Sentí como si
volviera momentáneamente en el tiempo y viera a Yuki cuando la encontré en
aquel sótano, lo único es que esta imagen era más shockeante. Nunca vi algo
menos natural en mi vida que Ciro atado a una silla, con los ojos vendados y
amordazado, completamente indefenso…
Por un momento
dudé de la femineidad de mis rasgos, dado a que no me fue muy difícil engañar a
los soldados una vez disfrazada. Talvez… no habían prestado demasiada atención.
La gente que se piensa uqe es muy atenta siempre pasa por alto las cosas más
insignificantes.
De todos modos,
lo importante era que Ciro volviera con nosotros y escapar si podíamos… y
esperaba que pudiera ser con Hang.
¿Cómo haría para
abrir las rejas y sacar a Ciro de ahí sin que me detengan? O peor aún, sin que
me maten a mí o a él.
En el lugar no
habrían más de un par de soldados, pero me superaban demasiado en numero. ¿Qué
haría, qué haría…?
Entonces una luz
se me encendió. ¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Sería posible, siquiera? Bueno,
valía la pena intentar, Ciro confiaba en mí…
¿En qué tendría
que pensar para lograr algo? Ya la situación era suficiente… solo dejate llevar, dijo
algo en mí. Con mucha concentración logré hacer algo. Apenas fue un temblor al
comienzo, un par de cosas cayeron, pero a medida que las cosas funcionaba, mas
emocionada e impaciente me ponía… y mas temblaban las paredes.
No era como los
temblores anteriores. En cierto punto, era más débil, sin embargo tenía…
parecía… parecía decir algo. No estaba segura y no tampoco tenía tiempo.
La gente
escapaba a medida que la amenaza de que la amenaza de quedar aplastados por el
techo se hacían más grandes. Tenía que actuar…
Un soldado
intentó llevarme, explicandome el peligro en el que nos encontrabamos, pero no
lo escuchaba. Le pedí que liberara a Ciro, pero lo único que dijo fue que de
todos modos, moriría incinerado. La rabia era mucha, pero tenía que ser
cautelosa. No podían darse cuenta de lo que había hecho, porque si nos habían
juzgado sin razón, si me veían encima con el uniforme del ejército haciendome
pasar por un soldado mas, estaría como Juana de arco. Negué… ¿Qué haría?
El fuego empezó
a aparecer. Las llamas bailaban alrededor nuestros, atentando contra nuestras
vidas, mientras Ciro parecía no darse cuenta de nada. El otro era una gran
persona si no fuera por el hecho de lo que pensaba de Ciro y de mi. Era de esos
que nunca dejan atrás a un compañero. Era enternecedor, pero me veía obligada a
atacarlo, o hacer algo para que se fuera…
Entonces se me
ocurrió una idea estúpida que podría funcionar. Asentí y le tomé del brazo,
empujandolo a la salida. Una vez afuera, pude cerrar la puerta y volver a
rescatar a Ciro.
Baje a las
corridas hasta llegar a donde Ciro estaba, y con mucha dificultad con el
temblor que había creado y no sabía parar busqué las llaves. Ciro parecía ser
muy valiente, era obvio que estaba despierto, sin embargo, con todo lo que
pasaba, no emitía sonido. O talvez estaba en estado de shock o… ¿ambas?
De todos modos,
no lo quería dejar así, me ponía aún mas nerviosa su expresión orgullosa y casi
solemne.
-
¡Ciro! – exclamé.
Su expresión
cambió casi al instante. De esa valentía previa a la muerte al miedo a la
muerte ajena. O eso quería creer.
-
¡Caramelle! ¿Qué haces aca? ¿Estas loca? – preguntó, desesperado. Algo en mi se
alegro, y esos nervios pasaron a ser una alegría un poco bizarra.
-
¿Te pensaste que te dejaría morir?
-
Pero… ¿Qué esta pasando?
-
Tenías razón con los poderes, - dije buscando las llaves – Puedo hacer que las
cosas… cambien. No se… el terremoto… fue para que se fueran los vigilantes.
-
¿Dónde estamos?
