas divertida, y esbozaba una sonrisa que me hacía estremecer hasta la última de mis terminaciones nerviosas.
-    No me llamaste. – le dije.
-    Lo sé.
Bueno… si lo que había vivido hasta ahora era bizarro, no quier enterarme de lo que había sido eso.


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