Descubrí la
rapidez de mi propio cerebro en ese segundo, o talvez no era mi cerebro pero
por lo menos había actuado asombrosamente rápido.
-
¡No! – grité, aunque nadie puso escucharme más que el hombre ya que al instante
posó su mano con una fuerza exagerada en mi boca.
-
¿Acaso no aclare que morirías sino te callabas? – preguntó - ¡Mierda!
Sin pensarlo
siquiera en lo asqueroso que sería, le mordí la mano para liberarme. La sacó al
instante pero seguía manteniéndome contra el suelo. Con una patada en las
partes bajas logré liberarme de ese hombre que, en ese momento, se encontraba
tirado en el piso retorciendose del dolor.
Que hombre más
exagerado… pensé mirándolo asqueada.
Sin dudarlo,
cerré la puerta de la cocina… pero no tenía traba. El forcejeo fue largo, pero
esto era como una película de terror. Su mano atravesó la puerta, dejando
cenizas y astillas en mi pelo. Me buscaba a ciegas, tocando todo lo que estaba
al alcance de su mano.
-
Que hombre mas raro… - pensé en voz alta.
-
¡Estas muerta pendeja! – exclamó amenazadoramente.
Me enoje
bastante, me molestó mucho ese insulto. Abrí la puerta bruscamente y él salió
disparado con ella siendo empujado por su brazo que aún atravesaba la antigua
puerta. Como si fuera un acto reflejo, volví a cerrar la puerta, la cual le
golpeó la cabeza y tiró al piso con un pedazo de puerta aún en su mano.
¿Por qué todo
esto era tan bizarro? Miraba incrédula al hombre en el piso sin poder creer que
una chica tan débil como yo había tirado en el piso a un hombre tan fuerte como
ese. Simplemente no tenía sentido alguno.
-
Pensalo dos veces antes de llamarme pendeja, tarado. – le insulté, como
venganza.
Antes de que
lograra levantarse, corrí escaleras arriba. ¿Cómo era que nadie venía? ¿No se
habían levantado con los ruidos?
Antes de que
pudiera seguir subiendo me tomó de la cintura y me tiró al suelo, golpeandome
la cabeza. Se puso encima mío, cosa que no pude evitar malpensar, me tapó la
boca para que no pudiera gritar y me tomó con fuerza de las muñecas. Me dolía
bastante y su peso me impedía respirar. No quise suplicar que me liberara, eso
era patético, aunque forcejeé por ella. Algo en su mirada me desconcertaba… me
miraba como si viera algo fuera de lo común por primera vez en su vida.
-
Soltala. – ordenó Ciro, apareciendo repentinamente apuntándolo con una espada
enorme y reluciente, con un mango al rojo vivo.
Su camisa negra,
completamente abierta, bailaba con el poco viento que recientemente cruzaba por
la ventana haciendolo ver aún mas impresionante. Verlo ahí parado con su espada
defendiendome era… casi como una alucinación. Su pelo tambien se movía con el
viento, completamente despeinado. Se veía tan salvaje, lo único que quería
hacer era ir y tirarme en sus brazos, que luchara por mi, pero era demasiado
orgullosa, y hasta ese momento estaba yo luchando por él.
-
¿Por qué? ¿Te molesta que toque a tu novia? – preguntó.
Me sentí
avergonzada, pero no me inmuté. Miraba a Ciro sorprendida, tenía una mirada
asesina. La seriedad y odio que reflejaban sus facciones daban miedo, aunque
nunca me había parecido tan llamativo como hasta ese momento.
-
Haceme repetirlo y te atravieso con mi espada. – amenazó.
-
No me das miedo… – anunció – Y no te gastes tanto, no te va a querer porque la
defiendas…
La presión había
desaparecido de mis muñecas y boca, su poder era grandioso, y antes de que
fuera demasiado tarde me escabullí por debajo del hombre y lo ataqué por
detrás, con una rapidez que nunca hubiera imaginado en mi misma. Con un simple
golpe ya logré tirarlo al piso, pero no tenía la fuerza suficiente para
vencerlo.
-
Callate, no sabes nada. – le dije. La verdad era que le estaba más que agradecida
a Ciro…
-
Wow… - exclamó Ciro sorprendido - ¿No se suponía que las mujeres eran débiles?
– bromeó.
-
Callate. – ordené, y sorprendentemente me obedeció.
-
¡Pendeja de…! – dijo el hombre dandose vuelta.
Quise ir a
golpearlo, esa palabra me inspiraba violencia, pero Ciro me tomó del brazo y me
puso detrás suyo.