Entonces
encontré las llaves. No respondí a sus preguntas, solo me limite a abrir las
rejas. Corrí hacia la silla donde él se sentaba y le desaté primero los ojos,
los cuales me miraron fijo y confundidamente a los ojos. Sentí un temblor
diferente al exterior en la boca del estómago. Miré para otro lado avergonzada.
Le desaté las piernas y después las muñecas.
Ciro aún me
miraba horrorizado. Yo estaba arrodillada cuando él se paró y me miró de arriba
abajo.
-
¿Qué es esa ropa…? – preguntó horrorizado.
-
¿Qué? ¿No te gusta? – dije con nervios, aún tenía puesto el uniforme.
-
No… ¿Qué hiciste? – ya no podía seguir bromeando, y mentirle sería muy obvio.
-
¿Cómo te pensaste que hice para llegar acá?
-
¡No se! ¿Te infiltraste?
-
No, es solo una ilusión. – bromeé contra mi voluntad.
-
¡Caramelle! ¿No te das cuenta de lo que…?
-
¡Callate! – exclamé al escuchar unas voces.
-
Pero…
Le tapé la boca
y lo empujé a un rincón oscuro para escondernos. Entonces me di cuenta que el
temblor se había detenido, aunque no sabía hacía cuanto.
Eran solo unos
soldados, afuera del lugar en el que nos encontrábamos.
-
Quedate aca. – susurró Ciro a mi oido.
Entonces fue
escaleras arriba, a ver si podríamos escapar. No me gustaba la situación ¿Por
qué él tenía que ser ahora el heroe? Me divertía mas cuando yo solcionaba las
cosas y terminaba salvando a todos…
-
Ciro…
No sabía que
pasaba, y eso me ponía aún peor. En cuanto lo perdí de vista decidí seguirlo.
Verlo usar su poder me hacía acordar a algo… unos libros. Imperius… pensé,
entonces recordé uno de mis libros favoritos, y por un momento no pude creer
que me había olvidado de Harry Potter, la razón por la cual me había decidido
en ser escritora.
Gracias Ciro… le agradecí por dentro.
Mandó a los
soldados a encerrarse a si mismos, y cuando estos se fueron parecía bastante
divertido, aunque al verme, su expresión cambió para mostrar seriedad y
preocupación. Con un frío movimiento con la cabeza indicó el camino para irnos.
Estaba enojado
conmigo. Idiota…
Salimos y Ciro
se detuvo, con la duda de cómo hacer para salir.
-
Sos tan lento… - le acusé.
-
¿De que hablás?
-
No sabes como salir, ¿verdad?
Se quedó
mirandome, y no pude evitar reirme. Le tomé de la muñeca y lo llevé a donde
estaban los caballos y los carruajes.
Le solté y me
subí a uno de los caballos, y con una sonrisa, intentando hacer que se olvidara
de su enojo y le tendí una mano para que se subiera también.
Bueno, ni el
salvarlo ni el sacarlo de ahí sacó su enojo, y mi paciencia llegaba a su
límite. Sin embargo, el viento que golpeaba mi cara a medida que avanzábamos en
el caballo. Me pregunté porque, aunque pareciera que cabalgara bien, perdía
tanto el equilibrio. Ciro, que estaba detrás mio, tenía que sujetarme no para
no caerse bien, sino para que yo no me fuera volando o me callera por un
costado del animal.
Llegamos sin
dificultad a la casa de Hang, y teníamos la suerte de que los soldados fueran
tan ignorantes de creerse que era uno de ellos por mi vestimenta. Entramos a la
casa a hurtadillas e intentamos encontrar al resto.
Subimos las
escaleras, a donde supuestamente habían ido, pero ya no estaban. Miramos por
todas partes… nada.
Los nervios eran
demasiados.
Entré al cuarto
de Hang Yue. No era grande, y tenía pocas cosas, pero algo en el ambiente te hacía
sentir bien, como si estuvieras bienvenido. No estaban, pero algo me dijo que
definitivamente no estaban a salvo: el peine de Seth, roto, en el suelo al lado
de la cama.

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