Mundo Real 15

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Desde que me desperté en aquel mundo extraño solo había llegado a entablar alguna “relación” amistosa con tres personas: Ciro, Yuki y Hang Yue.
Hang Yue era bastante grande para lo que eran las épocas. No superaba los secenta años y sus arrugas demostraban la experiencia de un hombre de mas edad, aunque su actitud era de alguién bastante mas joven. Era un hombre activo, sin aparentes preocupaciones. Había sido una desgracia conocerlo en un momento tan difícil de su vida, ya que el que había sido su primer aprendiz acababa de morir debido a sus enseñanzas. Hang Yue me contaba mucho, de su vida y de sus creencias, intentaba enseñarme… creo que me quería de aprendiz a mi tambien. Creo que durante los tres días que nos ocultamos en la acojedora casa del viejo, estuve mas tiempo con él de lo que estaba con Ciro o Seth, quienes estaban solos la mayoría del tiempo. Me divertía mucho las cosas que me enseñaba, era un hombre sabio, aunque no sabía si era él o era yo que me lo imaginaba todo. Sin embargo me entretenía mucho imaginando los posibles misterios que se guardaba para él mismo.
Su aprendiz, el congelado del pasado, había sido aparentemente alguien de gran talento aunque poco carácter. Hang Yue al parecer había previsto esa actitud, lo cual me parecía raro. A él le enseñó todo lo que sabía, pero por desgracia, el chico no tenía ni la capacidad ni la sabiduria de su sensei.
-      Lo que Thony necesitaba era alguien que lo complementara, y viceversa. Una persona impulsiva, rápida de pensamiento y movimientos, a la cual le falte la paciencia, logre defender sus creencias con garras y dientes… aunque que el otro necesite aprender a calmar, a buscar su paz interior. – me contó un día – Yo creo que necesitaba alguien con quien lograr un equilibrio… y creo que esa persona hubiera podido ser usted.
-      ¿Yo? Yo no soy tan rápida, y menos aún impulsiva…
-      No, total, todo fue una perfecta actuación ensayada y perfeccionada las peleas con el intruso, los raptores, el soldado… - comentó Ciro, quien esstaba sentado, mirando por una ventana, escuchando nuestra conversación desde lo lejano.
-      Bueno, talvez soy un poco impulsiba…
-      ¿Un poco? – insistió Ciro.
-      ¡Basta! – exclamé - ¿Qué son esas monedas de ahí? – pregunté con cierto interés a unas monedas, con letras chinas, que estaban en una bolsa arriba de la chimenea.
-      Sabía que te interesarían, - dijo con una sonrisa llendo a buscarlas, y entregandomelas, eran tres perfectas e iguales monedas - ¿Tenés alguna pregunta?
-      Eh… no, en realidad, no sé si las preguntas que tengo podrían responderme las monedas…
-      ¿Cuál es?
-      Quiero saber… quien soy. – dije con mirada ausente en la nada que eran mis recuerdos. Ciro se volteó para verme.
-      Y, los hexagramas del Yi Ching no te van a devolver tus recuerdos, aunque…
-      Si cambiara la pregunta tal vez algo de información sacaría. – concluí.
-      Muy bien… si tenés la pregunta, hacela. Tirá las monedas.
-      Tengo que decirla en voz alta, para que la pueda interpretar, ¿cierto?
-      Si.
-      Bueno…
Lo pensé con seriedad. Solo había una pregunta que me parecía lo suficientemente válida, aunque en realidad, tenía dos. Pero una de ellas no la uqería preguntar frente a Ciro. Tenía un extraño presentimiento, una especie de sabor amargo que me decía que pronto algo pasaría.
-      Cuando voy a saber quien soy… - dije antes de tirar las monedas.
Las monedas cayeron haciendo un ruido agudo, aunque agradable para mí. Las monedas no parecían decir tanto, aunque sabía que siempre parecería eso, no como el tarot que en cierto punto la imagen algo te muestra, aunque siempre el significado parezca ser al revez de los que uno piensa. El Yi Ching era como Hang: misterioso, sabio y poco demostrativo, aunque bastante llamativo por esas mismas razones.
Había un lado que yo denominaba el mas simple y otro más complicado. Cuando calló, dejando mostrar dos monedas con el lado más complicado y otra no.
-      ¿Ocho? – pregunté sin pensar.
-      ¿Cómo sabías? ¿Ya habías jugado? – me cuestionó Hang Yue.
-      No, y tampoco sé. Simplemente parecía serlo. – contesté con una sonrisa.
-      Tiralas otra vez.
-      ¿Tengo que tirarlas seis veces?
-      Si… ¿Estas segura que no las tiraste antes? Debiste haber jugado antes de perder la memoria…
-      Es posible, aunque lo dije como un comentario estúpido, porque pense en tres por dos…
Termine las veces que las tenía que tirar. Ocho, nueve, ocho, seis, ocho y siete. ¿Qué significaba?
-      Tenes que tener cuidado. Todavía tenés muchas cosas que aprender antes de poder recordar tu vida. Talvez, lo que tenés que hacer, es vivir la que tenés ahora, porque después de todo va a ser la única que vas a vivir de ahora en adelante. – explicó, y tanto Ciro como yo escuchabamos con atención – Evita quedarte estancada en las fantasias estas de saber sobre tu vida pasada, porque talvez perder tus recuerdos fue lo mejor que te hubiese podido pasar. Pensá esto, si recordaras tu vida, no podrías concentrarte en algo que es más importante…
-      Como tus poderes. – propuso Ciro, quien se había sentado al lado de Hang.
