Mundo Real 17

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Sentí como si volviera momentáneamente en el tiempo y viera a Yuki cuando la encontré en aquel sótano, lo único es que esta imagen era más shockeante. Nunca vi algo menos natural en mi vida que Ciro atado a una silla, con los ojos vendados y amordazado, completamente indefenso…
Por un momento dudé de la femineidad de mis rasgos, dado a que no me fue muy difícil engañar a los soldados una vez disfrazada. Talvez… no habían prestado demasiada atención. La gente que se piensa uqe es muy atenta siempre pasa por alto las cosas más insignificantes.
De todos modos, lo importante era que Ciro volviera con nosotros y escapar si podíamos… y esperaba que pudiera ser con Hang.
¿Cómo haría para abrir las rejas y sacar a Ciro de ahí sin que me detengan? O peor aún, sin que me maten a mí o a él.
En el lugar no habrían más de un par de soldados, pero me superaban demasiado en numero. ¿Qué haría, qué haría…?
Entonces una luz se me encendió. ¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Sería posible, siquiera? Bueno, valía la pena intentar, Ciro confiaba en mí…
¿En qué tendría que pensar para lograr algo? Ya la situación era suficiente… solo dejate llevar, dijo algo en mí. Con mucha concentración logré hacer algo. Apenas fue un temblor al comienzo, un par de cosas cayeron, pero a medida que las cosas funcionaba, mas emocionada e impaciente me ponía… y mas temblaban las paredes.
No era como los temblores anteriores. En cierto punto, era más débil, sin embargo tenía… parecía… parecía decir algo. No estaba segura y no tampoco tenía tiempo.
La gente escapaba a medida que la amenaza de que la amenaza de quedar aplastados por el techo se hacían más grandes. Tenía que actuar…
Un soldado intentó llevarme, explicandome el peligro en el que nos encontrabamos, pero no lo escuchaba. Le pedí que liberara a Ciro, pero lo único que dijo fue que de todos modos, moriría incinerado. La rabia era mucha, pero tenía que ser cautelosa. No podían darse cuenta de lo que había hecho, porque si nos habían juzgado sin razón, si me veían encima con el uniforme del ejército haciendome pasar por un soldado mas, estaría como Juana de arco. Negué… ¿Qué haría?
El fuego empezó a aparecer. Las llamas bailaban alrededor nuestros, atentando contra nuestras vidas, mientras Ciro parecía no darse cuenta de nada. El otro era una gran persona si no fuera por el hecho de lo que pensaba de Ciro y de mi. Era de esos que nunca dejan atrás a un compañero. Era enternecedor, pero me veía obligada a atacarlo, o hacer algo para que se fuera…
Entonces se me ocurrió una idea estúpida que podría funcionar. Asentí y le tomé del brazo, empujandolo a la salida. Una vez afuera, pude cerrar la puerta y volver a rescatar a Ciro.
Baje a las corridas hasta llegar a donde Ciro estaba, y con mucha dificultad con el temblor que había creado y no sabía parar busqué las llaves. Ciro parecía ser muy valiente, era obvio que estaba despierto, sin embargo, con todo lo que pasaba, no emitía sonido. O talvez estaba en estado de shock o… ¿ambas?
De todos modos, no lo quería dejar así, me ponía aún mas nerviosa su expresión orgullosa y casi solemne.
-    ¡Ciro! – exclamé.
Su expresión cambió casi al instante. De esa valentía previa a la muerte al miedo a la muerte ajena. O eso quería creer.
-    ¡Caramelle! ¿Qué haces aca? ¿Estas loca? – preguntó, desesperado. Algo en mi se alegro, y esos nervios pasaron a ser una alegría un poco bizarra.
-    ¿Te pensaste que te dejaría morir?
-    Pero… ¿Qué esta pasando?
-    Tenías razón con los poderes, - dije buscando las llaves – Puedo hacer que las cosas… cambien. No se… el terremoto… fue para que se fueran los vigilantes.
-    ¿Dónde estamos?
