Era un día muy
caluroso de verano. Eran vacaciones y me sentía más feliz que nunca. Odiaba la
escuela, la gente, todo. Una vez más me había quedado con mis padres, no podía
evitarlo, eran amigos, eran probablemente las únicas personas que podrían
aguantarme en mis momentos constantes de locura y reir conmigo. Mi hermanito
tambien estaba ahí… con su pelo del mismo castaño que el mio pero mas lacio, y
sus ojos grandes y marrones con una inocencia adorable. Estábamos en el patio
trasero, que no era ni tan grande ni tan lindo como el del vecino, pero me
encantaba. Tomabamos algo, reíamos de algo que desconocía, pero quería reir con
ellos. Todo era perfecto, estaba con mi familia en mi casa, el olor de las
rosas y violetas del otro patio… era feliz. La sonrisa no podía salir de mi
rostro.
Como todo en la
vida, ese momento tan perfecto no duró para siempre. Un terremoto quiso
derrumbar tanto mi casa como mi felicidad. La tierra se movía con violencia,
como si se estuviera desquitando después de largos años de torturas y terror.
El miedo me invadía al ver el rostro de mis padres. Sus sonrisas desaparecieron
y sus facciones que antes mostraban alegría ahora mostraban preocupación y en
no mucho tiempo… la nada. Eran bolsas, eran recipientes sin nada… eran cuerpos
sin almas. Ahí estaban, pero no eran mis padres, solo eran dos cuerpos donde
solían habitar las personas a las que más quise ver en mi vida.
Habían muerto.
- Papá… Mamá…
Pero no
contestarían, eran solo cuerpos y sus almas, sus mentes, ellos… ellos ya no
estaban ahí.
Con terror, fui
tras mi hermano, quien estaba adentro de la casa en ese mismo instante. Dios
sabe lo que le pudo haber pasado, la casa se estaba derrumbando… pero aún tenía
tiempo, si estaba en su cuarto, estaría a salvo.
Entré lo mas
rápido posible, ya que el temblor entorpecía mis piernas. ¿Era normal que un
terremoto durara tanto? Debería haberme encargado de estudiar geografía…
- ¡Nacho! ¿Estas ahí? – grité en cuanto
llegué a entrar a la casa.
- ¡Hermana! – escuché gritar, en un
sollozo desesperado - ¡Ayudame, por favor!
- ¿Dónde estas?
Pero ya no
escuchaba nada. Sentí como si alguien estrujara sin piedad mi corazón. No podía
dejar que mi hermanito muriera…
Una de las
paredes empezó a crujir, y percibí el olor al fuego… creo que jamás estuve tan
alterada en mi vida. Corrí hasta encontrarme con la puerta de su cuarto. Los
crujidos de las paredes acrecentaban en su sonido y cantidad.
No podía entrar,
había fuego, fuego en todas partes cuyas flemas me amenazaban, se retorcían y
me pasaban en altura debido al brusco movimiento de la tierra. Sin pensarlo dos
veces, pateé con rapidez la puerta para abrirla y di un salto para cruzar al otro
lado sin quemarme… demasiado.
Mi brazo ardía
una vez que alcancé el otro lado. Nacho estaba tirado en el piso tosiendo y
escupiendo sangre. Me asusté, no podía dejar que muriera… era lo único que me
quedaba.
Despues de
palmear un par de veces mi brazo para asegurarme de que no se incendiara, tome
a mi hermano en brazos y, con la adrenalina chocando contra mis venas, rompi la
ventana con el pié y salí.
La casa aún no
se desmoronaba, pero si se incendiaba, pero tanto yo como nacho estabamos casi
a salvo afuera, donde la tierra aún vibraba con furia. Mi hermano aún tosía, y
me miraba con angustía.
- Hermanita, ¿me voy a morir?
- ¿Qué? ¡No, no! – exclamé con las
lágrimas desbordándose por mis ojos – Vas a estar bien te lo juro, te voy a
cuidar, voy a estar a tu lado hasta el último de mis días… - prometí en vano.
Una parte de mi cerebro estaba lleno de esperanza, pero otra parte que era la
más racional me decía que él iba a morir… que no tenía mucho mas tiempo… las
lágrimas caían en cascada por mis ojos, pero no sollozaba.
- Entonces… ¿Por qué lloras?
- No importa, todo va a estar bien.
Posó su mano
sobre mi mejilla y me miró a los ojos. Su alma se estaba escapando de su cuerpo
y pronto sería lo que mis padres: un envoltorio.
- No te preocupes. Puede que muera pero
nunca vas a estar sola.
No pude evitar
el sollozar, posé mi frente contra la suya.
- No vas a morir…
- Si. – dijo con seguridad y fingida
tranquilidad, ya que su voz estaba medio quebrada por el miedo – No tenes que
hacerte la fuerte. Todo va a estar bien, no me importa… Siempre voy a estar con
vos…
Entonces, sus
ojos se apagaron, su alma se esfumó como la de mis padres, dejando detrás una
lágrima llena de sentimiento, dolor y… ternura.
- Nacho… ¡Nacho! – exclamé, abrazandolo
con fuerza, sollozando con una fuerza que superaba.
Cuando la luz se
desvaneció de sus ojos, la tierra de repente dejo de temblar, pero daba
sacudidas. Pam… Pam… eran latidos, los latidos de la tierra que sentía en lo
mas hondo de sí la angustia de las muertes, sentía mi angustia, mi dolor, y sus
latidos iban al compás de los mios y de la música mas triste y melancólica
jamás escuchada.
Entonces, de la
nada, senti como si mi corazón se detuviera, como si se congelara. El frío de
él se esparció por mis venas, congelandome completamente. Primero el pecho, el
torso y las extremidades a la vez.
Ya no quedaba
nada.
Todos habían
muerto, y yo ahora era un alma atada a un recipiente congelado del cual no se
me permitía escapar para ser libre y juntarme con las de mi familia.
Estaba atada a
este mundo.
El mundo no me
quería dejar ir.
¿Por qué yo?
¿Por qué…?
Esas fueron las
últimas preguntas que me hice, antes de caer congelada sobre mi hermano.
Nota de
Autora:
estuve escribiendo
estas historias desde hace un año casi, y todavia lucho para terminarlas. Es
complicado hacer algo cuando tantas ideas cruzan tu cabeza. Solo queria
agradecer a todos los que, ultimamente, me dan animos para seguir escribiendo,
como Martu, que es mi asesora en estos temas, Nacho y Annie, que aun estan
leyendo. Gracias!! y a esos que leen estas historias de mi blog les digo lo
mismo :D

0 comentarios:
Publicar un comentario