-
Dormite. – le ordenó al hombre con esa voz melosa que había escuchado antes en
mi casa, y no tardé en darme cuenta de que estaba usando su “poder”.
No hable, no le
quise interrumpir. El hombre se quedó dormido al instante. Chico obediente pensé
divertida, como si fuese un perro. Ciro lo tomó por los hombros, apenas
pudiendolo levantar, con una cara de sufrimiento y esfuerzo.
-
Vale ayudar, ¿no? – dijo, mirandome de mal humor – lo quiero encerrar en el
guardarropas.
-
Hubiera sido mas inteligente mandarlo al guardarropas y después dormirlo, de
todos modos vos podes obligarlo a hacer lo que quieras, si no me equivoco.
Su expresión me
decía a los gritos que se sentía avergonzado, en especial ya que, por lo que me
imaginé, él planeaba agrandarse con su poder pero justamente yo lo tuve que
desmentir.
-
Callate. – me dijo, con la mirada de un nene caprichoso.
Lo ayude a
dejarlo en el armario, el hombre era extremadamente pesado. Con mucha
dificultad, cerremos la puerta y la trabamos con la silla.
-
¿Qué hacías despierta? – me cuestionó.
-
No me podía dormir, tenía mucha hambre, fui a la cocina y vi a ese tipo. –
expliqué omitiendo mis dudas existenciales y recuerdos deprimentes.
-
Si, vi como peleaste. – contó con una sonrisa que oscilaba entre la burla y el
orgullo.
-
¿Y no me ayudaste antes? – exclamé indignada, y él dio un paso atrás asustado.
-
No… fui por mi espada, ademas, lo estabas haciendo bien, me imagine que no te
haría nada… - intentó explicar – Perdón.
Miraba para
abajo, realmente arrepentido. Era tierno por momentos…
-
No te preocupes… pero a cambio me vas a tener que dar algo de comer. – propuse
conmovida por su rostro.
-
¡Hecho! – dijo.
Entonces, me tomó
de la muñeca y me llevó a la cocina. Ignoré el dolor de mis muñecas, las cuales
se retorcían de dolor con los moretones que me había dejado el hombre.
Me senté
tranquila y lo observé cocinar. Hasta en la cocina era una persona segura de lo
que hacía, lo cual me sorprendía.
-
No sabía que cocinaras. – comenté.
-
Hay muchas cosas que no sabes de mi. – dijo.
Me reí. Claro,
hacía menos de un día que lo conocía, no era algo que me tuviera que
sorprender. Pero cuando Ciro me miró con cierta ternura me callé. Él negó con
una risa irónica y volvió a lo suyo.
-
Podrías contarme algunas. – propuse.
-
No hay mucho que tengas que saber, ademas, sería algo injusto que te contara mi
vida si vos no me contas la tuya.
-
No hay qué contar, no hay vida que pueda contarte algo de mi. – dije ocultando
mi tristeza tras una sonrisa.
-
¿Y lo que recordaste? – preguntó, mirandome con interés, inclinandose hacia mi.
Supuse que se lo
tenía que contar… ¿Qué daño me podría hacer? No parecía mala persona, me había
defendido y al parecer confiaba en mi… ¡e incluso me cocinaba!
No tenía
suficientes razones por las cuales quedarme con el secreto.
Para cuando
terminé, levanté la vista, hasta el momento baja, para ver su cara de compasión
y seriedad. Saqué las lágrimas, que estaban siendo retenidas por mis párpados,
con mis manos con vergüenza, pero el me tomó con suavidad de la mano y me miró
a los ojos.
-
Perdón – dijo – si lo hubiera sabido no te hubiera tratado como un idiota…
Su mirada era
hipnotizante. Todo lo que veía era un mar esmeralda, en el cual la tranquilidad
y la ternura me inundaban… pero me sentía demasiado incómoda, necesitaba salir
de ese momento tan molesto.
-
Pensé que asi eras siempre. – bromeé como modo de escape.
Ciro río, como si
el que dijera eso fuera algo inevitable que él esperaba, y volvió a cocinar.
-
No, no siempre. – contestó él.
-
Menos mal, talvez me caigas bien. – dije con una sonrisa.
Él se quedo
quieto por un solo segundo, y después siguió con lo suyo.
-
Bueno saberlo… - dijo en un tono casi inaudible.
¿Qué decía? Era
imposible que Ciro no me cayera bien.

0 comentarios:
Publicar un comentario