Entonces encontré las llaves. No respondí a sus preguntas, solo me limite a abrir las rejas. Corrí hacia la silla donde él se sentaba y le desaté primero los ojos, los cuales me miraron fijo y confundidamente a los ojos. Sentí un temblor diferente al exterior en la boca del estómago. Miré para otro lado avergonzada. Le desaté las piernas y después las muñecas.
Ciro aún me miraba horrorizado. Yo estaba arrodillada cuando él se paró y me miró de arriba abajo.
-    ¿Qué es esa ropa…? – preguntó horrorizado.
-    ¿Qué? ¿No te gusta? – dije con nervios, aún tenía puesto el uniforme.
-    No… ¿Qué hiciste? – ya no podía seguir bromeando, y mentirle sería muy obvio.
-    ¿Cómo te pensaste que hice para llegar acá?
-    ¡No se! ¿Te infiltraste?
-    No, es solo una ilusión. – bromeé contra mi voluntad.
-    ¡Caramelle! ¿No te das cuenta de lo que…?
-    ¡Callate! – exclamé al escuchar unas voces.
-    Pero…
Le tapé la boca y lo empujé a un rincón oscuro para escondernos. Entonces me di cuenta que el temblor se había detenido, aunque no sabía hacía cuanto.
Eran solo unos soldados, afuera del lugar en el que nos encontrábamos.
-    Quedate aca. – susurró Ciro a mi oido.
Entonces fue escaleras arriba, a ver si podríamos escapar. No me gustaba la situación ¿Por qué él tenía que ser ahora el heroe? Me divertía mas cuando yo solcionaba las cosas y terminaba salvando a todos…
-    Ciro…
No sabía que pasaba, y eso me ponía aún peor. En cuanto lo perdí de vista decidí seguirlo. Verlo usar su poder me hacía acordar a algo… unos libros. Imperius… pensé, entonces recordé uno de mis libros favoritos, y por un momento no pude creer que me había olvidado de Harry Potter, la razón por la cual me había decidido en ser escritora.
Gracias Ciro… le agradecí por dentro.
Mandó a los soldados a encerrarse a si mismos, y cuando estos se fueron parecía bastante divertido, aunque al verme, su expresión cambió para mostrar seriedad y preocupación. Con un frío movimiento con la cabeza indicó el camino para irnos.
Estaba enojado conmigo. Idiota…
Salimos y Ciro se detuvo, con la duda de cómo hacer para salir.
-    Sos tan lento… - le acusé.
-    ¿De que hablás?
-    No sabes como salir, ¿verdad?
Se quedó mirandome, y no pude evitar reirme. Le tomé de la muñeca y lo llevé a donde estaban los caballos y los carruajes.
Le solté y me subí a uno de los caballos, y con una sonrisa, intentando hacer que se olvidara de su enojo y le tendí una mano para que se subiera también.
Bueno, ni el salvarlo ni el sacarlo de ahí sacó su enojo, y mi paciencia llegaba a su límite. Sin embargo, el viento que golpeaba mi cara a medida que avanzábamos en el caballo. Me pregunté porque, aunque pareciera que cabalgara bien, perdía tanto el equilibrio. Ciro, que estaba detrás mio, tenía que sujetarme no para no caerse bien, sino para que yo no me fuera volando o me callera por un costado del animal.
Llegamos sin dificultad a la casa de Hang, y teníamos la suerte de que los soldados fueran tan ignorantes de creerse que era uno de ellos por mi vestimenta. Entramos a la casa a hurtadillas e intentamos encontrar al resto.
Subimos las escaleras, a donde supuestamente habían ido, pero ya no estaban. Miramos por todas partes… nada.
Los nervios eran demasiados.
Entré al cuarto de Hang Yue. No era grande, y tenía pocas cosas, pero algo en el ambiente te hacía sentir bien, como si estuvieras bienvenido. No estaban, pero algo me dijo que definitivamente no estaban a salvo: el peine de Seth, roto, en el suelo al lado de la cama.

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