-      Si… seguro Ciro… - dije en tono de burla.
-      No… es posible. – dijo Hang mirandome con interés y acercandose más a mi – Ya me parecía que había algo raro en vos…
-      ¿Ves que no soy el único? – me pregunto Ciro.
-      Si si… pero entiendanlo, estan locos. No tengo ningun poder. No soy como vos Ciro, yo soy ordinaria.
-      Si fueras tan ordinaria nunca te hubieras ubicado en el palacio de los pasadizos, y tampoco hubieras hecho el incendio.
-      Si… y las aire cambia cuando te cambia el humor. – comentó el viejo observador.
-      ¡No hice el incendio! ¡Nunca voy a poder hacer algo asi! – exclamé, perdiendo la paciencia.
-      Claro que si, veni, vamos afuera. – dijo, con cierto entusiasmo y tomandome del brazo Ciro – Tenemos que probar.
-      No te vas a rendir nunca, ¿no? – consulté, me ponía algo nerviosa el hecho de que insistiera tanto en eso.
-      Hasta que no comprobemos lo contrario, no. – contó con una sonrisa.
Salimos de la casa, entonces me di cuenta de que Seth estaba desaparecido. Creo que había ido a averiguar algo, pero ni idea, no había prestado atención.
Ciro explicó su teoría de que yo podía dominar todo lo que sea natural por así llamarlo. Si me lo proponía podía cambiar la dirección de los vientos, la agitación de los mares, los incendios, el calor y el frío, incluso podría lograr hacer que sus tierras brillantes y erosionadas volvieran a ser fértiles, en el mejor de los casos. Yo lo veía como se lo ve a un demente. Aunque el hecho de que podría ser una locura hizo que me lo creyera aún más. ¿Quién decía que los locos son los que están locos? Con todo lo que había vivido ya debería haber perdido la cabeza y sin embargo mi mente funcionaba a la perfección, como un reloj suizo, o así se decía. La duda de cual sería la realidad correcta, y si realmente había una, o eran varias, o inexistente apareció, pero no era momento de discutir eso, ahora mejor entretenerme con un caso que se relacionaba más directamente conmigo misma.
Ambos me miraban con profundo interés.
-      No soy un dinosaurio, no me miren así. – pedí con sarcásmo, completamente nerviosa.
-      No, pero sin duda sos más que fascinante… - comentó Hang, recorriendome y acariciandose la barbilla. Hasta ahora, la gran mayoría de los hombre que conocía tenían un tic con acariciarse, en especial cuando pensaban. Seth tenía el tic de peinarse con ese peine o pasarse la mano por el pelo cuando pensaba o se enojaba, haciendolo ver aún más gracioso. Hang tenía el tic de tocarse la barbilla cuando pensaba, y estaba segura de haber notado que Ryota se acariciaba el codo cuando estaba en momentos de tensión.
-      Entiendanlo, soy una persona normal…
-      Para nada. – dijo Hang Yue.
-      Por favor, por lo menos intentalo… - suplicó Ciro.
-      Está bien, - accedí – solamente porque estoy aburrida, no significa que les crea. – mentí.
-      Gracias…
-      ¿Qué tengo que hacer? – pregunté.
-      Ciro, vos decis que tiene que sentir algo… - dijo Hang – Caramelle, intentá sentir algo, algo triste que te haya pasado, algo que te enoje o entristezca.
-      A ver… tal vez algo triste…
Y pensé en el único recuerdo que tenía: la muerte de mi hermano.
Cierta angustia me atacó. Era normal, pero no podía aguantarla. Era demasiado sentir para mi. Esa presión en la garganta, el ardor en los ojos, la nube de miedos y confusiones que llenaban mi mente y me atacaban… eran demasiado. No pude prestar atención en el exterior, pero el recuerdo fue algo rápido. Lo esquivé con una velocidad asombrosa, de la cual nunca me creería capaz. Supliqué el no ser una negadora, no quería serlo, pero había cosas de mi misma que no podía evitar, Ciro tenía razón, era impulsiva, aunque no era por un motivo de manera de ser, yo creía que eran mas como… actos reflejos que tanto mi cuerpo como mi mente, que sabían más que yo misma de mi persona, hacían. Era como si mi mente, mi cuerpo y mi conciencia estuvieran separados por abismos de información y comprensión por más ridículo que suene…
Despues intente con un sentimiento distinto: la ira. Pero era imposible. Había algo en mi que no se podía enfurecer, porque de un modo u otro terminaba burlandome de la situación y riendome. Me sentí patética de no poder sentir estos arrebatos de sentimientos tan normales en un ser humano pero por otro lado me divertía aún más.
Si, era muy rara.
-      Es imposible. – me resigné.
-      Claro que no, es que no te concentrás… - se quejó Ciro mirandome con seriedad.
Entonces nos sobresaltó el ruido de la puerta abriendose repentinamente. Seth se hallaba ahí, de pie, muy agitado a punto de desmayarse, no costó el darse cuenta de que había corrido bastante…
-      ¡Nos persiguen los que mataron a Thony!
-      ¿Los cazadores de brujas? ¿Cómo? – preguntó Hang, pero ya era tarde.
Mi susto fue tal que sentí un temblor en mis antebrazos, y el enojo que me dio el hecho de que Seth fuese tan torpe empeoró las cosas. Sentí algo raro… ese temblor no me pareció normal, y cundo pensé que iría y lo golpearía, un repentino trueno había roto la rama de un árbol cercano y caído sobre su cabeza.

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